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Reúne Palacio Nacional a toda la clase política mexicana para que fueran testigos de la promulgación de la reforma energética

Por Juan Arvizu

EL UNIVERSAL

CD. DE MÉXICO.- Los hombres de la reforma energética entran al patio de Honor de Palacio Nacional y su paso a la historia da qué decir. Nada que ver con la gallardía de los valientes o el donaire de los genios: Pedro Joaquín Coldwell, secretario de Energía, va con las manos sumergidas al fondo de los bolsillos, y el director de PEMEX, Emilio Lozoya Austin, lo escucha atento y con respeto.

Otro aficionado a llevar las manos en los bolsillos es el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, quien cruza el dintel de lo trascendente con rostro vivaz y un andar rápido. El destino lo llamó a administrar la renta petrolera.

En el presídium, aparecen los secretarios de Hacienda, Luis Videgaray, y Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, y serán los colaboradores más cercanos a Enrique Peña Nieto en la promulgación de las leyes energéticas, momento que el Presidente resalta al decir: “los cimientos están puestos”. Es el día 619 de su mandato.

El senador del PRI y líder del sindicato petrolero, Carlos Romero Deschamps, extraviado, busca su silla en la primera fila; de buen humor, desata charlas y risas con los diputados Ricardo Aldana, Alejandro Montano, Javier Treviño Cantú. Suyo será un gajo de la ceremonia cuando Peña Nieto exprese su reconocimiento a los trabajadores, y con el desgrane de un aplauso, el único dentro del discurso presidencial. En agradecimiento, el dirigente sindical llevará su mano derecha a la altura del corazón, cruzará mirada con el jefe del Ejecutivo e inclinará la cabeza.

Cuando todo haya concluido y el Presidente baje a saludar sólo de mano y con expresiones de cordialidad, renovará agradecimientos con Romero Deschamps y con los diputados panistas Rubén Camarillo, Juan Bueno y los senadores, Jorge Luis Lavalle, Francisco Domínguez, y Salvador Vega. Al presidente del PAN, Gustavo Madero, como a César Camacho, jerarca del PRI, los abrazará en el presídium al final de sus discursos.

La izquierda, la que votó en contra, está ausente. Se echa de menos al gobernador de Tabasco, Arturo Núñez, promotor del voto a favor de las participaciones a estados petroleros. Jesús Zambrano, presidente del PRD, quien estuvo en la promulgación constitucional, hoy no está. Ni el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera.

El coordinador de diputados del PRI, Manlio Fabio Beltrones, encabeza a los suyos, que llegan en grupo compacto, directos a tomar posiciones. Hay disciplina. Saben que van a atestiguar el estreno del parteaguas de la historia.

Emilio Gamboa Patrón entra a Palacio Nacional como a la casa que conoce desde los años 80, y dentro, como piezas de ajedrez político, integrantes de su equipo ocupan su sitio: Raúl Cervantes, presidente del Senado, estará a la izquierda de Peña Nieto; David Penchyna, presidente de la Comisión de Energía, cuyo rostro se iluminará con la felicitación presidencial y un abrazo cordial del mexiquense. Se dirán palabras de mutuo agradecimiento.

Más de dos minutos dura el aplauso a la llegada del Presidente, atento y observador, cortés y comunicativo, cálido con cada interlocutor; claro y sin estridencias. Así da su paso a la historia. En la calle, la porra saluda a los que salen: “Güera flacucha, las zapatillas que llevas son del pueblo”. Es largo el festival en las vallas: “¿Y tú, de qué te ríes maldito traidor?”.