GUADALUPE LOAEZA

Mi nombre es Adriana. Soy una guerrera. Desde que nací, el 23 de febrero (pesé 2 kilos 380 gramos), no he dejado de luchar, más bien de esforzarme por respirar correctamente y sin ayuda de ningún apoyo externo. Me explico. Todo iba bien, porque el trabajo de parto parecía seguir el camino de la normalidad. Yo misma estaba muy decidida a contribuir a que fuera un parto tranquilo sin sobresaltos. Estaba tan emocionada de salir lo más pronto posible, que sin darme cuenta una parte de la placenta se desprendió antes de tiempo, seguramente la placenta también estaba muy emocionada... Eran las 2:30 a.m. cuando el doctor Diego Meraz Ávila decidió recurrir a una cesárea, es decir, una incisión quirúrgica en el útero, en otras palabras, abrirle la panza a mi madre. “¿Una cesárea?”, exclamé en medio de litros y litros de líquido amniótico y sangre. “¡Están locos! Yo puedo salir solita por abajo, no necesito ninguna ayuda. Yo estoy programada para salir con la ayuda de mi mamá por el túnel. ¿Qué les pasa?”. Además, la autora de mis días estaba con mucha ilusión de verme salir gracias a la fuerza de la naturaleza. No la quería decepcionar. Era algo que habíamos acordado ella y yo, durante semanas y semanas. Mi madre quería vivir la experiencia de un nacimiento natural. Por eso sin conocerla, personalmente, sentía que ya la quería desde la semana 22. Después me enteré, porque se lo escuché decir al doctor en la sala de labor, que se optó por la cesárea porque mi corazoncito estaba exhausto. De hecho, todavía lo está. Hay momentos en que me siento tan cansada. Es que me hicieron muchas cosas: que si me pusieron en mi ombliguito un catéter, que si me administraron oxígeno por la nariz, que si me colocaron bajo una campana de ventilación, que si un humidificador, que si me tomaron varias radiografías, que si me midieron la saturación de oxígeno, y quien sabe cuantas cosas más. Todo esto en mis primeras horas de vida. Que horror, a que mundo tan extraño llegué. La que estaba histérica con todo este procedimiento era mi abuela, por parte de madre. No entendía nada. Nada más lloraba y lloraba y le rezaba a la Virgen de Guadalupe y le prometía mil cosas si su sexta nieta salía adelante. Se sentía perdida. Y yo para mis adentros pensaba: “Bueno, pero por que es tan exagerada esta señora, si estamos en muy buenas manos”. Fue la primera que llegó al cunero y casi rompe el vidrio llamando a las enfermeras. A esas horas de la madrugada el único que estaba por allí era el que barría: “Doctor, doctor, ¿cómo está Adrianita?”, le preguntaba angustiadísima. Yo, que estaba en la parte de la Terapia Intensiva y en el interior de una burbuja de oxígeno, escuchaba sus gritos. Que diferencia con mi abuelastra Claudia. Ella es la más cool de toda la familia, junto con mi tía Constanza. Las dos me caen muy bien, porque ambas estuvieron al pie del cañón desde que a mi mamá la bloquearon en todo el trabajo de parto. Curiosamente y a esa horas, Claudia se comunicaba con mi tía Manuela, desde su skype hasta Oxford porque va a ser mi madrina. Vivan las familias extensivas. Ya caí en la cuenta que la mía es así. Por ejemplo, cuando a mi madre le empezaron las contracciones, el que la llevó a la clínica, fue mi abuelastro (mi hermana de dos años le dice Titi, no sé por qué), ya que mi padre estaba en Valle, en donde vivimos, porque le habían dicho que mi nacimiento sería para el 9 de marzo. La verdad es que “Titi”, que en realidad se llama Enrique Goldbard, es muy lindo. Durante el trayecto hacia la clínica, medía con su reloj cada contracción. “Vienen fuertes, ¿verdad? Ya vamos a llegar”, decía cada cinco minutos. Por suerte no había a esas horas, casi las 10 de la noche, tanto tráfico. Mi abuela, Mamalú, se tuvo que quedar con mi hermana. Mientras las dos veían la tele, la abuela, le explicaba: “Mira, Lu, muy pronto conocerás a tu hermanita. Tú eres la mayor. Eres la hermana grande. Eres la más importante y tendrás que cuidarla mucho”, así le decía como para irla preparando y no se sintiera desplazada. Perdón, pero creo que sí la voy a desplazar un poquito nada más... Por lo pronto, ya la desplacé porque desde que llegué a este mundo raro, no han dejando de hablar de mí: que si me parezco a mi hermana, que si saqué los labios de la abuela paterna, que si mis ojos serán azules, que si voy a ser tan alta como mi padre, que si tengo manos de pianista, que si tengo una frente muy amplia y que si soy igual de cachetona que mi hermana. Bueno, para no hacerles el cuento tan largo, finalmente llegó mi padre de Valle muy inquieto. “¿Cómo está mi hija? ¿Ya está respirando bien? ¿Puedo verla?”, preguntaba al neonatólogo, Pedro Cullen, muy preocupado. Luego llegó mi abuela Adriana, quien a las cuatro de la mañana le había pedido a todas sus monjitas del Lago de Guadalupe que rezaran por mí. Mi abuelo Xavier llegó pálido y muy angustiado por su nieta. Mi tío Diego, quien había llegado a la clínica desde las 3 de la mañana, era el que hacía las preguntas más inteligentes a los doctores. Fue así como pude conocer a la que será mi familia: divertida, diferente, pero sobre todo, extensiva. No me resta más que darle las gracias a las monjitas por sus oraciones, a los médicos por su ciencia, a las enfermeras de la Clínica Santa Teresita por sus cuidados y a mis papás por su inmenso amor.