Viernes, 15 de Febrero de 2013 07:00
Jorge Camil
La renuncia de Joseph Ratzinger tiene aspectos interesantes. ¿Cómo podría dejar de ser Papa cuando el dogma indica que fue elegido por inspiración del Espíritu Santo? Quizá por eso el lunes pasado pocos sabían ante quién debía renunciar: ¿los feligreses? ¿La curia? ¿Los ciudadanos del Vaticano? Siendo un teólogo distinguido, su renuncia fue de libro de texto conforme al Derecho Canónico. Renunció públicamente, en un consistorio cardenalicio, en presencia del decano, y manifestando claramente que lo hacía “en plena libertad”.
Aunque algunos sostienen que tras la renuncia perdería su dignidad de cardenal, a menos de que sea confirmada por el nuevo pontífice. Seguiría siendo obispo, ya que esa dignidad es un sacramento que no se pierde. Es un hecho que algunos puristas lo seguirán considerando “Papa” hasta su muerte. Por eso el análisis de los efectos de su renuncia, como en el caso de cualquier otro jefe de Estado, debe limitarse al cese de sus funciones administrativas, que son agotadoras y sujetas a la frustración del inmovilismo burocrático. Se ha dicho que uno de los motivos de la renuncia fue su frustración con los “cuervos” de la curia romana.
Gobierna un Estado inmensamente rico en dinero, inversiones productivas y bienes raíces en varios países, y administra un tesoro incalculable de incunables y obras de arte. Administra, además, una curia proverbialmente llena de intrigas y envidias.
Vistas en esa dimensión, las tareas del Papa se antojan propias de un hombre inteligente, como es Joseph Ratzinger, pero lleno de energía, como era Juan Pablo II al inicio de su pontificado. Benedicto XVI tiene casi 86 años, sufre diabetes y lleva un marcapasos. Está convencido de que todo eso le impide ejercer el ministerio que le fue encomendado, y declaró que “ya no tiene fuerzas para seguir”; que fue la misma excusa usada cuando abandonó la cátedra de teología en la prestigiada universidad de Tubinga. No tenía fuerzas para lidiar con los estudiantes revolucionarios de los 60. Esa decisión lo enemistó para siempre con Hans Küng, el teólogo rebelde con quien compartía la cátedra, y compartió también los honores de ser uno de los dos jóvenes teólogos que asesoraron al Concilio Vaticano II.
Agobiado por la sorpresa, y quizá por las inusuales complicaciones de la renuncia, Angelo Sodano, decano del colegio cardenalicio, habló en el consistorio. En un principio pareció que lo recriminaba. Le recordó que al anunciarle el resultado de su elección le había preguntado si estaba preparado para desempeñar las labores del cargo. “Usted me respondió sin vacilar que sí”, dijo Sodano. ¿Insinuaba acaso que había aceptado su elección a la ligera? No creo. Como la última “renuncia” fue hace 600 años estamos ante lo desconocido.
Al hermano mayor del Papa, sacerdote, teólogo y músico reconocido, le entusiasma la idea de volver a disfrutar a su hermano, y pasar veladas conversando sobre música y teología. Según L’Osservatore Romano la decisión de renunciar se gestó después de su extenuante viaje a México y Cuba.
Ratzinger intentó ser un Papa “mediático”, como su antecesor. Pero eso no es lo suyo. Él disfruta leer, escribir y tocar a Beethoven en el piano. Las multitudes nunca fueron su fuerte. Lo rebasaron los casos de pederastia, que quizá para proteger a favoritos de Juan Pablo II, como Marcial Maciel, escondió bajo la alfombra. Impidió avanzar hacia el Vaticano III. Más aún, muchos consideran que regresó la Iglesia a los postulados filosóficos y la teología del Vaticano I.
No todos están de acuerdo con su renuncia. Muchos en la Iglesia consideran que el pontificado es un apostolado que se lleva hasta la muerte. El ex secretario polaco de Juan Pablo II, testigo del implacable sufrimiento del antecesor, la criticó en días pasados con dureza: “(uno) no se baja de la cruz”…
http://jorgecamil.com