Miércoles, 06 de Marzo de 2013 07:00
Hasta preso ha estado en la búsqueda de su hija quien desapareció en el 2009
Por Daniel de la Fuente
AGENCIA REFORMA
CD. DE MÉXICO.- “Aquí nomás alrededor de mi casa, en un radio de 10 cuadras, han desaparecido 16 niñas”, afirma José Luis Castillo.
“A una, dos, tres casas de la mía hay una, otra más allá, están esparcidas, pero yo, que vivo como a 25 cuadras del centro, cuento 16 niñas, todas en el 2009. La diferencia fue de meses”.
Vecino de la Colonia Postal, en la violenta Ciudad Juárez, José Luis subraya el 2009 porque fue el año en que desapareció su hija Esmeralda Castillo Rincón, de 14 años, una de las muchas menores de edad que han sido arrebatadas del hogar en esta ciudad cuya Fiscalía Estatal anunció en días pasados, casi con júbilo, que en lo que va del 2013 los homicidios violentos se redujeron un 80% con respecto al inicio de los dos años anteriores.
La autoridad celebra como suyos los logros de un cartel sobre otro. Mientras que en el 2010 la guerra entre bandas arrojó la friolera de 3 mil 075 muertos en esta ciudad; en el 2001, mil 940 y, en el 2012, 749 víctimas, hasta el momento la atormentada Ciudad Juárez cuenta con poco más de medio centenar de homicidios violentos.
Esmeralda salió de su casa el 19 de mayo del 2009 rumbo a la escuela y no volvió. José Luis, de 52 años al igual que su esposa, Martha Alicia Rincón, cuenta lo poco que sabe de aquel día siniestro.
“Ella estaba en la técnica 78 y tenía que abordar dos unidades de transporte urbano, porque no alcanzó cupo en la escuela del barrio”, comenta.
“En aquella zona vive otra hija, que fue la que la puso en la ruta, se subió y de ahí para acá no hemos sabido de ella”.
Con qué facilidad son arrebatadas las hijas de Juárez a su regreso a casa. Con qué sencillez la autoridad se resiste a emprender de inmediato su búsqueda, afirma José Luis, quien debió darle la noticia de la desaparición a su esposa cuando ésta se encontraba internada en el Centro de Readaptación Social de Ciudad Juárez tras ser acusada en el 2006 de intentar cruzar droga a la frontera. Ya está libre.
Él, en esos días del 2009, inició el camino de las denuncias en vano y las antesalas para nada. Pronto, empezó a destacar no sólo por el volumen de su exigencia sino porque era de las pocos hombres en los grupos de familiares de víctimas.
“Andábamos dos padres y se nos acaba de agregar uno más, somos tres en un mar de señoras. Es algo dificilito, porque si para tratar a una está difícil, ahora con muchas...”, bromea tímidamente. “Pero, no, la verdad todos adolecemos de lo mismo: nos falta una vida a nuestras vidas”.
José Luis también era de los pocos hombres que integraron en enero de este año la Marcha por la Justicia, donde un grupo de familiares caminó ocho días por primera vez los 360 kilómetros que separan Ciudad Juárez de Chihuahua para exigir celeridad y precisión en las investigaciones.
Aún esperan resultados de su protesta que fue, literalmente, un viacrucis: temor, días fríos, ampollas y dolor de huesos.
“Que Dios nos dé la calma y la tolerancia para resistir todo lo que nos falta”, ruega en voz alta José Luis, devoto como es, en esta ciudad que desde hace dos décadas devora implacablemente a sus hijas y a la que parece no importarle que su desierto se cubra de cruces rosas.
El pasado 28 de enero, Esmeralda cumplió su mayoría de edad. Llegó a los 18 años lejos de casa.
Por lo regular, cuenta José Luis, en cada cumpleaños le dedicaban una misa, compartían un pastel en casa. Esta vez no. En realidad desde hace tiempo ya no celebran nada.
“Andábamos muy tensos. Cuando uno hace una marcha como la de Juárez a Chihuahua uno llama mucho la atención de los medios estatales, nacionales e internacionales, y ahí va uno otra vez a los dimes y diretes, al miedo. ‘Oye, papá, ya párale tantito’, me dice mijo, ‘ya nos metieron una vez a la cárcel”.
El joven se refiere a la detención que él y su padre sufrieron el 6 de abril del 2012 acusados de haber cometido un asalto en una sala de masajes. cuatro años antes.
Diversos activistas entraron en defensa de José Luis y su hijo, argumentando que su detención fue irregular al haberlos sacado con engaños de su casa con el pretexto de arreglar unos papeles.
