Por Georgina Montalvo
AGENCIA REFORMA
CD. DE MÉXICO.- Ese 31 de enero, Rubén Alberto Malagón López, sobreviviente del estallido en PEMEX, esperaba su hora de salida como muchos de sus compañeros. Nada anormal le anticipó lo que vendría.
“Estábamos en la zona donde tenemos material de trabajo, hay máquinas pulidoras para el piso, era como una bodeguita, y lo único que sentí fue como cuando vas caminando y alguien te empuja. De ahí ya no tengo nociones de lo que pasó, ni de cómo salí, que me pasó, ni de cómo llegué al hospital”, cuenta ya en casa, a donde volvió ayer tras nueve días de estar en el Hospital de PEMEX de Picacho.
Cuando trata de recordar, le duele la cabeza y mejor lo evita.
“Estaba inconsciente, no recuerda ni dónde estaba, pero sí reconoció a las personas. Fue de los primeros que sacaron y lo llevaron en helicóptero al Hospital Ángeles y de ahí lo bajaron a Picacho”, precisa su padre, Rubén Malagón Zamudio, también trabajador de la paraestatal.
“He preguntado por mis compañeros, pero los médicos me dicen: ‘Puede que haya malas noticias, vamos a esperar’”, comenta el joven de 28 años que en septiembre de 2012 obtuvo su planta de trabajo en Petróleos Mexicanos, en donde lleva trabajando más de ocho años.
Rubén, pareja de Martha Patricia Pérez y papá de una bebé de 7 meses, no podrá limpiar pisos hasta que termine de recuperarse de la lesión de su brazo izquierdo y que su cerebro deje de estar inflamado.
“Mi brazo por fuera no se ve muy lastimado, pero por dentro, dicen los doctores, que nervios y músculos están inflamados, necesito terapia”, explica recargado en cojines porque su espalda sigue adolorida.
Con mucho trabajo carga a la pequeña Aideé. Su mano izquierda tiene un soporte que le ayuda a abrir los dedos porque él no puede hacerlo por voluntad propia.
Martha bromea con él: “¿Te pongo otro cojín o te doy un cojinazo?”.
Saber que Rubén está en casa le ha devuelto el humor a pesar de que estos días se la pasó de un lado a otro de la ciudad. De norte con su bebé, a sur, para ir al hospital.
Comenta que Rubén buscará el apoyo psicológico que les ofrecieron a víctimas y familiares.
“Ya tiene cita en psiquiatría, pero ahora que estemos más tranquilos”, dice la chica que se dio tiempo para hacer un cartel de bienvenida para Rubén y que colocó con alfileres que pidió a la abuela, doña Cleotilde, ahora jubilada de PEMEX e hija de don Carmelo, quien en la década de los 50 fue cocinero en el barco petrolero Coatzacoalcos.
“Todo lo que tenemos se lo debemos a PEMEX”, asegura la abuela: trabajo, casa, servicio médico, incluso, este triste episodio.