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Los cuatro mexicanos detenidos en Brasil viven en un departamento que les cuesta 2 mil dólares al mes

Por José Vales

EL UNIVERSAL

CD. DE MÉXICO.- Hay veces que es mejor recordar los consejos de los padres. Principalmente uno de aquellos que suelen dar cuando los niños comienzan la etapa de su despertar sexual: “A las mujeres no se le palmea el trasero”.

Y es que si la justicia brasileña prueba la acusación contra Sergio Eguren Cornejo, abogado de 38 años, podría lamentar por mucho tiempo no haber recordado esos consejos aquel 29 de junio, a las 20:30 horas de una calurosa y festiva noche aquí, cuando él, su hermano Ángel Rimak, publicista de 34, junto con sus amigos Rafael Medina Pederzini, abogado de 31, y Mateo Codinas, ingeniero de 35, quedaron atrapados en un violento enredo policial que lo llevó a pasar 49 días de cárcel y a estar en el banquillo de los acusados en un juicio con final incierto.

Aquel 29 de junio no fue un domingo más para ellos ni para millones de mexicanos: ellos habían venido en el Barco MCS, hasta Salvador, Bahía, para seguir a la Selección Mexicana de Futbol y el Tri estuvo a escasos 10 minutos de hacerlos felices, por aquel golazo de Giovanni Dos Santos, junto a millones de mexicanos. Pero en cuatro minutos del final la historia futbolística de la selección mexicana se hizo presente, con dos goles de Holanda, que fueron nada más que un prólogo del cruce de planetas que tendrían horas más tarde, cuando después de participar de la FIFA Fan Fest en las extensas playas de Iracema, y cenar algo ligero antes de dirigirse al Aeropuerto para regresar a la capital bahiana y de ahí a casa.

La ventanilla delantera de un taxi abierta, donde viajaba Sergio, según los testimonios, en medio de los cánticos “México, México”, que a coro entonaban los cuatro amigos, un trasero que pasa muy cerca, la costumbre de no recordar los consejos de los padres, un empujón o un golpe del marido molesto, uno de los puntos que aún la justicia no logró dilucidar, y una gresca que terminó con varios heridos, los cuatro mexicanos en la cárcel y un proceso que se presume largo y tedioso, y que podría llevarlos a la cárcel por 12 años o, en el mejor de los casos, a una condena de entre dos y cuatro años, que se podría canjear por trabajo social, si así llegará a determinarlo el juez.

La FIFA Fan Fest había convocado a decenas de miles de personas aquella noche, como cada vez que se jugaba un partido mundialista. Esto no es Copacabana, pero sus arenas y su temperatura no tienen mucho que envidiarle. Mientras los cuatro amigos mitigaban la pena de la descalificación con una cena frugal y unas cuantas chelas, David De Quiroz Chávez, un abogado de 35 años; su esposa, Lorna Manuela Leierra Chaves, empleada bancaria de 36; su hermano Maximiano Leite Barbosa Chaves, abogado de 38, y su primo Lauro Chaves, economista de 46, compartían una pizza en el restaurante Italia Beach de la avenida Monseñor Tabosa y Dias Ribeiro, a 100 metros de la fiesta.

Una hora más tarde se dirigían a la casa del padre de David y Maximiano, cuando ya la avenida Tabosa, estaba invadida de autos detenidos por el tráfico. En fila india, los cuatro comienzan a atravesar la calle por donde encuentran un espacio entre los autos, primero Lauro, después Maximiano, luego Lorna y por último David. Una mano con la playera de la selección mexicana sale de la ventanilla delantera de un taxi y va directo al trasero de Lorna. Sería la misma mano que alguna vez apareció levantada en los carteles para la campaña como representante de Coyoacán por el PAN, el esposo golpeó la mano en son de reprimenda, según lo que la familia Chaves declaró ese noche en la Delegación de Protección al Turista, de la calle Raimundo Correia, y David recién el pasado martes 1 de julio cuando salió del hospital UNIMED, a donde fue trasladado con contusiones y politraumatismos varios y a las que El Universal tuvo acceso exclusivo.



La Gresca

Lo que vino después fue una gresca de proporciones. Sergio Eguren fue el primero que se bajó del auto porque según le narró a la policía, el lunes 30 en la tarde, y con la asistencia en la traducción de la cónsul general de Río de Janeiro, María Cristina De la Garza, ex embajadora en Argentina, y su abogado Eduardo García Ferreira, que le habían propinado un puñetazo en pleno rostro. Insultos, corridas, golpes y confusión, hasta que dos policías militares, Cicero Nogueira de Lima y Cicero Samuel Rocha de Olinda, llegaron al lugar y los detuvieron parando la golpiza, según lo afirmaron las cuatro víctimas y el testigo José Augusto Melino, quien presenció todo desde la ventana del segundo piso departamento siete, frente al lugar de los hechos.