David Peña, defensor de derechos humanos, dijo entonces que se les acusó de un crimen cometido hacía cuatro años, del cual en su momento no hubo ni retratos hablados.
“Una de las víctimas dice que reconoció a los dos porque salieron en los medios de comunicación, pero su hijo (el de José Luis) no ha salido en medios”, comentó.
José Luis había criticado en esos días a la autoridad por la falta de investigación en el caso de Esmeralda y de otras.
“No podemos asegurar que sea una acción directa desde el Estado”, dijo el defensor, “pero sí nos parece una acción de intimidación que se está desarrollando en contra de familiares de niñas desaparecidas, padres y madres que se han convertido en activistas por la necesidad de buscar a su hijas”.
Cuestionado entonces, el gobernador César Duarte rechazó haber ordenado una cacería contra el activista, pero aclaró que no permitiría “que delincuentes se escuden en el activismo para evitar la justicia”. La sentencia antes del juicio.
La realidad es que el mandatario estatal fue increpado por José Luis e incluso éste intentó acercarse a Enrique Peña Nieto cuando el 1º de abril de ese año abrió su campaña presidencial en la Sierra Tarahumara y Ciudad Juárez.
Días después, quizá de esto ni siquiera esté enterado el ahora Presidente de México, José Luis y su hijo fueron detenidos ocho meses en la cárcel por un delito que no cometieron.
El hombre, que se mantiene de empleos temporales y actualmente se dedica con su esposa a la venta ambulante de comida, recuerda con dolor y humillación ese oscuro periodo de su ya de por sí penumbrosa vida desde la desaparición de su hija.
“Fue muy desgastante”, suspira José Luis. “A mi esposa la dejaron pasar a verme hasta los dos meses, no, muy duro; ella se la vio muy difícil para mantenerse, porque sola se tenía que hacer cargo de la venta de hamburguesas que teníamos los dos. Ni cigarros le dejaban pasar y ahí me costaban 5 pesos.
“Sin embargo, a la vez me reconfortó que los mismos presos me decían: ‘sabemos por qué estás aquí, que no cometiste delito’. Hasta me trataban diferente.
“También me confirmaron que debía ir buscar a mi hija en el Valle de Juárez. ‘Ahí está todo’, decían. Me dolía pensarlo”.
El Valle de Juárez, ubicado al Sureste de Ciudad Juárez, al lado del Río Bravo, es una de las zonas más utilizadas para arrojar cadáveres. Por ello, muy frecuentemente en aquel desierto suelen hallarse cuerpos, huesos, prendas de vestir y zapatos carcomidos por el sol. Es un inmenso cementerio a cielo abierto.
A esa zona, José Luis se resiste a dirigir su mirada, aunque critica que la autoridad revise sitios así “con la mirada al cielo”, en tanto en las zonas urbanas no investigan. Él, sin embargo, mantiene la esperanza de que su niña esté con vida. La tiene desde que al imprimir el rostro de Esmeralda en billetes falsos de 200 pesos a manera de volantes, con la frase Banco de Cristo Jesús, alguien telefoneó a un canal de televisión para decir que su hija fue trasladada por una red de trata a La Merced, en el DF.
Vendiendo hamburguesas y paletas de chocolate con personajes de caricaturas, José Luis obtuvo dinero y se lanzó a La Merced y a Tepito a buscar en los rostros de sexoservidoras -muchas niñas, a la vista de la autoridad- el de su hija.
“Fue muy pesado andar en eso, muy triste”, evoca. “Quería encontrarla, Dios sabe que quería hallarla y traerla conmigo”.
Pero no sucedió. José Luis ha suplicado que se rastree la llamada a la televisora, pero la autoridad hace oídos sordos.
Por otra parte, tiene temor de pedir que se investigue un mensaje que le llegó a otra familia que decía: “soy Esmeralda Castillo. Avísele a mi papá que estoy viva, que estoy bien y que tuve una hija que tiene 5 meses”.
“Analizándolo me dicen que no creen que sea ella, pero ¿y si es? Me dicen que si pido revisar le pueden hacer algo.
“Sabemos que nos estamos enfrentando a una red de trata de personas. no me imagino dónde la puedan tener.”.
Pese a todo, ¿cómo confiar en la autoridad? Apenas llegó del DF tras realizar él mismo el rastreo en aquellas zonas delictivas, José Luis se encontró con que el Gobierno Estatal, despiadado, le inventó delitos y le arrebató ocho meses de su vida al meterlos a él y a su hijo a la cárcel.
“Me encuentro completamente desorientado, ¿qué sigue? ¿Qué voy a hacer? Yo nunca he pensado en dejar la búsqueda de mi niña, pero, por Dios, que alguien me ayude”.