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Insiste familia en la inocencia del único detenido por el crimen de Luis Donaldo Colosio

Por Laura Sánchez

EL UNIVERSAL

TIJUANA.- A Rubén Aburto ya no le importa gritar. Después de tantos años, el miedo no es igual, dice, pero confiesa que tampoco desaparece; los cinco familiares que lo acompañan prefieren dirigirse cautelosos, en tono discreto.

“Esto es un recordatorio para el Presidente Enrique Peña Nieto para que ya lo dejen libre, porque no hay pruebas en su contra. Todos saben que fue un chivo expiatorio. Indúltelo. Ya fue suficiente, ya acabaron con su vida, la de sus hermanos, la de la familia. ¡No quiero morir sin verlo!”. Las súplicas retumban hoy en un parque de una ciudad californiana cercana al mar, muy lejos de la calle de Mariano Arista de la colonia Lomas Taurinas, en Tijuana, Baja California, donde ocurrió el magnicidio hace casi 20 años.

La ceja rala, la nariz ancha y los ojos almendrados de caída triste dejan al descubierto el parentesco con el hijo, el hermano, el tío: Mario Aburto Martínez. La mirada fija, sin miedo, de don Rubén, sugiere el parecido con “su Mario” en aquella fotografía que le tomaron durante su presentación ante los medios el 25 de marzo de 1994, en el Cefereso 1 ubicado en Almoloya de Juárez, en el Estado de México.

Ese día su hijo Mario fue consignado por los delitos de homicidio calificado con premeditación, alevosía y ventaja contra el candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, perpetrado el 23 de marzo.

Muchos años después, don Rubén y su esposa María Luisa, refugiados en Estados Unidos, recuerdan aquella tarde remota en que su hijo fue acusado de matar al candidato del PRI.

Don Rubén salía de trabajar de una fábrica maderera en Torrance, California, donde laboraba para enviar dinero a su familia en Tijuana. Hambriento, llegó a su pequeño departamento y mientras preparaba la comida prendió la televisión: informaban sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio.

“Se parece a mi hijo, ¡pero no puede ser mi hijo!”, pensó y esa tarde corrió al teléfono y llamó a Rafael, el mayor de la familia: “¡M’ijo, mira que asesinaron al licenciado Colosio y están acusando a mi hijo!”.

En la colonia Buenos Aires, un barrio pobre al este de Tijuana, a María Luisa la noticia le llegó con las manos en el agua; estaba tallando ropa en un fregadero de metal. Eran como las seis de la tarde cuando escuchó los gritos que cambiarían la vida de los Aburto.

“¡Prenda la tele. Fíjese en la televisión. Ahí está saliendo. Es Mario, lo están acusando de que mató a Colosio!”, le dijo una vecina.

“¡No, no, son mentiras, mi hijo está trabajando!”. La madre de Mario Aburto, perpleja, sacó las manos del agua jabonosa y corrió a prender el televisor.

Don Rubén, en Los Ángeles; María Luisa, en Tijuana, simultáneamente veían a su hijo de 23 años en la televisión, golpeado y sangrando. Diez horas antes María Luisa despidió a Mario que tenía cinco semanas trabajando en una maquiladora.

Don Rubén y María Luisa confirman que el Aburto detenido en la calle de Mariano Arista y el de Almoloya son el mismo. Pero eso no lo convierte en el asesino de un candidato presidencial; les parece una tontería cómo un joven de 23 años, común y corriente, podría burlar a la guardia de un candidato.



El exilio

En pocos meses se cumplirán 20 años del encarcelamiento de Aburto, acusado de ser el único responsable de la muerte de Colosio.

A casi dos décadas, Rubén, un hombre cansado, de pelo blanco, que no camina más, asegura que es inocente y merece el indulto. “A Mario fue al primero que me traje; se vino para acá y luego mi hijo Rubén. Entonces se quedó la familia chica en Tijuana y yo les dije a mis hijos: ‘Ya se quedó la familia sola, qué hacemos, necesitamos mandar a alguien para allá’”.

El elegido fue Mario, según don Rubén, por ser el más respetuoso y el que le daba consejos a sus hermanos pequeños. Tampoco tenía ningún vicio. Ahora su padre vive en agonía por ese momento: “Y saber lo que iba a pasar...”.

Su hijo fue detenido instantes después de que Colosio recibió dos disparos, uno en el cráneo y otro en el abdomen, a las 17:12 horas (tiempo del Pacífico) del miércoles 23 de marzo de 1994. Fue detenido y trasladado en una camioneta Suburban azul en la colonia Lomas Taurinas, donde se realizaba un mitin. Recuerdan sus familiares que Mario decía: “¡No fui yo!”.

