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Aliviar el dolor de miles de centroamericanos en el albergue ;‘La 72’ le ha costado amenazas de muerte, difamación y hostigamiento de autoridades

Por Carole Simonnet
AGENCIA REFORMA
TENOSIQUE.- Fray Tomás frena bruscamente la marcha de su camioneta blanca a medio camino del tramo de 60 kilómetros que une El Ceibo con Tenosique, en el sureste de Tabasco. Regresa de un viaje relámpago a la frontera con Guatemala, donde atestiguó cómo los coyotes y bandas organizadas cobran cuotas a los migrantes para burlar el puesto de control fronterizo en lanchas o rodeando un cerro.
A un grupo de hombres y mujeres hondureños con rostros inexpresivos y miradas cansadas que caminan en el borde de la carretera les grita sin más: “Súbanse atrás, los llevo a la Casa del Migrante”. Tienen los zapatos gastados y cargan pequeñas mochilas al hombro.
Mientras saltan a la caja apretujándose, el coordinador de la Casa-Hogar para Migrantes “La 72”, Tomás González Castillo, se baja de la camioneta, abre la puerta del asiento trasero y saca su hábito de franciscano que desdobla y viste en un santiamén. Usa la túnica café característica de la orden de San Francisco de Asís como un escudo humanitario contra la cruda realidad del edén mexicano.
En la estrecha ruta de dos carriles flanqueada por campos verdes, reza para que la prenda aleje los peligros: operativos de los agentes del Instituto Nacional de Migración (INM), los retenes militares, los asaltos, secuestros, violaciones y extorsiones de los cárteles del narcotráfico y sus bandas de pandilleros locales que actúan a veces con la complicidad de las propias autoridades, contra los centroamericanos que entran a Tenosique con la esperanza de tomar el tren de carga conocido como “La Bestia” en dirección a Chiapas y Veracruz.
No tiene escoltas, teléfono inteligente, ni sistema de radiolocalización. Sólo guarda en su viejo celular los números de las Comisiones Nacional y Estatal de Derechos Humanos y de decenas de defensores de migrantes que, en caso necesario, podrían encender la alarma a tuitazos.
Con una mano en el volante y la otra acariciando el cíngulo (cordón) de color blanco, el sacerdote pregunta a un hondureño que va de copiloto por qué camina con muletas. El hombre relata que en marzo pasado su rodilla se quebró cuando resbaló de un tren de carga en las inmediaciones de Nuevo Laredo, a sólo dos horas de alcanzar “el sueño americano”. Tras escucharlo en silencio, no lo consuela ni le habla de la misericordia de Dios. Le ofrece tramitar una visa humanitaria ante el Gobierno mexicano.

Resignación
Fray Tomás es el benjamín de un grupo reducido de hombres de fe que arriesgan su vida día a día por hacer menos sufrido el paso de miles de migrantes clandestinos en México y por denunciar lo que consideran un verdadero “holocausto”.
“Sin duda es una de las ovejas negras recién llegadas”, dice el obispo de Saltillo, Raúl Vera, en alusión al libro del periodista Emiliano Ruiz, Ovejas Negras, que retrata a personajes como Alejandro Solalinde, Pedro Pantoja, José Barba, el propio Vera y otros religiosos dedicados a proteger a los más vulnerables. Como ellos, fray Tomás es también un crítico de la jerarquía católica y la clase política.
A sus 40 años, no tiene la fama ni el reconocimiento público que las ovejas negras se han ganado a pulso aunque, sin proponérselo, sigue sus pasos: el pasado 25 de septiembre recibió el primer Premio Franco-Alemán de Derechos Humanos “Gilberto Bosques”, otorgado por las embajadas de ambos países en México.
En los 3 años y medio que lleva en Tenosique ha acumulado un triste historial de hostigamiento y acoso: ha sido retenido por militares, denunciado penalmente en cinco ocasiones -tres de ellas por el propio INM, por los delitos de obstrucción de la autoridad y difamación- y amenazado de muerte. Historial que él acepta con resignación: “estamos para servir”.
En julio de 2010, cuando sus superiores le pidieron abandonar su cargo de formador de franciscanos en Izamal -un pueblo mágico de Yucatán- para atender a los migrantes en la Parroquia de Cristo Crucificado, en el centro de esta ciudad tabasqueña, sus compañeros bromearon diciendo que lo mandaban de Disneylandia a Irak.
Con 59 mil habitantes, esta Bagdad tabasqueña limita con el Río Usumacinta, al sur y al este con Guatemala y al oeste con Chiapas.
Cuando fray Tomás llegó aún gobernaba el priísta Andrés Granier -hoy detenido por desvío de recursos-, y la guerra contra el narcotráfico declarada por Felipe Calderón hizo que el fraile encontrara una emergencia humanitaria que todas las autoridades, federales y locales, callaban.
