José Carreño Carlón

Con las singularidades de los anuncios, este lunes, del cambio de estrategia de seguridad y, el lunes anterior, de la reforma educativa, esta tercera semana del Gobierno del Presidente Peña Nieto podría perfilar un nuevo modelo de régimen presidencial. Un modelo alejado del presidencialismo histórico mexicano, mundialmente célebre por su alta concentración del poder, que rigió de mediados de los años 30 del siglo pasado, con el Presidente Cárdenas, a los primeros 90, con el Presidente Salinas. Dos sexenios separados por más de medio siglo, con sus respectivas diferencias de concepción de la modernidad, pero que tienen en común la realización de cambios trascendentes.
Pero el nuevo modelo presidencial de Peña estaría también distante del presidencialismo que va de finales de los 90, con Zedillo, a los primeros dos sexenios del nuevo siglo, con Fox y Calderón. Sin el poder cohesionado del ciclo anterior, y sin la capacidad ni el liderazgo para acordar y alcanzar objetivos estratégicos en la nueva realidad del poder fragmentado, estos regímenes no acertaron a construir bases políticas correspondientes a la época de la descentralización del poder y condujeron a un gravoso estancamiento nacional. El País arribó en 2000 a una primera alternancia de partidos en el poder presidencial, por vía de la competencia electoral: un importante cambio de sistema político, pero ineficaz para cumplir las expectativas despertadas por ese cambio.

Malestar en la democracia
Acaso acertaron estos sexenios a activar los restos del viejo poder presidencial para remitir responsabilidades a sus antecesores, lanzar mitos fundacionales que los convirtieran en artífices de la transición democrática o proclamarse en guerra de salvación de la patria ante las bandas criminales. Pero independientemente de lo logrado en sus imágenes, el saldo político al final de este ciclo fue un extendido malestar en la democracia.
En estas condiciones llegó en 2012 la segunda alternancia, con un resultado electoral en que no era opción recuperar la dinámica reformista a través de una nueva concentración del poder, como tampoco parecía una opción continuar en el estancamiento, la mediocridad en la gestión estatal y el agravamiento del malestar.

¿Nuevo modelo?
En el ciclo presidencialista del poder concentrado, Cárdenas y Salinas de Gortari abrieron espacios para emprender sus programas de cambio a partir de la remoción de lo que hoy llamamos poderes fácticos. En el caso de Cárdenas, con el destierro del “jefe máximo” que gravitaba sobre la Presidencia, y con la expropiación de las compañías petroleras, renuentes a someterse a las leyes nacionales. En el caso de Salinas, con el encarcelamiento de quien desde el control sindical ejercía otro poder de facto en la industria petrolera. Y en la cultura política que une también a esos dos presidentes, esas acciones trascendieron como golpes de fuerza y arrojo del portador de la investidura presidencial, en episodios que, con otros, nutrieron el mito de la majestad invencible del presidencialismo providencial.
A diferencia de ellos, y de Calderón, que intentó, grotesca y fallidamente, inventarse un presidencialismo de superhéroe, el del Eliot Ness de Los Pinos, como escribió ayer aquí López Portillo, Peña Nieto ha sorprendido desde este nuevo diseño de régimen presidencial, para el que no hay guerra ni enemigos a explotar políticamente, sino un Estado comprometido a restablecer la paz, la seguridad y la justicia, con base en la coordinación con poderes locales a los que no descalifica para glorificar el valor presidencial, sino que los asume como contrapartes responsables en un esquema de poder descentralizado. Igual que una semana antes sorprendía con el rescate de funciones educativas de manos del poder fáctico sindical, pero no como acto de fuerza del presidencialismo legendario, sino como resultado de la negociación entre Gobierno y partidos. ¿Nuevo reformismo con nuevo modelo presidencial?