Por Luis Felipe Bravo Mena

"Como un relámpago en el cielo sereno ha resonado en esta aula su conmovido mensaje". Así definió, en improvisada respuesta, estupefacto e incrédulo, el decano del colegio cardenalicio Ángelo Sodano la renuncia de Benedicto XVI como obispo de Roma.

Horas después, en la ciudad eterna se desató una tormenta y una centella se descargó en el pararrayos de la cúpula de San Pedro. El espectáculo meteorológico fue captado por un camarógrafo de una agencia noticiosa, quien lo trasmitió al mundo. El relámpago no es solamente un giro retórico ni un simbólico video. Es un hecho histórico con profundas repercusiones en el campo religioso y político.

Giovanni Maria Vian, director de L' Osservatore Romano, órgano oficial de la Santa Sede, y Federico Lombardi, vocero del Vaticano, revelaron que el Pontífice tomó la decisión hace algunos meses, al regresar de las visitas pastorales a México y Cuba. La versión coincide con lo dicho por el hermano del Papa, el también sacerdote Georg Ratzinger, quien declaró a periodistas estar enterado desde hace tiempo. Con esta información se pueden reconstruir los pasos que Benedicto XVI dio previamente para llegar a formalizar dónde, cómo y cuándo habría de hacer del conocimiento público su libre determinación para fijarle fecha y hora de conclusión a su pontificado.

El Papa hizo la visita pastoral a nuestras tierras y a la isla caribeña del 23 al 28 de marzo del 2012. Hizo un plan a 10 meses y escogió un marco eclesial adecuado para anunciarla: la clausura de los trabajos del Consistorio Ordinario, convocado para en febrero del 2013 ante un numeroso grupo de cardenales.

Ni los pasillos de la curia, ni los vaticanistas más avezados descubrieron lo que el Papa se traía entre manos. No supieron descifrar las señales enviadas entre abril pasado y este 11 de febrero. Los ascensos concedidos a elementos de su equipo cercano se interpretaron como blindaje a su entourage y pruebas de confianza después de la crisis de los Vatileaks. Al prefecto de la Casa Pontificia, Michael Harvey, lo eligió cardenal, distinguiéndolo como arcipreste de San Pablo Extramuros, una de las cuatro mayores basílicas de Roma. A su secretario personal, Georg Gnswein, le concedió el palio arzobispal y unió bajo su mando la prefectura y la Secretaría Privada. Sí, era un reforzamiento de sus colaboradores, también un indicio de que el final estaba cerca.

En octubre se cerró el proceso de investigación y deslinde de responsabilidades por el robo y filtración de sus documentos privados. El tribunal Vaticano sentenció a 18 meses de prisión a Paolo Gabriele, el mayordomo infiel. En Navidad Benedicto XVI lo indultó. Fue misericordioso, se reunió con él, lo perdonó y le procuró un nuevo empleo.

En el Vaticano siempre hay andamios y movimiento de albañiles. Por eso nadie se extrañó de que en noviembre comenzaran los trabajos de reestructuración de un convento ubicado en sus jardines. Hoy sabemos que será la residencia de Joseph Ratzinger, obispo dimisionario de Roma.

Las motivaciones de su renuncia son evidentes. Humildemente confiesa que ya no cuenta con el vigor físico para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Rompe una tradición que parecía inamovible y de esta forma abre una nueva época en el milenario devenir del papado. Explica que para cumplir su misión como sucesor de Pedro requiere de fuerza espiritual y física, pero no deja de ser paradójico que al declarar que le falta la segunda con su dimisión exhiba una poderosa capacidad de la primera para revivificar a la institución papal.

Ferruccio de Bortoli, en el Corriere della Sera, expresó que Benedicto XVI está dotado de una "frágil grandeza". Es una descripción exacta de la personalidad de este prestigiado intelectual-teólogo que fue electo sumo pontífice a los 79 años, edad en la que los obispos ya están retirados. Ejerció la cátedra de Pedro siete años, 10 meses y nueve días. Desarrolló un pontificado de gran valía para el mundo posmoderno del tercer milenio: la defensa de la identidad católica, su enseñanza sobre fe y razón, la lucha por la limpieza y transparencia dentro de la Iglesia, su paciente valentía entre vergüenzas ajenas, amarguras y traiciones, hasta culminar con su renuncia, la que, dice este autor, "es un viraje de gran modernidad en la Iglesia equivalente a una reforma conciliar." En efecto; los relámpagos causan sorpresa y temor, pero son antes que nada energía y luz. Benedicto XVI ha sido un gran pontífice.