Con una pequeña cámara fotográfica empezó a hacer visibles las atrocidades cometidas por las mafias contra los centroamericanos y los operativos inhumanos de la migra mexicana, que los correteaba en los pantanos o los detenía cuando se subían a “La Bestia” en marcha.
Paralelamente a su labor de denuncia frontal, arrancó y supervisó con un grupo de voluntarios la construcción del albergue cerca de las vías del tren, inaugurado el 25 de abril de 2011 y bautizado como “La 72”, en recuerdo a los 72 migrantes masacrados en San Fernando, Tamaulipas, en agosto de 2010.
En 2011 documentó 13 secuestros, 92 asaltos, 37 extorsiones, una violación sexual y 247 persecuciones violentas de migrantes, operadas por funcionarios del INM. En lo que va de este año, ha interpuesto 12 denuncias ante la PGR y 50 ante la Procuraduría General de Justicia de Tabasco. En sólo 5 casos la investigación ha tenido avances.
Un día, lo llamaron a las vías porque un tren acababa de mutilar a un joven hondureño. No pudo hacer nada por él: se le murió desangrándose en brazos.
La rabia e indignación por lo que ocurre en la zona ha llevado a fray Tomás a realizar todo tipo de acciones: en mayo de 2011 confrontó personalmente al entonces delegado del INM en Tenosique, Jorge Mendoza Cruz, quien había abusado sexualmente de una menor de 15 años a cambio de regularizar su situación migratoria. Mendoza respondió denunciando penalmente a fray Tomás, pero finalmente el funcionario fue encarcelado meses después.
En octubre de 2012 se enfundó su hábito y se encadenó en las rejas del INM para exigir el fin de las redadas.
“Era y es todavía la guerra”, suelta al arribar sin percance al albergue, con una veintena de hondureños que rescató al borde de la carretera.

‘La 72’
De complexión mediana, fray Tomás tiene la tez morena y facciones mestizas que le heredó su abuelo paterno, náhuatl originario de Milpa Alta. A todos los indocumentados que piden refugio los acoge con semblante serio y mirada inquisitiva. Pero actúa con compasión y, cada fin de semana, organiza y anima convivios en los que baila con quien se deja.
Entre sus visitas a las oficinas de procuración de justicia y sus viajes de trabajo se encarga, ayudado por fray Cecilio y fray Aurelio, de que no falten alimentos, ropa y medicamentos para los cientos de centroamericanos que tocan la puerta del albergue. De 2011 a la fecha han atendido a más de 20 mil.
“La 72” se construyó en un predio donado por un particular, a 200 metros de la estación del tren. Gracias al financiamiento de organismos y ONG nacionales e internacionales, se erigió primero una capilla austera y se fueron agregando otros edificios: un módulo de recepción, cocina, comedor que aún no cuenta con mesas ni sillas; módulo de salud, dormitorio para mujeres. En la actualidad se construyen dormitorios y sanitarios para hombres, así como un módulo de seguridad para dar atención especial a los migrantes que sufrieron graves abusos.
Mientras tanto, los migrantes duermen en colchonetas que instalan cayendo la noche en el suelo de la capilla, se duchan a jicarazos en un espacio sólo cercado por lonas en el fondo del predio y se van pa’l monte a hacer sus necesidades. Está prohibido el consumo de alcohol y drogas. A las 22:00 horas se apagan las luces y se exige silencio. Pero no se revisan las pertenencias de los 40 o 50 visitantes que llegan al día, se les deja descansar, se les dan tres comidas al día, se les proporciona atención médica con el apoyo de la Cruz Roja Mexicana y ayuda para recoger el dinero que les envían sus familiares y para recibir llamadas telefónicas. Su estancia se puede extender por varios días; depende del tren, que no tiene horarios.
Después de la cena, el sacerdote reúne a sus invitados en la parroquia. No esconde los peligros que los esperan en los 3 mil kilómetros que los separan de la frontera con Estados Unidos, pero no intenta disuadirlos de emprender el viaje. Les advierte que subirse deshidratado al tren es mortal, les da información sobre los albergues diseminados en el camino y sobre todo les habla de su dignidad.
“No se dejen humillar por nadie, aquí tienen derechos, hay que exigir que se cumplan, hay que denunciar”, les sugiere.
“Vamos a darle gracias al Dios en que creemos, en el que cree cada quien y vamos a dirigirle nuestro corazón para darle gracias como hombres y mujeres de fe que somos, y para pedirle desde lo más profundo de nuestro corazón por la familia que dejamos en nuestros países de origen. Que a todos el Dios en que cree cada quien nos bendiga con abundancia; que bendiga con abundancia el camino que llevamos y que nos libre de cualquier peligro, de cualquier violencia y que nos haga mujeres y hombres fuertes, conscientes, para exigir se cumplan nuestros derechos. En nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, buenas noches a todos y a todas”, bendice fray Tomás.