A las 6:00 de la tarde fue sometido a exámenes médicos. El mismo Aburto afirmó en una de las últimas cartas enviadas a su padre, el 23 de diciembre de 2011, que después lo hicieron declararse culpable. “Por medio de diferentes torturas físicas y psicológicas me hicieron hacerme culpable de un delito que no cometí jamás”.

A partir de ese día, denuncia la familia Aburto, han sido víctimas de violaciones a sus derechos humanos. Dicen que primero autoridades desconocidas violentaron las chapas de su casa, sacaron documentos, fotografías relacionadas con Mario. Todos fueron arrestados unas horas después del asesinato y torturados.

Según documentos del caso, “en la estación de policía, oficiales hombres obligaron a María Luisa y a sus hijas a desnudarse”. Les hicieron levantarse los pechos, tocarse, entre otras cosas. “Órale, hijas de la ching..., modelen para los oficiales”, les gritaron.

A José Luis, de 20 años, agentes de la Procuraduría General de la República (PGR) en Tijuana lo arrestaron, lo subieron a un vehículo y le taparon la cara: “Tú tienes que decir que fue tu hermano y que tú andabas con él —sentenciaban y le ponían una pistola en la boca y una grabadora—. Te voy a echar a un hoyo como a tu hermano”.

La familia Aburto decidió ingresar de forma ilegal a Estados Unidos con lo que traía puesto y solicitar asilo político por la persecución de que fueron víctimas.

“En cuanto quedamos libres, nosotros salimos corriendo. Vimos una barda y nosotros nos brincamos la barda; no sabíamos ni que era para acá. Salimos sólo con lo que traíamos puesto”, dice María Luisa, quien ya no quiere recordar las torturas a las que fueron sometidas ella y sus dos hijas, la más pequeña apenas tenía 10 años.

El fundador del Centro Binacional de los Derechos Humanos, Víctor Clark Alfaro, testigo experto en cortes de Estados Unidos, fue llamado a declarar. Le avisaron que una familia de apellido Aburto había solicitado el asilo político.

El gobierno de aquel país concedió el asilo a todos los integrantes de la familia Aburto. Desde entonces no han visto a Mario. El contacto ha sido esporádico: pocas cartas y una que otra llamada telefónica.



Petición al Presidente

Desde el 19 de abril de 1994, unos días después del asesinato, María Luisa viajó a identificar a su hijo. Ahí lo vio, flaco, “chupado”. “Me senté en un comedor y lo tenían ahí, porque yo quería saber si era mi hijo. Me dijo que él no había sido, que fue de curioso a ver el mitin, ‘pero me tocó mala suerte de que por andar allá viendo, pero yo no fui y bien Dios sabe que yo no fui’”.

Denuncian que se ha negado el acceso al penal, que ha sido mantenido en condiciones físicas limitadas y bajo un régimen de incomunicación, aislamiento, intimidación. Incluso, a Mario, el preso número 502, durante su estancia en Almoloya de Juárez le fueron inyectadas sustancias no identificadas que le han provocado violentos malestares gastrointestinales y náuseas.

Este año, don Rubén y su esposa enviaron una carta al Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez. Exponen que su hijo fue transferido a mediados de 2012 al Cefereso 6, en Huimanguillo, Tabasco. Le piden a la asociación que represente a su hijo con un abogado. “Soy una persona de muy bajos recursos y nunca podría pagar los honorarios de un abogado particular”, escribió Rubén.

“Mario escribió una carta donde directamente les pide que le ayuden con un abogado de oficio de su organización. Estoy seguro que ustedes entenderán las súplicas de un padre que no ha visto a su hijo que fue acusado injustamente”.

En una segunda carta al presidente Peña Nieto, el 9 de abril de 2013, le ruegan que escuche sus súplicas y tenga voluntad política y moral de reabrir y esclarecer el caso para que su hijo sea liberado.

Don Rubén se desvanece. La mirada retadora al comenzar la entrevista y la voz brava, se quiebran al terminarla: “Si ya le quitaron injustamente 20 años a mi hijo, ya se taparon los que fueron, ya que tienen a mi hijo, lo vuelvo a repetir a los ex presidentes que les tocaron vivir, a los procuradores, ya los perdonamos; para qué lo tienen ahí, ya lo queremos ver y tenemos muchísimo temor que nos vayamos a morir sin ver a mi hijo”.

Pese a la distancia, su madre lo recuerda como la última vez que lo vio con un pantalón claro y una camisa morada. Desde hace más de cuatro meses no saben nada.

A Othón Cortés, a quien acusaron de ser el segundo tirador y que quedó libre, el presidente Peña Nieto concedió el indulto en marzo de este año por una deuda con el gobierno, pues a raíz de una demanda contra el Estado, la cual perdió, debía 18 millones de pesos.