GERARDO ARMENTA BALDERRAMA

Elección presidencial

Aceptar el resultado

Una encuesta del grupo periodístico Reforma puso de manifiesto que 76% de la población opina que Andrés Manuel López Obrador debe aceptar el resultado de la elección presidencial del primero de julio, favorable a Enrique Peña Nieto. Al mismo tiempo, 55% está de acuerdo en que esa elección fue muy limpia o algo limpia, mientras que 40% estima que resultó algo sucia o muy sucia.

La encuesta también estableció que la mayoría de los propios seguidores de López Obrador (54%), consideran que el ex candidato de las izquierdas debe reconocer el veredicto ciudadano expresado en las urnas, aunque el 40% de ellos sostiene lo contrario. En lo general, 64% no justifica la realización de marchas y protestas para objetar los números que arrojó la contienda presidencial del primero de julio.

López Obrador debió revelar ayer en la tarde la actitud definitiva que adoptará con respecto a la contabilidad electoral que definió a Peña Nieto como virtual Presidente de México. Sin embargo, en la víspera, el ex abanderado del Movimiento Progresista anticipó la que muy probablemente será su respuesta en ese sentido, es decir, que planteará al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación la invalidez de la reciente elección presidencial, bajo el argumento de que no fue un proceso equitativo.

A diferencia de hace seis años, esta vez López Obrador navegará un tanto contra la corriente pública al formular la impugnación que suscribirá para que sea atendida por la instancia respectiva. Hoy se advierte una notoria indisposición ciudadana ante la posibilidad de que caiga en litigio la orientación de los votos de carácter presidencial emitidos el primer domingo del mes en curso. Tampoco es bien visto el potencial hecho de que López Obrador apuntale su protesta con plantones como el que llevó a cabo (también hace seis años) en la avenida Reforma de la Ciudad de México).

Las descritas son señales que sin duda alguna están a la vista general. Mucho se dice y se escribe en esta coyuntura sobre la reacción de López Obrador por el resultado de los comicios en que participó, sin desdorar obviamente su derecho a la impugnación. Empero, el problema está representado por el alcance de la réplica que planea ejercer. Pretende, si es que ayer no cambió de opinión, que se invalide el significado de la elección.

En otras palabras, su aspiración estriba en hacer de cuenta que el primero de julio no existió, por lo que habría que hacer otro. A esto induce el planteamiento de que se invalide la elección, que sí debió tener irregularidades, como las tuvo, pero no al extremo (25%) de que sea posible esgrimirlas como punta de lanza para anular la totalidad de los sufragios emitidos. Esta es una conducta que no puede asumirse nada más porque sí. Descalificar por entero una elección presidencial para volver a empezar es un paso que causaría mucho más perjuicios que los que podría corregir.

Por lo demás, primero habría que acreditar las razones que animan ese paso, pero más allá de toda emoción dictada por el calor político. Al final, si López Obrador insiste en llevar adelante su radical alegato, ello no implicará que el trámite respectivo le conceda razón. Por más que no haya consenso público absoluto que lo avale, también al final resultará saludable que la instancia electoral del caso acepte examinarlo, si es que decide hacerlo, porque tampoco se trata de imponer condiciones en ese ámbito.

¿Qué o cómo es una contienda electoral equitativa? Quizá no resulte posible documentarla enteramente. Siempre existirán factores objetivos o prácticos que impidan la absoluta igualdad entre o para sus participantes, a pesar de que en la teoría legal está garantizada sin mayores contratiempos. Sin embargo, debe llegar un momento en que un aspirante a un cargo de elección popular sobresalga directa o implícitamente frente a sus adversarios, sin llegar al extremo de vulnerar la ley. En Estados Unidos, por ejemplo, tendrán elección presidencial el próximo noviembre. ¿Qué tan equitativo puede ser que el casi seguro candidato republicano Mitt Romney mida fuerzas con el Mandatario demócrata en funciones Barack Obama?

Ocupar la Casa Blanca seguramente concede alguna forma de ventaja a la hora de buscar el voto de los norteamericanos, más que nada por la significación personal y política que trasluce despachar en la llamada Oficina Oval. Aun así, las encuestas ofrecen hoy un empate en las simpatías ciudadanas que suman Obama y Romney. Pero en la historia reciente del País vecino, ningún Presidente, con excepción de George Bush (padre), ha sido derrotado en la búsqueda de su reelección.

A pesar de las encuestas, que en estas alturas pueden resultar muy estimulantes para Romney, sin soslayar el tiempo que todavía falta para noviembre, se pronostica que Obama terminará por vencerlo, en función de una mezcla de mayor capacidad política y obvia proyección por su calidad de Mandatario. De entrada, estas dos circunstancias marcan ya una diferencia que en su falta de equidad no es posible rebatir objetivamente. Es obvio que este término incluye también otras definiciones que conciernen a lo estipulado por la ley, las que en México suelen ser frecuentemente invocadas para cuestionar pasajes electorales por quienes no se vieron bendecidos con la distinción del triunfo.