Por Édgar Ávila
EL UNIVERSAL
XALAPA.- Como en toda tragedia, las acciones de heroísmo surgen. La muerte de 35 personas en un accidente vehicular en el Sur de Veracruz mostró la calidad humana del tabasqueño Manuel Quino, quien antes de ponerse a salvo de las llamas, salvó a tres más --incluida su esposa-- del interior del autobús de pasajeros consumido por el fuego.
“No soy un héroe”, aclara una y otra vez.
Venía despierto a bordo del autobús de la empresa Turtle, que los trasladaba de Villahermosa, Tabasco, hacia Puebla y el Distrito Federal. Estaba sentado del lado del pasillo. Con insomnio a cuestas, abrazaba a su esposa Lucero Rodas que dormía y vio cuando la unidad se encontró de pronto con un tractocamión mal estacionado y sin señales de alerta.
El golpe fue seco. Ocurrió en cuestión de segundos y entonces la cabina del conductor ardió en llamas. El humo denso y caliente invadió rápidamente todo el interior. Manuel vio como los pasajeros sentados en la parte delantera se arremolinaban hacia atrás.
Comenzó a golpear con el puño el cristal de la unidad, pero fue inútil; no cedió. El calor cada vez era más intenso y las llamas cercaban toda la unidad. Los gritos de desesperación y dolor brotaban por doquier.
Su esposa le indicó la escotilla del techo. Le dio tres golpes y para su suerte se abrió. El primero en salir fue Bryan Álvarez, quien corrió lejos del camión.
Manuel agarró a su esposa, la cargó y la empujó a lo más alto. El humo era mucho más denso y caliente. Tomó una bocanada de aire y aguantó la respiración pensando que así evitaría quemarse los pulmones. Se acordó de los múltiples cursos de capacitación de Petróleos Mexicanos (PEMEX), empresa en la que labora y que le enseñó cómo actuar ante incendios.
Eran segundos, pero parecía una eternidad. Su compañera de vida también corrió alejándose de las llamas y los quejidos de aquellos que morían sofocados o quemados vivos.
Lucero observaba como el camión era abrazado por los latigazos de fuego y la desesperación casi la mata. “Fueron segundos de frustración el no verlo salir”, confiesa. Estaba dormida cuando sucedió el impacto, pensó que era un sueño, pero la realidad la despertó de su letargo.
Después abandonó el camión un joven de 24 años. Sin embargo, su esposo no salía.
Manuel seguía aguantando la respiración y con el dolor de su corazón abandonó el autobús y los gritos de las personas que morían. Estaban a salvo, eran unos sobrevivientes, pero la angustia jamás se detuvo pensando en aquellos que fallecieron y, sobre todo, en la otra oportunidad de la vida.
No era fortuito que hoy estuvieran en un hospital del Municipio de Acayucan sólo con lesiones. En Cárdenas, Tabasco, la unidad hizo una parada y descendieron para comprar unas pastillas para mitigar el dolor de estómago que sentía Lucero. Al volver al camión vieron que sus lugares estaban ocupados, por lo que se fueron a la parte posterior, lo que les salvó la vida.