Jueves, 27 de Diciembre de 2012 07:00
FRANCISCO Y NATALIA TOLEDO
Francisco, el padre, es un gran pintor y Natalia, la hija, es una poeta y escritora que escribe en zapoteco y en español. Si algo le preocupa a Natalia (Juchitán, Oaxaca, 1968) es que desaparezcan por completo las lenguas indígenas, por eso un buen día decidió enseñarle hablar zapoteco a su loro Nguengue “para que cuando no queden hablantes del didxazá (el idioma de las nubes) sobrevuele los tejados y arroje desde las alturas, mientras soñamos, las lecciones que aprendió”. Cuando Natalia era pequeña, su papá le platicaba de su padre zapatero. Según Francisco, “lo que más le gustaba era tomar las medidas de los pies de las mujeres, de esa manera podía verles los pies a las mujeres”. Lo anterior lo escribió cuando el pintor era adolescente.
Nostálgico, como siempre ha sido Francisco, aún añora “el cantar del zapoteco, con su sonoridad. Porque con la misma palabra puedes decir piedra o flor, dependiendo de los tonos, de la sonoridad más alta o más baja”. (Se busca un alma, Angélica Abelleyra, Plaza y Janes). Gracias al maravilloso “retrato biográfico de Francisco Toledo” de Angélica, me enteré de que la hermana del padre de Francisco también era zapatera, la única mujer del pueblo con ese oficio. Él la recuerda como una mujer valiente y muy fuerte, quien solía comprar las pieles al otro lado del río. Esto no era una tarea fácil, ya que por las tardes el río crecía mucho y la tía Felícitas lo tenía que atravesar nadando, con su sobrino Francisco sobre sus hombros. “Para regresar, se amarra las pieles a la cabeza para no mojarlas y aunque el río venga crecido, no le da miedo. A mí sí, porque hay peces que nos van siguiendo. Mi tía sabe dónde se esconden los peces. A veces la gente tira sus zapatos viejos al río y mi tía los saca porque hay peces que viven dentro...” Natalia creció con todas estas historias fantásticas en que aparecían conejos y coyotes y vacas que volaban sobre los techos de las casas. Aunque de niña no veía mucho a su papá porque siempre estaba lejos, le escribía cartas con sus poemas. Olga, su madre, era una juchiteca muy bella. “La primera mujer que le dio una hija a Toledo”. No obstante no vivieron juntos, lo acompañaba constantemente en Juchitán. Una vez le preguntó a su padre por qué se había enamorado de su madre, pues, según su hija, no tenía una plática interesante sobre temas de arte. “¿Sabes? La mujer más bella del istmo era tu madre. Y él siempre se ha rendido ante la belleza. Mi madre, lo fue y mucho. Ser bello es también un valor. Ella era bella y habitada, doble ching.... para los pintores”. A Natalia le fascina ser hija de Francisco Toledo. Dice que es una “palomita” para su currículum. Afirma que son muy diferentes e independientes. “No me cuesta trabajo vivir sola o no tener a mi padre durante un año.
No pasa nada. Sé que está y que siempre ha estado. Además, me cae muy bien, es chistoso, tiene mucho sentido del humor. No nada más uno sufre. Él estuvo en esos momentos de caminar las dunas y las playas, tal vez algo más importante que haberlo tenido todos los días. Con eso me quedo”.
Llevan dos libros publicados juntos, padre e hija. El primero, Cuento del conejo y el coyote, y el más reciente, El niño que no tuvo cama. Ambos están escritos en zapoteco y en español. En la presentación del libro, Natalia escribe de qué trata: “Esta historia que se va a contar es la de mi abuelo. Él se la contó a mi papá y mi papá, que también se llama Francisco, nos la contó a sus hijos y así sucesivamente. Esta es la forma más efectiva que tenemos los zapotecas para desgranar las palabras y conservarlas en la memoria, así sobrevivirán hasta que la tierra abrace al cielo.
Cuando yo la escuché tuve un sueño, una flor se estiraba de mi corazón a mi oído y me decía: ‘ponla sobre el papel’ y eso hice, sólo que pensé que tenía que contarla mi abuelo porque es a él al que le sucedió. Siéntense y paren orejas”. Por lo que a mí respecta, ya me senté, toda la tarde de ayer, sobre la cama de mi habitación de una casa muy bonita que se encuentra justo frente a la iglesia de La Soledad y paré las dos orejas. Leer este libro y al mismo tiempo admirar las ilustraciones de Francisco Toledo, en la ciudad de Oaxaca, es un verdadero privilegio. Afuera, tañen las campanas de la iglesia, mientras leo: “De niño no tuve cama, dormí siempre sobre la piel que usaba papá para hacer zapatos, él me despertaba con el silbido de las tres sílabas que forman mi nombre Chi-co-Min. En cuanto conseguía levantarme, él comenzaba a recortar la piel ra, ra, ra, para hacer el par de zapatos que le habían encargado; cada día mi cama se hacía más chiquita, al final de la semana sólo existía un lienzo lleno de hoyos con la figura de todos los pies: patas chicas, patas grandes”. En la imaginación de este niño, cuya cama se fue haciendo chiquita, chiquita, pasan muchas cosas desde vacas perforadas hasta ejércitos de estos animales blancos y con manchas negras que lo persiguen por las noches.
No hay duda, Oaxaca ahora es ese señor que se llama Francisco Toledo y que a veces duerme hecho bolita en el suelo porque su cuerpo extraña la piel con que su padre hacía zapatos. Oaxaca también es el abuelo zapatero, Olga, la bella Juchiteca y Natalia, la poeta, que sueña en zapoteco y que escribe cuentos para niños.
Todo eso es Oaxaca, incluyendo mi corazón enredado como los quesos que se venden en sus mercados.