Viernes, 14 de Diciembre de 2012 07:00
Por Francisco Suárez Dávila
“Lo único que debemos temer es el temor mismo… el terror que paraliza los esfuerzos requeridos para convertir la retirada en el avance”.
Presidente Roosevelt: discurso inaugural 1933
En 10 días Peña Nieto ha puesto a México en movimiento: acordó un pacto político nacional, un pacto educativo y una reforma a la estructura de gobierno. Con ello ha propiciado un inusitado clima de aliento y de esperanza que permea a la sociedad. No es obra de la casualidad. El inicio del gobierno se preparó “por nota”. Se realizó una buena gira internacional. Se inició por América Latina, no por EU. Se visitó también a Canadá. Se reabrió la puerta de las reformas aunque fuera con una imperfecta reforma laboral.
El éxito se sustenta en tres elementos clave: un motivador mensaje a la nación, señalando los ejes de su gobierno y adoptando las primeras decisiones presidenciales, extraordinariamente bien calibradas por su impacto. Dos golpes magistrales a los llamados “poderes fácticos”: la reforma educativa, eliminando plazas heredadas y vitalicias, y levantando un verdadero inventario educativo, increíblemente ausente, y la convocatoria para dos nuevos canales de televisión, ambas muy aplaudidas, como la referencia y el saludo caballeroso a Josefina Vázquez Mota y al ex Presidente Calderón por su colaboración en la transición.
El segundo elemento fue un gabinete “balanceado”, que combina experiencia y juventud, promedia 56 años; fuerte presencia política de gobernadores y legisladores, no de tecnócratas; equilibrio académico, domina la UNAM; el ITAM, en los cargos económicos; un vicepresidente “de facto” económico, otro político. Cambio fundamental: reintegrar la seguridad a la gobernación interna, sujeto a controles legislativos.
Tercero, anunciar un pacto político al día siguiente del inicio del gobierno, con el concurso de los tres principales partidos políticos. Los compromisos son en realidad el esbozo de un programa completo de gobierno y un anticipo del contenido del plan nacional de desarrollo. Contiene una mezcla de políticas, responsabilidad del Ejecutivo y acciones legislativas. A ello se suma una reforma educativa pactada con las fuerzas políticas. ¡Oficio político!
Se ha iniciado un favorable cambio de imagen internacional. La prensa ha hecho eco de ello: The Economist, “México en ascenso”; Time, “Viejo partido, nuevo comienzo”; El País, “La gran oportunidad de México”, con un excelente artículo que habla de “convertir al país en un gigante económico”. Todos, sin embargo, matizan su entusiasmo con referencias a los grandes problemas; El País habla del problema de la violencia, cuyo costo es entre 1 y 1.5% del PIB; The Economist se refiere a los estados como las 31 repúblicas bananeras.
El paquete económico para 2013 es “inercial”. Se preparó en pocos días. No hay novedades. Ningún nuevo impuesto, los recursos los da el precio del petróleo y el recorte de gasto excesivo de altos cargos de la administración. El equilibrio fiscal “0” implica muy pequeños ajustes (es de 0.4%) y es buena señal para los mercados internacionales. La primera pregunta es ¿qué se hace si nuestros vecinos del norte caen en el precipicio fiscal o aunque sea una “zanja”, con efectos recesivos?.
Se manejó con justificada cautela la gran trilogía de reformas: la energética, la de seguridad social y la hacendaria: “la madre de todas las reformas”. De hecho todo el pacto descansa sobre una reforma hacendaria. Aunque sea un plan de ruta y no una acción instantánea. Se han hecho estimaciones de que su costo oscila entre 7 y 10% del PIB. Lo anterior implica duplicar el coeficiente tributario que ha prevalecido durante toda nuestra historia económica moderna. Será una negociación ardua.
El presidente levanta grandes expectativas y un gran entusiasmo social, lo importante ahora serán los cómos y sobre todo dar resultados en el corto plazo. Por lo pronto, rompió la parálisis e inició al fin el movimiento de México.