Los migrantes, en su mayoría evangélicos, se ponen de pie al final de la plática.

Catarsis
En “La 72”, González duerme en una colchoneta delgada, igual que la de los migrantes, en su oficina ubicada a la entrada del albergue. Se levanta a las 6:00 de la mañana, se va a correr (si no llovió la víspera) y aprovecha esa hora para hablar con Dios, serenarse y planear sus acciones.
Tres o cuatro días al mes, cuando está muy cansado, pernocta en la parroquia en un cuartito de 2 por 3 metros amueblado con un catre individual, un pequeño escritorio y un mueble viejo con pocos libros. Dejó más de mil en la biblioteca franciscana de Izamal.
Todos los días acude a la iglesia para ducharse, tomar café y desayunar lo que haya, lavar su ropa en lavadora y contestar los correos electrónicos en una laptop Dell roja que su madre le regaló. No hay internet en el albergue, pero tiene página de Facebook y perfil de Twitter: @FrTomasofm, donde se define como “Aprendiz de Fraile #Franciscano. Hoy, en @la72 en la defensa de los #DDHH de #Migrantes”. La cuenta alberga 186 tuits, casi todos de denuncia.
Tanto en la red como en persona, fray Tomás habla sin rodeos. “No es fácil de agradar y no se deja querer fácilmente”, asegura la senadora de Movimiento Ciudadano e integrante de la Comisión de Migración, Layda Sansores, quien lo visitó dos veces en Tenosique.
Él critica a todos los políticos -incluidos los de izquierda- por cerrar los ojos ante la tragedia humanitaria que afecta a los más vulnerables, y acusa a la jerarquía eclesial de estar cooptada por el Gobierno en turno. Afirma que desde la llegada al poder de Enrique Peña Nieto, en diciembre de 2012, la política migratoria “genocida” de Felipe Calderón fue sustituida por una estrategia de hostigamiento a los defensores de derechos humanos.
Cuando el ex miembro del CISEN y de la Policía Federal Preventiva, Ardelio Vargas, asumió el cargo de comisionado nacional del INM, fray Tomás fue de los primeros en exigir su renuncia.
Al gobernador perredista Arturo Núñez, le reprocha que, en casi un año desde su llegada, no haya logrado reducir la violencia en Tabasco. “Ahora nos reciben, pero como decimos, nos dan por nuestro lado”, acusa. Tras el descarrilamiento de “La Bestia” en Huimanguillo -un accidente ocurrido en septiembre que dejó un saldo de 11 migrantes muertos- el Gobierno Estatal mandó bolsas de arroz, frijol y víveres al albergue.
Su oficina en “La 72” huele a incienso. El día de la entrevista fray Tomás lee al poeta catalán Pedro Casaldáliga, símbolo de la Teología de la Liberación y obispo emérito de la provincia brasileña de Sao Félix do Araguaia.
Lo hace sentado en un banquito con los codos apoyados en una mesita bajo un retrato de monseñor Oscar Romero, el obispo salvadoreño asesinado en 1980 durante la guerra civil por denunciar la represión del Gobierno de facto contra el pueblo. En la temporada de lluvia, fray Tomás resguarda el cuadro que pintó una voluntaria. Su lugar permanente está en una de las paredes azules del albergue junto a un extracto de una de sus homilías pintadas a mano: “aun cuando se nos llame locos, aun cuando se nos llame subversivos, comunistas y todos los calificativos que se nos dicen, sabemos que no hacemos más que predicar el testimonio subversivo de las bienaventuranzas, que le han dado vuelta a todo para proclamar bienaventurados a los pobres, bienaventurados a los sedientos de justicia, bienaventurados a los que sufren”.
Otros días del año, el religioso agarra fuerzas leyendo al poeta uruguayo Mario Benedetti o escuchando a Silvio Rodríguez, del que colecciona 14 discos ordenados en una estantería junto con documentales y películas como El Infierno. Un megáfono, un ventilador, un minirefrigerador desconectado y su bicicleta adornan el resto de la habitación.
Fray Tomás canaliza el dolor y la indignación llorando a solas. Escribe textos de catarsis que guarda en su computadora. “Me afectan mucho las historias de los migrantes. Siempre trato de mantener la calma. Pero sí sufro mucho, me invade la rabia, la indignación cuando viene por ejemplo una mujer víctima de violencia sexual o cuando nos viene alguien víctima de un secuestro o de extorsión por parte de la policía o de migración. Mi temperamento es muy agresivo pero no logramos nada si no somos sensatos, si no tenemos la cabeza fría para saber actuar”.
