Pemex éramos todos, afirma el investigador Lorenzo Meyer; un símbolo de nacionalismo, autodeterminación y soberanía. Era un éxito colectivo en un País de individualidades

Por Ernesto Núñez
AGENCIA REFORMA
CD. DE MÉXICO.- Cuando se habla en los libros de texto gratuito sobre la Expropiación Petrolera se habla de “la consolidación del México contemporáneo”. Progreso, nacionalismo, soberanía, son valores que, durante más de siete décadas, la educación pública ha vinculado con la palabra petróleo.
El petróleo y la imagen del general Lázaro Cárdenas como el artífice de la nacionalización se instalaron en el imaginario colectivo como uno de los pocos episodios de éxito en la historia nacional, plagada de derrotas y fracasos.
En torno al petróleo se han erigido monumentos, obras de infraestructura, plazas, parques, auditorios, instalaciones deportivas, carreteras...
“Debido a su hondo significado histórico y por su importancia económica y política, la naturaleza de la industria petrolera se mantiene como un asunto que no se circunscribe al ámbito de la racionalidad económica, sino que toca un tema muy sensible de la imaginación colectiva con relación a la soberanía, a la idea que México como sociedad nacional tiene de sí mismo frente al exterior”, explicaba el historiador Lorenzo Meyer hace casi cinco años en su libro Las raíces del nacionalismo petrolero en México (Océano, 2009).
Después de la Reforma Energética de Enrique Peña Nieto, aprobada por diputados y senadores, Meyer sostiene su misma tesis: el petróleo dio sentido y viabilidad a un País históricamente derrotado. Pero ahora el historiador habla en pasado de ese símbolo llamado petróleo.

La construcción del símbolo
El audio y las imágenes se han reproducido miles de veces en el cine, la televisión, los libros de historia, y hoy están disponibles en YouTube: Lázaro Cárdenas del Río, enfundado en un traje gris, lee un mensaje a la nación de 16 minutos 20 segundos, en el que explica la situación de la industria petrolera y el conflicto suscitado con las compañías extranjeras.
Es 18 de marzo de 1938, y el general anuncia la Ley de Expropiación. Argumenta sus razones y pide a la nación entera apoyo moral y material para las duras decisiones que se habrán de emprender.
En los materiales disponibles en internet, el discurso (cuyo audio se conserva en el archivo de la Fonoteca Nacional) transcurre acompañado de imágenes de ese y otros días, anteriores y posteriores a la Expropiación: Cárdenas visitando los pozos petroleros, Cárdenas con obreros, Cárdenas rodeado de niños, Cárdenas en el balcón de Palacio Nacional observando una manifestación de apoyo a su decisión. Cárdenas y la población volcada para contribuir a la indemnización de las empresas expropiadas.
La construcción del mito, sin embargo, va más allá de esas imágenes.
Lorenzo Meyer ubica su origen en razones mucho más profundas, situadas en el nacimiento de México como nación independiente.
El 18 de marzo de 1938 se convierte en una fecha emblemática -argumenta Meyer- porque en ningún momento anterior de su historia el País pudo disponer plenamente de sus recursos naturales, en este caso un recurso no renovable explotado por empresas extranjeras desde el Porfiriato.
La Expropiación concluye un proceso iniciado desde la Constitución de 1917, cuando se intentó limitar el dominio de las compañías extranjeras sobre el petróleo. Ningún Presidente había podido poner en práctica el artículo 27, que otorgaba a la nación el dominio “inalienable e imprescriptible” sobre los hidrocarburos.
La Expropiación implica darle vigencia a la Constitución, lo que la llenó de significado político e histórico. Es el punto culminante de la Revolución -dice Meyer- y una de las grandes decisiones políticas de toda la historia de México.
-El petróleo adquiere el valor de autodeterminación, porque la Expropiación viene a rescatar toda la historia antigua: México es un País conquistado, un País humillado; son tres siglos de Colonia y en el Siglo XIX le quitan la mitad de su territorio; es un País cuya Revolución la intervienen desde afuera, y es un País que no puede imponer su Constitución. Todo eso está detrás -explica.
Pero no es solamente una especie de acto para saldar cuentas con el pasado, sino una demostración de que el País podía arribar a otra época, explotar por sí mismo sus recursos, desarrollar su propia industria.
Cuando se da la Expropiación, las empresas lanzan una campaña de propaganda con dos objetivos: demostrar que la decisión del Gobierno mexicano atacaba los intereses estadounidenses como parte de un complot internacional de corte fascista o comunista, y propagar la imagen de que el régimen cardenista confiscaría cualquier propiedad extranjera.
Se habla de “un robo bajo la ley”, se advierte que los mexicanos serán incapaces de desarrollar una industria tan sofisticada y se lanza una especie de maldición: “ahóguense en su petróleo”.
Y el conflicto se prolonga hasta 1940, cuando la Segunda Guerra Mundial y la política de “buen vecino” del Presidente Roosevelt propician un arreglo definitivo.
-Lo que viene después de la Expropiación demuestra que el Estado mexicano, que era un Estado muy débil del cual se podía uno reír, tiene viabilidad, que es capaz de formar ingenieros, que es capaz de entender la complejidad de la economía, que es capaz de tener su red de distribución, que es capaz de manejar la industria más compleja que México había tenido -argumenta.
-Ahí está el simbolismo; porque logró despertar el orgullo nacional, la confianza de un País humillado por su propia historia... La confianza; eso es lo que se ha perdido ahora -añade Meyer.

