María Teresa Priego

‘Yo amo a Elba. La amo’
-- Elba
La profesora afirma que es una guerrera, ¿quién podría negarlo? Los hunos fueron guerreros talentosos. Una guerrera que conoce las debilidades de la condición humana, y si tantos, por tanto tiempo, hicieron genuflexiones a su paso, seguro que es una maestra en el arte de explotarlas. No hubo que seguir telarañas de cuentas en paraísos fiscales, allí estaba todo, triangulado, apenas.
Como desde siempre.
Ahora casi nadie habrá cenado con ella, bebido sus vinos, aceptado sus favores. Sola. Justo ella, a la que varios presidentes ungieron como La Imprescindible. La que aprendió a hablar de sí misma en tercera persona. Ese personaje entre Tirano Banderas y una versión ominosa de Scarlett O’Hara.
El saqueo al magisterio pagó sus lujos, su estilo millonario y cursi. El estilo es un código portador de mensajes, esquizoide su temperamento de cacique agreste y totalitaria, y sus trajes de encaje y moñitos. Garras de fuera y zapatos caramelito. La escisión interior, llevada a categoría de abismo, es lo suyo.
Acumular bienes y sembrar males, convenciendo a su entorno: su poder limitaba los males y repartía los bienes. Brillante, esta pragmática descarnada que no para de jurar por sus “ideales”.
Realidades antagónicas que la profesora habitó. El corte.
Parafernalia y abyección. El corte perfecto de la Haute Couture, y el corte que excluye a los disidentes. El corte cool de una chaqueta tweed y la vida cortada del maestro Misael. El corte en un rostro que se re-crea de manera repetida ¿para ser quién? La mujer más amada de todas. Pareciera un profundísimo anhelo de Elba Esther: ser la elegida. La elegida del Presidente, de sus amigos, de los agremiados, de México.
La salvadora de sus “descamisados”, a los que dejó sin camisa. La Scarlett vanidosa, obsesionada con el cuerpo, berrinchuda, chantajista y utilitarista, esperando por un Reth Butler, al que atraería el brillo de su Vuitton, pero que no la amaría por su Vuitton. Ese que cuidaría su corazón tan femenino y sensible, mientras la miraba destripar a sus adversarios. Con cortes de la más baja couture.
“Ni gis, ni pizarrón, en escuelas del siglo XXI”, dijo “sobrepasada” por la cruda realidad, la dueña de la mansión en Coronado, el de la Monroe en Some like it hot. “Elba apenas había cumplido 21 años y ya había vivido toda una vida y una muerte”, Aguirre y Cano, en Doña perpetua. La vida fue cruel con ella, mucho y pronto, quizá allí se abrogó el derecho a encanallarse. Cuando su trabajo en el sindicato se lo permitió, dejó la precaria y dolorosa vida que se le impuso, como a personaje de Dickens, para vivir en Polanco, en la calle de Dickens.
“Entré por el excusado”, sólo Chanel podría lavarle el alma, cuando se paga tan caro por entrar. Hermes versus humillación.
Compulsión por los símbolos de estatus: entre la Elba del desamparo y la de la omnipotencia. Acallar a cachemirazos ¿qué rabias, qué rencores, qué hoyos negros? “Tengo mis debilidades”, dijo como Scarlett. Ese extravío del más elemental sentido de la justicia y la proporción, Ella se lo merece toditito, lo de los demás y lo suyo: viene de abajo, trabajó tres turnos, sirvió mesas.
Ha sufrido. La vida y los demás se la deben, y por lo tanto las reglas están hechas para los otros, no para ella; exclusiva como pashmina de cabra escasa del Himalaya. Tiene que premiar a Elba a la que ama y ama. Resarcirla. Explicarle por qué la tiranía es su merecidísima revancha.
Con Adela: “Nunca voy a olvidar cuando vi al maestro Jonguitud subiendo por las escaleras de Los Pinos derrotado, humillado; y yo ahí, lista para sustituirlo. Me prometí que nunca más nadie haría eso en mi gremio”. ¿Quién la obligó a estar lista para sustituirlo?, ¿el interés supremo del sindicato? ¿Cómo traduce su traición en acto estoico que tuvo que padecer con temple y grandeza de alma? Ella, partícipe y beneficiaria del daño infligido, se estremece ante “la caída del héroe”, y la humillación a su gremio.
Pasmoso rasgo de personalidad que convierte el dato duro más insano, en sacrificada virtud. Cada palabra de supuesta aceptación de la realidad, La Maestra la convierte en una ganancia. La gana en todas, la profesora, en ese brevísimo memorial, de “la flaca”, a su atónito Pigmalión. “I will never be hungry again”, dice Scarlett, acto seguido, está dispuesta a arrollar a quien sea necesario, su rabia cósmica, sus pérdidas la tienen disculpada de antemano.
La profesora está en la cárcel, como personaje de Allan Poe, otra calle en la que tiene una casa. Y dejó de funcionarle su -parecía- eterno: eppure si muove, como dijo Galileo, otra calle en la que tiene otra casa. En la plenitud de la abyección lo logró: la mujer más mirada de México.