La tesis de los cuatro mexicanos es que ellos no patearon ni golpearon a David, quien cayó en un pozo con barro y llevó la peor parte, y a Maximiano. Argumentan que fueron confundidos porque había muchos hinchas mexicanos con sus respectivas playeras. Sin embargo, tanto la familia Chaves, como el testigo y los policías, aseguran que fueron ellos los agresores. Nogueira Lima, atestigua que uno de ellos fue retenido por transeúntes que presenciaron la golpiza. Mateo Codines sostiene que él llegó tarde al lugar de los hechos y que se presentó ante la policía como testigo. Hechos que el juez de la segunda Vara Criminal de la justicia local, José De Noroes Ramos, y el promotor, Pedro Olimpio, deberán dilucidar en el transcurso del juicio.

Desde el 1 de julio, los cuatro pasaron 49 días en un centro penitenciario de Fortaleza. En un pabellón de presos comunes y con la dura rutina de cualquier cárcel latinoamericana. Eso hasta el pasado 19 de agosto, una vez que la causa se giró a juicio, el magistrado les brindó la libertad condicional pero con restricciones: Les quitó el pasaporte, les ordenó no alejarse de la ciudad, no salir después de las 19:00 horas ni los fines de semana y la necesidad de presentarse cada 15 días en el juzgado para firmar un acta.

A los cuatro los recibió una ciudad embanderada de futbol, y hoy asisten a una Fortaleza empapelada con los colores de los partidos políticos en plena campaña hacia las elecciones del 5 de octubre. Y lo que es peor, podría recibirlos el frío de un nuevo gobierno si el juicio, fiel a las costumbre de la Justicia local, se demora más de lo normal.

De aquel mundial sólo quedan aquí el Arena Castelao, alguna que otra imagen de la efigie mundialista y ellos cuatro.

Como si el destino en la ciudad se hubiese quedado aferrado a un radio de 600 metros a la redonda, rentaron un apartamento de dos cuartos y dos baños en el piso 16, con vista a la tradicional playa de Iracema donde se celebró la fiesta de la FIFA, en el edificio Terraco do Atlántico, un complejo con piscina y pensado para albergar a inquilinos por temporadas, por el que estarían pagando entre 4 mil y 4 mil 200 reales mensuales (unos 1 mil 900 y 2 mil dólares; 26 mil pesos mexicanos), para enfrentar un juicio que puede durar meses.

Según uno de los porteros del edificio “recibieron la visita de sus familiares y su comportamiento aquí es normal, correcto. Aunque el caso fue muy sonado aquí, ellos pasan desapercibidos”.

Y si el caso tuvo repercusión en Fortaleza fue porque la sociedad estaba más que prevenida de lo que pudieran hacer durante el mundial Holligans, barras bravas e hinchas desbordados por los efectos del alcohol. “Se pensaron que podían actuar con impunidadí, pero en Fortaleza tenemos leyes”, dedujo Maia en entrevista con este periódico.

La vida de los cuatro mexicanos en las calles de la ciudad, transcurre de día, playa y caminatas. Internet y mucho tiempo para reflexionar de lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer con las manos.

A través de su abogado aquí en Fortaleza, García Ferreira, de su defensor en México, Xavier Olea, se negaron a recibir a El Universal. Su entorno, en cambio, aseguró que “no van a hablar porque estamos en medio de una negociación”, algo que tanto el abogado de las víctimas, Daniel Maia, como los propios denunciantes negaron enfáticamente.

Por lo que puede deducirse de las declaraciones de la primera jornada del juicio, la estrategia de la defensa es vincular a las víctimas con la Orden dos Advogados do Brasil (Orden de los abogados de Brasil, capítulo Ceara), quien apoyó el juicio, y a De Queiroz Chaves, afiliado a dicha institución.

Su presidente, Valdetario Andrada Monteiro, negó cualquier interés de la institución que dirige en cargar las tintas contra los mexicanos, pero advirtió ante la consulta de este periódico que “una vez que se conozca el fallo del juez y si son condenados, la condena se tiene que cumplir en Brasil”.



Estrategia de la defensa

García Ferreira pidió la declaración de tres testigos, uno en la ciudad de México, otro de Sao Paulo y otro más de Río, conocidos de los acusados, que para la querella “no cambiará el curso de los hechos porque no los presenciaron”.

Maia busca la pena máxima por los cargos de “tentativa de homicidio” (12 años) y la máxima por Lesiones graves (cinco años). Los testimonios dejan en una posición difícil a Sergio y a Ángel Eguren, así como a Codines y en menor medida a Medina Pederzini. Pero todavía es pronto para conclusiones. Los testigos, escasos, y el juicio bastante largo. Lo suficiente como para poder reflexionar que las derrotas en el futbol se deben procesar de otra manera y no con la ira, la cerveza o perdiendo el raciocinio en medio de la masa y convencerse de que así como no es bueno que todo se vaya de las manos, tampoco lo es que la mano se pose donde no debe.