Miércoles, 14 de Noviembre de 2012 07:00
Por Mayolo López
AGENCIA REFORMA
CIUDAD VALLES.- El Presidente Felipe Calderón fue testigo del drama de las desapariciones en esta castigadísima región de la huasteca potosina, asolada por la embestida del crimen desde hace años.
En el único de los cuatro puntos de la agenda que pudo desahogar en San Luis Potosí a causa de las pésimas condiciones climáticas, Calderón escuchó el lamento de una mujer que desde hace varios meses sufre por la desaparición de los suyos.
De nombre Edith Pérez, la mujer se incorporó de su asiento, alzó una pancarta y escupió su dolor cuando Calderón comenzaba su intervención en la ceremonia de supervisión de un tramo carretero.
Menuda, protegida del frío con un chaleco, la mujer le contó al Presidente que el 14 de agosto sus familiares habían sido “levantados” y, desde entonces, nada sabía de ellos.
--Mi familia tiene desaparecida desde el 14 de agosto -manifestó la mujer.
--¿Y qué fue lo que pasó?
--Los levantaron en Ciudad Mante (Tamaulipas). Tenemos una solicitud del 20 de noviembre para una audiencia con usted.
Apretujados bajo una carpa, los invitados observaban sin chistar el diálogo. Desesperada, Edith Pérez evocó a García Márquez para describir su calvario: señor Presidente, estamos viviendo 100 años de soledad.
--¿Han ido con alguna autoridad? -intervino Calderón
--Sí, con todas, con todas, con todas..
--¿Han ido con ProVíctima?
--Con todas. Y se le pidió audiencia con usted el 20 de noviembre.
Después de preguntarle por la autoridad que había conocido del caso de la desaparición de sus familiares, por enésima vez Calderón preguntó a la mujer si había acudido a ProVíctima.
--Ay, señor, no nos han ayudado absolutamente nada.
--Le repito la pregunta: ¿ha visto a ProVíctima?
--Por supuesto. Estamos destrozados. Es mi familia: mi hermano, su hijo, la hija de mi hermana, mis dos hijos. ¡Por favor ayúdenos..!
Calderón le pidió entonces los documentos con la información de los familiares de la mujer, pero ésta le dijo al Jefe de Estado que se los firmara él, a lo que Felipe Calderón Hinojosa se negó. “No, no puedo”, dijo, y ordenó a un asistente militar que firmara de recibido.
El diálogo terminó, Edith Pérez ocupó de nuevo su silla pero, dos o tres minutos después, se incorporó para retirarse. Mordaz, desde el atril, Calderón la detuvo con un “no se vaya, nada más, por favor, porque necesito hablar con usted. si es que le interesa su familia., yo supongo que sí”.
En su discurso, el Presidente dijo que lamentaba muchísimo las circunstancias por las que atravesaba Edith Pérez --originaria de Tamuín--, y mencionó a las bandas de Los Zetas y de los cárteles del Golfo y del Pacífico, “y todos los criminales que se creyeron que podrían ser dueños de México. (.) Yo he hecho todo lo que está a mi alcance. Pero, también, se requiere una coparticipación de los gobiernos locales. Yo he echado mano y he enviado al Ejército, pero también se requiere que las policías estatales se cambien y se renueven.
“Pero estamos decididos -abundó el Ejecutivo- a que no se permita y no se abandone a la gente a su suerte. Yo eso es lo que he hecho en medio de mucha incomprensión, ciertamente; pero yo sé que si el Gobierno no asume los costos y los riesgos de enfrentar a la delincuencia, nadie lo va a hacer.”
Al término del acto, la secretaria particular de Calderón, Aitza Aguilar, tomó del brazo a la afligida mujer y la llevó a una pequeña carpa que estaba a la orilla de la carretera: allí llegó Calderón para hablar unos diez minutos a solas con Edith Pérez. El gobernador de San Luis Potosí, Fernando Toranzo, se limitó a esperar como los otros afuera de la carpa.