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Arnoldo Kraus

Cuestionar la utilidad del conocimiento es tema complejo y necesario. Se argumenta, con razón, que el conocimiento es neutro, es decir, no tiene inclinaciones políticas o sociales. Esa idea se usa como estandarte cuando se cuestiona su utilidad. La bomba atómica y los experimentos de los médicos estadounidenses en la población aborigen de Guatemala no fueron acciones neutras, fueron actos malignos. Ética y justicia, entre otros valores, cuestionan los límites y la utilidad del conocimiento. Un ejemplo para sopesar los platos de la balanza.
La ciencia ha logrado salvar vidas de niños pequeños con enfermedades hematológicas incurables gracias a bebés o niños sanos, cuyas células, al implantarse en el hermano enfermo, después de múltiples y costosos procedimientos médicos, eliminan la enfermedad; por medio de ese procedimiento se evita el sufrimiento del afectado y de los padres. Inmenso logro.
La ciencia cuenta con medicamentos para curar enfermedades como paludismo o tuberculosis. En 2011, la tuberculosis se detectó en 8.7 millones de enfermos, de los cuales fallecieron 1.4 millones; más del 95% de los decesos ocurrieron en países de ingresos bajos; en 2010, 10 millones de niños quedaron huérfanos por la tuberculosis. El incremento y la resistencia del bacilo de la tuberculosis a los tratamientos convencionales, se debe al Sida, enfermedad también controlable cuando se cuenta con dinero suficiente. El paludismo es otra enfermedad infecciosa cuya prevención y tratamiento dependen de la salud del país. Se calcula que cada año mueren, la mayoría en África, dependiendo de la fuente consultada, entre 700 mil y 2 millones de personas, de los cuáles, 75% son niños. Inmensos fracasos.
No existen, desde el punto de vista del conocimiento, conflictos entre el éxito del trasplante de médula ósea para salvar a un hermano y las muertes causadas por enfermedades prevenibles o tratables. El conflicto, imposible de resolver, es de orden moral; sin soslayar algunos avances médicos y sociales, quienes rigen el destino de la humanidad, poco o nada se preocupan por universalizar y democratizar los logros de la medicina. Mientras la pobreza siga imperando y reproduciéndose, y los políticos y banqueros ladrones y corruptos sigan libres, las enfermedades infecciones continuarán devastando y los bienes del conocimiento seguirán acotados. La pobreza daña y en ocasiones destruye a la sociedad vía epidemias o endemias; Sida, tuberculosis o paludismo son ejemplos. La pobreza devasta al individuo y a la familia cuando no se cuentan con los elementos para salir de ella.
Un estudio reciente, Poverty Impedes Cognitive Function, publicado en la revista “Science”, encabezado por la doctora Ananda Mani de la Universidad de Warwick, demostró, por medio de la ciencia, lo que la realidad, con sus instrumentos comprueba día a día: la pobreza equivale a disminuir 13 puntos el coeficiente intelectual o a sufrir las mermas que minan la vida de un alcohólico crónico.
De acuerdo a la investigación, los pobres gastan su energía en la resolución de problemas inmediatos: pagar deudas económicas, disminuir gastos cotidianos y solucionar problemas caseros ocupan buena parte de su energía. Ese esfuerzo les impide educarse, entrenarse para cumplir labores, prepararse para ejercer una paternidad/maternidad con responsabilidad, manejar su tiempo y atender su salud; la suma previa los convierte en personas endebles. “La pobreza en sí misma, escribe Mani, al margen de la mala alimentación, el estrés o la influencia del entorno sociocultural consume recursos mentales del individuo y disminuye sus capacidades cognitivas”.
La enfermedad es una de las razones, quizás la principal, por la cual los individuos con escasos recursos económicos no sólo no consiguen salir de la trampa de la pobreza, sino que la perpetua y agrava. Auto atrapados, en un círculo vicioso, caracterizado por baja movilidad socioeconómica, la enfermedad consume los recursos disponibles y profundiza la pobreza de la familia. No contar con medicina preventiva, no disponer de elementos para atender la salud, y no ingerir medicamentos prescritos, son elementos de la trampa y razones suficientes para explicar la mortalidad por tuberculosis, paludismo y otros males como desnutrición in útero, desnutrición crónica o los decesos infantiles en áreas rurales por diarrea.
Generar conocimiento es necesidad humana. Priorizar sus metas es tema complejo. Para quienes fallecen por hambre —en México cada día mueren 23 personas—, desnutrición o paludismo, ajenos a los frutos del saber profundo, sus prioridades —comer tener agua—, con frecuencia, no van más allá de la supervivencia. El brete es complejo y lamentablemente irresoluble: la brecha generada gracias a las conquistas del conocimiento, de la tecnología y de la medicina, profundiza las diferencias entre ricos y pobres. No es ni amarillismo barato, ni escepticismo infundado, ni Cioran: “Podemos imaginar todo, predecir todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos”: es la realidad.