El fin del símbolo
Lo que parecía una historia de éxito, advierte Meyer, en realidad nunca concluyó.
En diversos momentos, los gobiernos postcardenistas trataron de revertir la decisión del general, especialmente el de Miguel Alemán, quien abre la posibilidad de que entren nuevas empresas a explotar los yacimientos petroleros con los contratos de riesgo firmados entre 1949 y 1951.
Meyer explica que el cardenismo detuvo esa tendencia, promoviendo en 1958 (sexenio de Adolfo Ruiz Cortines) una Ley Reglamentaria del artículo 27 en la que se prohibían los contratos a compañías extranjeras, y la Reforma Constitucional de 1960 (sexenio de Gustavo Díaz Ordaz) que lleva la prohibición a la Carta Magna.
-Parecía que era una historia de éxito, que había tomado su tiempo. En 1960 se pensaba que se había logrado: el petróleo era sólo para nosotros, para mercado interno. México no iba a exportar su petróleo, lo iba a guardar, iba a prolongar la vida de esa fuente de energía para México. Hasta que en los 70 falla todo el sistema y López Portillo dice ‘vamos a exportar’; quiso salvar a la economía con la industria petrolera, en lugar de arreglar la economía. Y entonces vienen las demás crisis, y el petróleo se usa como garantía para salir del error de diciembre -explica.
Meyer admite que el petróleo, que llegó a simbolizar el antiimperialismo, el sentido de nación y la soberanía, también fue adquiriendo el símbolo negativo de la corrupción del régimen.
-Pese a todo, ¿sigue siendo vigente ese símbolo después de las reformas hechas el año pasado a los artículos 27 y 28? -se le pregunta al historiador.
-Ya no, se tronchó algo. Pemex era simbólico en la medida en que nosotros podíamos con esa industria, en la medida en que éramos un País capaz de producir una administración responsable de uno de los elementos más interesantes de sus riquezas naturales por ser no renovable y estratégico. Lo que mostró la clase política con esta reforma es su irresponsabilidad; ganó la corrupción al sentido del deber y del “patriotismo”, esa palabra que muchos creen que ya no tiene sentido y que parece no ir de la mano con la palabra “mercado” -responde.
Meyer afirma que la Reforma Energética es un reconocimiento oficial de que los mexicanos no pueden administrar su principal riqueza.
-¿Qué vamos a celebrar, entonces, el próximo 18 de marzo? -se le pregunta.
-Vamos a celebrar el 18 de marzo como celebramos el Centenario de la Revolución: una farsa. Quedará como la defensa del Castillo de Chapultepec: la defensa puramente simbólica que, antes de la caída final de la Ciudad de México, se hizo aunque se sabía no íbamos a ganar. El 18 de marzo quedará así, como una nueva gran derrota, va a ir a nuestro rosario de derrotas gloriosas. Como una prueba de que se hizo el intento -lamenta.
A la corrupción de Pemex y su sindicato se sumó la carga fiscal impuesta por la Secretaría de Hacienda, que hizo inviables las inversiones en mantenimiento, exploración, construcción de infraestructura.
Una situación que Meyer considera que se exacerbó durante los gobiernos panistas, incluso de manera premeditada.
Expropiación petrolera y cardenismo no iban a ser símbolos defendidos o promovidos por el PAN, partido surgido como una reacción de la derecha mexicana frente a las políticas de Lázaro Cárdenas.
Y ya en el peñismo tampoco se reivindicaron esos símbolos con su sentido histórico.
-Casi podría uno pensar que fueron estrangulando a Pemex para que quedara en el suelo y dijeran: “se está muriendo, pobrecito, hay que modernizarlo” -ironiza.
Pemex éramos todos, añade Meyer; un éxito colectivo en un País de individualidades.
-¿Por qué no nos da orgullo tener al rico más rico del mundo?, porque Carlos Slim es una individualidad y porque colectivamente nos cuesta a todos. Pemex sí debía haber sido un triunfo colectivo, pero lo quisieron acabar. Era necesario acabarlo para poder privatizarlo -concluye.