Encabeza Calderón la conmemoración de la Revolución Mexicana

Por Mayolo López

AGENCIA REFORMA

CD. DE MÉXICO.- El epílogo del Gobierno se torna azaroso y se insinúa un mal fin.

Una efeméride oficial del 20 de noviembre arroja luz sobre las cosas en el gabinete. La explanada Francisco I. Madero de Los Pinos acoge al gabinete y, conforme a la máxima de Jesús Reyes Heroles --la forma es fondo--, la distancia que separa a la procuradora Marisela Morales del secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, es elocuente.

Nueve lugares median entre Morales y García Luna, otra vez en el ojo del huracán a causa de las tropelías de al menos 14 de sus subordinados, involucrados en el caso Tres Marías que como nunca en este sexenio ha golpeado la de por sí maltrecha reputación de la Policía Federal.

En medio de los dos funcionarios, la banda presidencial ceñida al pecho, Felipe Calderón aparece con el gesto adusto: ni siquiera la súbita desaparición del cadáver de Heriberto Lazcano, “El Lazca”, le descompone tanto las cosas al Presidente. Las graves acusaciones que enderezó la PGR de Morales a los agentes de la Policía Federal socavan el cuestionado ejercicio público de Genaro García Luna.

Calderón tiene como vecino al ministro Juan Silva Meza, presidente de la Suprema Corte de Justicia, órgano que concentró también iracundas diatribas del jefe de Estado, en permanente cuestionamiento del desempeño de los jueces.

Dos horas discurren entre el acto desahogado en Los Pinos y el desfile militar y deportivo que se desarrollará en el Zócalo que, por tratarse de un día hábil, ocasiona tremendo caos en buena parte del Centro Histórico.

En el intervalo, nadie da crédito a lo que ocurre en el Campo Marte, terreno castrense que ha sido emblema del Gobierno, con dos sepelios de Estado en los últimos cuatro años: el General Rubén Venzor Arellano, comandante de la II Región Militar, yerra con el apellido del Presidente Felipe Calderón “Espinosa”, suscitándose un murmullo de desaprobación entre los asistentes a la ceremonia de entrega de condecoraciones y ascensos en el Ejército.

Muy oronda aguarda, desde un balcón de Palacio Nacional, la procuradora Marisela Morales que degusta un café con la escenificación de las batallas revolucionarias a sus pies en la plancha del Zócalo, donde los gritos, sombrerazos y plomazos de villistas contra carrancistas arrojan una humareda que impregna parte de la Plaza de la Constitución y que, a la vez, retrata el ambiente intramuros del gabinete.

Ya en el ocaso del Gobierno, francamente relajado, Heriberto Félix Guerra usa un telefoto para retratar la escaramuza que se dibuja en la plancha, como para guardar un recuerdo de los últimos días del calderonismo. Discreto, y, lejos, muy lejos de la procuradora, irrumpe García Luna a quien se le ve cruzar palabra con el secretario de gobernación, Alejandro Poiré, que en la perorata que lanzó en Los Pinos reclamó un “genuino ejercicio de autocrítica” tras la derrota que sufrió el PAN el 1 de julio.

Un mal fin se insinúa para Calderón en la última ocasión que ocupa el balcón central de Palacio Nacional. Acompañado por su esposa y dos de sus hijos --vestidos para la ocasión con sendos trajes--, a la vista ocurre una aparatosa caída de dos jinetes que efectúan acrobacias. Uno de los caballos resbala y la pirámide que sostiene junto con otros cuatro equinos se derrumba: dos de los diez elementos que participaban fueron a parar a una ambulancia.

En el ocaso de su Gobierno, como fue en el alba, Calderón contempla ejercicios bélicos de soldados en la calle, el sello de su controvertida gestión, con 60 mil muertos encima. Allí está, flanqueado por el general Guillermo Galván Galván y por el almirante Mariano Francisco Saynez, sus dos aliados en la guerra que envuelto en una gabardina militar emprendió una fría mañana de enero en Apatzingán, Michoacán.
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