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Por Any Cárdenas Rojas
Colaborador / TRIBUNA
Hoy por la noche es Noche Buena, y es una gran noche, pues el Niño Jesús está por nacer. Están María y José, reyes y pastores, ángeles y animales. Recordemos lo sucedido hace dos mil años en Belén de Judá.
Los personajes del pesebre:

LA ESTRELLA

Empieza la historia con esa estrella, una entre millones, que en toda su vida sólo debía hacer una tarea: recorrer el cielo hasta llegar a una aldea de Israel y posarse sobre una cueva. La estrella no sabía por qué debía hacerlo, pero obedeció a Dios y así fue como ella iluminó la noche en que Jesús nació. Hoy todas las familias la recuerdan colocándola en lo alto del Nacimiento y en los árboles de Navidad. Todos tenemos una luz en nuestra persona que debe iluminar el lugar donde estemos. Y que, aunque no lo sepamos todavía, todos tenemos una misión en la vida y debemos esforzarnos por descubrir esa misión que Dios nos asignó desde antes de que naciéramos.



EL ÁNGEL

Podemos imaginar el cielo y la tierra llenos de ángeles, de todos los tipos (como dice la canción). Fue un ángel el que anunció a la Virgen María que era la elegida para ser la Madre de Dios y fueron ángeles los que anunciaron a los pastores que había nacido el Hijo de Dios. Son ángeles los que adoran día y noche a Jesús en el cielo y en los sagrarios de las iglesias. Y es un ángel el que nos cuida a cada uno, día y noche y que nos lleva de su mano a querer a Jesús para ir también con Él un día al cielo. Podemos darle más atención a los ángeles, que son muchísimo más perfectos que los hombres y por eso pueden entender lo que les decimos con la mente y el corazón.



LOS PASTORES

Esos hombres sencillos de corazón fueron los primeros en conocer a Dios hecho hombre y nosotros también lo conoceremos si nuestro corazón es como el de ellos: sencillo y generoso. Por eso, nos quedamos junto al "fuego" del nacimiento y permanecemos junto a la sagrada familia adorando al Niño Jesús.



LOS REYES

Adoran a Jesús porque es el Salvador de judíos y paganos, ricos y pobres, sabios y sencillos y llevan de regalo al Niño los dones más preciosos de oriente: oro, incienso y mirra. Así como el oro es signo de realeza, le decimos al Niño que es Rey que queremos que reine en nuestros hogares y en nuestras vidas. Así como el incienso se eleva al cielo hacia Dios, nosotros pedimos que suban al cielo esas pequeñas obras de amor con que hemos querido preparar el corazón para el nacimiento de Jesús. Queremos ser como el incienso: tener el buen olor de los amigos de Jesús que hace que el lugar donde estemos se llene de esperanza y amor. Y, por último... también dejamos a los pies de Jesús la mirra, que serán los sacrificios, una pena, un dolor.



EL BURRO

No hay nacimiento sin burro. Y no hace otra cosa que estar ahí, mirar y calentar al Niño, adorarlo con su sola presencia. Nosotros a veces somos como el burro: estamos con Jesús y en vez de adorarlo, nos comemos la paja del pesebre. Pero Jesús está contento y lo estará más si vamos a la Misa de Navidad, aunque estemos pensando en los regalos.

Jesús, que es Dios y todo lo sabe, jamás esperaría del burro algo diferente a lo que hace un burro.



EL BUEY

Manso, pero fuerte, el buey adora también a ese pequeño Niño que es Dios, es hombre y es rey. Listo para trabajar y servir. Y nosotros le decimos a Jesús que queremos llevar la carga, trabajar bien y sin quejarnos, ayudar al que está al lado. Nunca el buey, un animal sin ningún título de nobleza como el león, ni de astucia como el zorro, ni de fuerza como el oso, estuvo en un lugar tan importante. Y es que Jesús ve lo que nadie ve. Al final, fue el buey el que calentó al bebé Jesús en esa noche tan helada, permaneciendo a su lado dándole su calor.



SAN JOSÉ

José era un hombre joven, fuerte, muy generoso, limpio de corazón y que cuidó a Jesús y a su madre. Y que así como sufrió al ver nacer al hijo de Dios en una cueva, se alegró mucho al ver a los ángeles y reyes ir a adorarlo. Porque en su vida tuvo muchos dolores y grandes alegrías. Pero su mayor alegría fue estar siempre con Jesús y María. Alegría que también tenemos nosotros cuando estamos con ellos: "Jesús, José y María, estén acompañándonos los tres". Pidamos a San José que cuide a nuestra familia, especialmente a los papás.



LA VIRGEN MARÍA

"Hágase en mi, según tu palabra"... y Dios la coronó reina del universo y madre de los hombres. Es así como esa mujer obediente, abnegada y humilde no sólo es madre de Jesús, sino también madre nuestra. Queremos que siempre esté contenta y le diga a su hijo todo lo bueno que hacemos. Pidámosle a la Santa Madre que interceda por nosotros y que nos dé fuerzas, salud, alegría y paciencia, especialmente a las mamás.

María es madre del amor hermoso, del divino amor, desde que pronunció su "Sí" sin reservas, poniéndose toda entera, en cuerpo y alma a disposición de lo que el Ángel le anunció de parte del Omnipotente. Ella es nuestro modelo a seguir.



EL NIÑO DIOS

Frágil, indefenso, envuelto en pañales está el Creador y el Dios Todopoderoso. Su inmenso amor nos conmueve... y lo besamos... y le cantamos... y le pedimos ser como Él, un niño, para entrar al cielo. Y como si todos fuéramos niños le decimos: "Niño Dios mi vida, tú eres Niño, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón".



¡Alegrémonos todos! ¡Celebremos el amor de Dios! ¡En la profundidad de esta oscura y esperada noche, Dios ha nacido! ¡Dios se ha hecho Niño! ¿Puede hacer algo más Dios por nosotros?. ¡Es el momento que hemos estado esperando!

¡Ha nacido el Salvador! En esta noche, no nace un gran filósofo, político, historiador, líder o científico. Hoy nace, para alegría de los creyentes... "El amor que se hace hombre".

¿Qué tenemos de bueno para que, el Señor, se aproxime de esta manera hasta nosotros? ¿Qué pretende Dios con este descenso humano y divino a la vez?.

¡Que gran regalo! ¡Dios en un pesebre! Y en ese pesebre, en esta noche santa, se iluminan las cuevas más oscuras de la humanidad. En ese establo, el hombre recibe la oportunidad de seguir al Niño que nos limpiará de toda mancha. Hoy, con el nacimiento del Señor, Dios no nos da ninguna fórmula mágica para ser felices. En cada uno de nosotros, en los que estamos aquí y ahora, está la decisión de aceptarlo o rechazarlo; de adorarlo o de buscarnos a nosotros mismos; de llevarle la ofrenda de nuestra existencia o de negarle hasta el más insignificante detalle.

¡Feliz noche, Señor! ¡Bienvenido a esta tierra! Te adoramos y te bendecimos. Creemos que tú eres el hijo de Dios. ¡Eres la salvación que el mundo espera y necesita!.



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