Por Yara Silva
EL UNIVERSAL
CD. DE MÉXICO.- Caminar, es su manda. No hay dolor ni hambre o cansancio que detenga el peregrinar por el camino boscoso y de frío lacerante. En su paso, la súplica de muchos es una: que la Virgen Guadalupana les dé salud y los aleje de la pobreza.
Es la fe lo que empuja a miles de feligreses a internarse en las laderas de los montes donde colindan Puebla y el Estado de México para llegar hasta el altar de la Basílica de Guadalupe.
El trayecto es grande, tanto como la esperanza de esos creyentes que con su andar suplican a “la Madre”, los ayude a vivir sin penurias. Es la misma plegaria que año con año y de generación en generación, llega a La Villa de Guadalupe.
Así lo cuentan quienes desde hace 25 años comenzaron a peregrinar. Ellos conocen bien el camino y saben que no serán horas, sino días y noches de andar por las veredas del monte.
Hay quienes partieron de Oaxaca, Veracruz y Tabasco. Pero la mayoría son poblanos que han recorrido su Estado durante tres, cuatro o seis días.
De esta forma narran los hombres y las pocas mujeres que forman una inmensa hilera cuesta arriba por el cerro de Río Frío, en Puebla. Ahí, en la falda del cerro, el pisar de los peregrinos y rugir del aire frío es lo único que se puede escuchar.
Nadie habla, nadie se queja del ardor que el viento provoca en el cuerpo. Tampoco hay lamentos de quienes sienten esos siete grados del termómetro, en brazos y piernas entumidas.
El frío los acompaña durante todo el trayecto por eso sólo algunos prefieren caminar sobre el asfalto de la carretera donde el sol alcanza a calentarlos.
Quienes saben, eligen las bajas temperaturas del bosque y no la rigidez del pavimento, porque las horas de andar en el piso de concreto les lacera los pies. Ellos sienten que caminar sobre el polvo y pastizales secos, aminora el dolor de las heridas.
No es el destino, sino los comerciantes de los poblados de Llano Grande, quienes ofrecen un remedio para mitigar el suplicio de las llagas.
Con un tambo, agua del río, leña y fuego, preparan el remedio que los vendedores ofrecen a los peregrinos. Por cinco pesos, los caminantes remojan los pies ensangrentados en agua caliente.
Y aunque el dinero siempre les hace falta, los devotos invierten para sentir el calor en el cuerpo y el alivio momentáneo.
Pero no hay tiempo qué perder. Cinco minutos de descanso es suficiente para continuar su camino hacia La Villa.
Y es que el frío, las horas de camino y las llagas en los pies, son menos lacerantes que la pobreza en la que han vivido.
La mayoría ahí, dice ser albañil o campesino. El maíz, trigo y frijol son el cultivo y el alimento que pocas veces venden y que muchas más comen.
Por eso, dicen que el caminar de las peregrinaciones duele menos que el cansancio de trabajar las jornadas del campo durante horas de la mañana, que se prolongan hasta que el Sol apaga su luz.
Frente a la imagen de La Madre, ya en el Distrito Federal, el calvario de miles de peregrinos se olvida.