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Por Guadalupe Loaeza


'Oma', la abuela

Queridos hijos:
Esta será la primera Navidad en que ya no podrán hablar con Oma, de larga distancia, para desearle, como cada año: joyeux Noël! No dudo, sin embargo, que pensarán en ella, como la abuela excepcional. Cada uno de ustedes seguramente guarda en su corazón sus propios recuerdos y vivencias. Era la abuela francesa, la que vivía en París y la que siempre recibía a sus pequeños nietos mexicanos con los brazos abiertos. Era la abuela, eternamente, enamorada de su marido muerto demasiado joven, y de quien tenía fotografías regadas por todos los rincones de su recámara. Era la abuela a quien le encantaba escribirnos, con una caligrafía preciosa, cartas larguísimas poniéndonos al corriente de todas las noticias acerca de los bisabuelos, tíos, tías, primos y primas. Por medio de estas misivas, a lo largo de los años, nos íbamos enterando de nacimientos, de matrimonios, pero también de la muerte de muchos miembros de la familia, como fue el caso de la desaparición de su bisabuela, que, siempre que los veía de niños jugando cerca de la fuente de su casa, los regañaba apoyada en su bastón. Igualmente, Oma nos contaba de los estrenos de películas de su sobrino, el director Bertrand Tavernier, las cuales nunca se perdía. "Fui con mi prima al cine a ver la película Un dimanche à la campagne (1984). Ojalá que llegue a México, porque la cinta es realmente preciosa". Igualmente nos comentaba, en sus cartas, cuánto le irritaba el Gobierno del ex Presidente François Mitterrand, por quien naturalmente no votó. Por eso, cuando ganó la Presidencia Jacques Chirac, estaba feliz: "Madame Chirac es una mujer muy preparada, con una carrera política propia y de muy buena familia. Todo es muy bueno para Francia...". Oma nunca negó sus tendencias políticas, era de derecha, más bien conservadora, pero también era muy liberal en muchos aspectos. Una de sus máximas cualidades era el respeto por el otro; aunque no estuviera de acuerdo con su forma de pensar, respetaba sus puntos de vista. Era tolerante y jamás imponía su opinión. A Oma le gustaba escuchar y aprender, era muy curiosa y todo lo interesaba, de allí su amor por la lectura (las biografías de Stefan Zweig, las novelas de Françoise Sagan y todos los premios Goncourt), pero sobre todo su gusto por la música clásica. A su tío Eric, el menor de los hijos de Oma, musicólogo y gran pianista, siempre le encargaba que le comprara música de Beethoven o de Mozart.
Lo que más le gustaba a la abuela francesa era venir a México a ver a sus nietos, regresar a las pirámides y visitar nuevamente el Museo de Antropología. ¿Se acuerdan cómo la paseábamos por toda la ciudad en mi Renault 12 color guinda? La llevábamos a desayunar a Sanborns de Madero, luego a visitar el Monte de Piedad, la Catedral, Xochimilco, la casa de Frida y la Plaza de las Tres Culturas. Allí están las fotografías, donde aparecen con sus abuelos, siendo ustedes todavía unos niños, en las pirámides de Teotihuacán, en Palenque, en Taxco o en la Basílica de Guadalupe. En las fotos, Oma siempre se ve impecable, con su pelo rubio y sus ojos azules, de un azul muy transparente. A veces lleva lentes oscuros, o bien, un sombrero de paja de ala ancha, el cual le quedaba de maravilla. La verdad es que era muy bonita.
Al pensar en su abuela, es evidente que no puedo dejar de pensar en mi ex suegra. En realidad, siempre la vi como a una amiga. Como alguien a quien le podía contar muchas cosas a sabiendas de que invariablemente contaría con su solidaridad. Para mí era una mujer inteligente, sumamente civilizada y muy independiente. No le gustaba molestar a nadie y supo llevar su viudez con una gran dignidad y discreción. Cómo me hubiera gustado haberla conocido de joven, recién casada con el amor de su vida, el oficial de marina nacido en Toulon. Qué tan cercana la sentía que, a la primera persona a la que le hablé por teléfono para anunciarle que el Gobierno Francés me había otorgado la Legión de Honor, fue a Oma. Qué gusto le dio saber que recibiría la misma medalla que una vez recibió su marido.
Siempre que se va una abuela tan amorosa como era Oma es como si se murieran todas las abuelas del mundo. De allí que me sienta particularmente triste porque habiendo sido una madre de cinco hijos sumamente querida, también era una bisabuela lúcida y muy presente, a pesar de sus 92 años.
El próximo 24 de diciembre no dejen de desearle a Oma, con todo su corazón, joyeux Noël. Estoy segura de que, se encuentre donde se encuentre, los escuchará con una enorme sonrisa.

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