Cree en el perdón, pero también en la justicia: entre el 30 de octubre y 15 de noviembre de 2011, acompañó la Caravana de Madres Centroamericanas y, en una ceremonia que él encabezó en el Rancho de San Fernando, entregó flores en un acto simbólico de perdón a los marinos y militares acusados de participar en los asesinatos de migrantes.

Amenazas
La amenaza más directa surgió a mitad de marzo de este año: “vamos a entrar y vamos a ir por la cabeza de fray Tomás y todos ustedes”. Quien recibió el mensaje fue Rubén Figueroa, miembro del Movimiento Migrante Centroamericano, en ese entonces considerado el brazo derecho de fray Tomás.
Rubén era el encargado de sacar a los halcones y polleros que se colaban en el albergue para enganchar a los migrantes.
El activista abandonó Tenosique en abril, tras recibir constantes amenazas de la banda de El Pájaro, una célula de ex pandilleros reclutados por Los Zetas que se dedica a cobrar cuotas de 100 dólares a los migrantes por subirse al lomo del tren en cada tramo de la ruta migratoria en Tabasco, Chiapas y Veracruz.
“A Rubén lo tuvimos que sacar, y ahora está en Estados Unidos”, narra Martha Sánchez Soler, fundadora del Movimiento Migrante Mesoamericano, “nos llegó muy dañado, lo tuve viviendo en mi casa casi un mes y a la semana se nos enfermó muy seriamente. Me confesó que tenía más de un año sin dormir y sí, decía que tenían mucho miedo”.
Fray Tomás se quedó. No en vano sus amigos lo apodan fraile Tormenta. El obispo Raúl Vera destaca su temple: “Inmediatamente se ha hecho notar por su arrojo. En el terreno de la migración, es una de las personas que se ha destacado por el grado de dificultad”. El padre Alejandro Solalinde considera a fray Tomás un hermano “explosivamente profético”. Y el presbítero Prisciliano Pedraza, quien dirige el albergue para migrantes en Altar, Sonora, ilustra en una frase su temperamento arrojado: “está aprendiendo rápido el cab..., a veces hay que frenarlo”.
Una patrulla de la Policía Federal está estacionada permanentemente frente a “La 72”. Dos agentes están de pie junto a ella con mirada aburrida. Cámaras graban dentro y fuera cualquier movimiento y lámparas negras de alto voltaje iluminan de noche el predio. A raíz de las amenazas recibidas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos otorgó medidas cautelares el pasado 19 de abril y obligó al Estado mexicano a brindar seguridad al refugio. Lo ha hecho con otras 4 casas de las aproximadamente 60 que existen en toda la ruta migratoria.
Es la segunda vez que “La 72” recibe protección policiaca. En 2011, la Comisión Nacional de Derechos Humanos le había otorgado medidas cautelares también por amenazas. El 17 de julio de ese año, tres camionetas negras irrumpieron a las 2 de la mañana y echaron las luces altas sobre el predio. Hombres armados se bajaron y movieron violentamente las rejas de la entrada. La acción desató el pánico y la huida de decenas de migrantes. Los delincuentes quemaron llantas y se fueron.
Fray Tomás recibió también amenazas cuando fue negociador en dos secuestros.
En apariencia, no tiene miedo. Maneja su camioneta solo. La patrulla que tiene que custodiarlo durante sus trayectos lo hizo sólo de abril a agosto.
“Nunca acepté una escolta personal o andar con una persona de cualquier corporación dentro de un carro. Permití que me siguieran a distancia. Nunca creía en eso porque, como dice mi abuela, cuando te va a tocar, aunque te quites y cuando no, aunque te pongas”, afirma.
Varias veces al día, pasa frente a los negocios ubicados a un costado de las vías del tren, donde presuntamente están los criminales y coyotes que lo han amenazado de muerte. “Ahí los protegen”, dice, y suelta sus nombres: La Araña, El Sombra...
Adonde vaya, ante cualquier auditorio, fray Tomás alza la voz y pide acciones. “¿Necesitan la muerte de un defensor, de un sacerdote, de una religiosa, de un padre de familia para hacer más visible y más necesario lo que estamos haciendo? Yo creo que sí”, lanzó de manera provocadora a finales de octubre en la Semana del Migrante organizada por el Senado.
Fray Tomás está comisionado por al menos tres años más en Tenosique, un pueblo que de vez en cuando recorre en bicicleta. No le importa la fama ni quiere ser una figura pública.
“Hay una canción de Silvio Rodríguez que dice ‘no me embriaga la altura’. Creo mucho en la base para resolver un fenómeno estructural. No es una persona la que va a salvar a los migrantes”, sentencia.