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Por Pbro. Domingo Arteaga C.


¡La Primera Constelación de Mártires!

"La iglesia celebra"

El sacrificio de los Santos Inocentes

"... Después avisados en sueños, de que no volvieran a donde Herodes se encontraba, se retiraron a su País por otro camino... Entonces el cruel Herodes, al ver que había sido burlado por los científicos orientales, se enfureció terriblemente y envió a sus soldados a matar a todos los niños de Belén y de toda la comarca de dos años para abajo, según el tiempo que había averiguado de los científicos orientales (Mt. 11, 12-16). Horrible matazón, decretada por un monstruo lujurioso, mediocre y jactancioso en cuyo cerebro enfermo anidaba el crimen, como único medio de asegurar su trono, al que había llegado por astucia y traición. Desconfiado, pues era odiado por todos sus súbditos, por causa de su trayectoria, llena de crímenes y de intriga. Cobarde, que se estremece de miedo, ante el anuncio, del nacimiento de un niño inofensivo, que piensa es un competidor en coronas de papel. Turbado por tan extraña nueva, aquel viejo déspota, se pregunta si podrá luchar, con ventaja contra el recién nacido.
Supersticioso y crédulo como todo politeísta, leía en presagios y vaticinios astronómicos, dicha o desventura; así pues su turbación, por la aparición de aquel prodigioso fenómeno astral, en el que los científicos habían leído el nacimiento de un nuevo rey, era muy explicable. Sus ojos de rojez repulsiva, se llenaron de astuto brillo y convocó a sesión extraordinaria al gran consejo eclesiástico de la nación, en donde había cultivadores e interpretes de las escrituras. Al momento dieron respuesta clara y breve. "En Belén de Judá" llama a los magos en secreto, y les suplica que con diligencia fueran a procurar aquel tierno niño y tan luego lo encuentren hagan el favor de comunicárselo, para que él también dirija sus pasos a rendirle homenaje de adoración. Pero aquellos científico venidos de más allá del Jordán, no volvieron. Herodes tomó aquello, como un insulto y traición, para despojarlo de aquel trono que tanta sangre le había costado. Una terrible sospecha anidó en aquel envejecido cerebro criminal. Ciego de cólera y rabia, el zorro se volvió lobo; obsesionado por conservar su título, mandó a los verdugos, que galoparan en loca persecución a degollar sin compasión, a los niños menores de tres años.
Herodes "El Grande" es la primera autoridad civil que se declara perseguidora de Cristo. Es el prototipo del tirano dictador, que tras la grandeza exterior, oculta mezquindad y desconfianza. Político cínico, que alimenta la esperanza de ahogar en sangre, como ya lo había hecho en otras ocasiones, a posible rival, en aquel recién nacido. El número exacto de inocentes sacrificados, se desconoce, para poder apreciar sus proporciones, pero eso no importa para lo espantoso del crimen.
Segó como el torbellino a las nacientes rosas; a vidas en botón, que no tenían otro crimen, que el ser parecidas en edad, a aquel pequeño tan temido por aquel criminal rey. Inocentes que de hecho ofrecieron su sangre para salvar, al que más tarde la ofrecería por todos los hombres, sin excluir a sus perseguidores y verdugos. Fueron el primer eslabón de una larga cadena de mártires que voluntariosos ofrecían sus cuerpos para ser asados, descuartizados o pasto de fieras por el Divino Resucitado.
La iglesia católica celebra y venera hoy la memoria de estas primicias de mártires. Muchos la recuerdan, haciéndose bromas recíprocas. Pero muy pocos hacen una pequeña reflexión sobre el suceso histórico que es aleccionador. La escena evangélica nos habla de una tragedia que sucedió, hace más de veinte siglos. Pero la historia humana levanta su voz para gritar que ese drama se ha repetido y se está repitiendo. El egoísmo anida en el corazón de hombre. La injusticia prolifera en todas las estructuras humanas, y la inmensa mayoría de la humanidad sufre por causa de una minoría que se sabe aprovechar. ¡Cuantos inocentes mueren asesinados por los que han soñado el amor como placer y practican el aborto! ¡cuántos sufren, por ese loco delirio bélico de los que están sentados maquinando maquiavélicamente o elaborando armas para destruir ciudades enteras habitadas por muchos inocentes. ¡Como sufren inocentes a causa de esos enfermos patológicos, que no caen en la cuenta que la guerra no es el medio más indicado para obtener paz y justicia! ¡Cuántos inocentes hay en esas masas miserables que están abandonadas, frustradas, explotadas injustamente que no ven el trabajo, un medio de asegurar su dignidad humana, sino un medio de opresión y envilecimiento de su persona que hay que soportar, para poder subsistir. Por más que tengamos la vista como los topos, no dejaremos de ver multitud de inocentes que sufren, no por el amor creador de Dios, sino por el mal uso de la libertad humana y del egoísmo!
Urge que veamos el rostro de Cristo sufriente y crucificado, reflejado en la inmensa mayoría de hermanos; desempleados, migrantes, marginados por distintas causas. En los niños de la calle y sin escuela; en los ancianos abandonados y enfermos; en todas esas parcelas sociales, que son un terreno en donde ha nacido el zacate del mal y ha sofocado el desarrollo del amor fraternal evangélico, que es el principio de transformación de la sociedad.
Con ocasión de este acontecimiento luctuoso, en el que la liturgia católica recuerda y celebra a las primicias de la inmolación redentora; al tierno rebaño de inocentes victimas, ejecutados con brutalidad y crueldad; que salvaron al Divino Infante, y reposaba tranquilo en los brazos de su Santísima Madre María. Reflexionemos que la caridad evangélica, nos pide no matar, sino ayudar a vivir a todos pero en especial a los más necesitados. En la actualidad en lugar del amor verdadero, reina el Herodes del engaño, del placer, del egoísmo individual y colectivo; la vagancia y delincuencia. Se debe reflexionar que un mundo, una sociedad sin Dios, son un mundo y una sociedad sin alma, sin amor y por lo mismo sin vida. Y se mata a muchos inocentes.
El mundo está poblado de adelantados científicos y técnicos, pero se ha convertido en un desierto de amor fraternal cristiano. Estos adelantos científicos, no son la solución, para el bienestar de la humanidad.
La solución verdadera es el mandamiento divino del amor, dado por el Maestro Divino, que debe encender y quemar a la vida humana personal con el deber de reflejarse en la vida social.
Durante su estancia en el mundo temporal Cristo habló de la caridad con mucha insistencia, porque es la piedra de toque y la llave de oro para solucionar los graves problemas que viven dentro de la humanidad, porque busca el bien de los demás, sin hacerle daño.
Es el dinamismo de bien común. Como miembros de la sociedad debemos trabajar junto con las autoridades civiles y eclesiásticas por el bienestar y la paz social, que deben estar animados por el amor caridad; que debe de estar bien educada y orientada, que empieza por uno mismo, pero debe terminar por la búsqueda del bien de los demás. ¡Qué hermoso sería vivir así! Y no matando a los demás como el viejo tirano rey Herodes impío y supersticioso, que con cerebro diabólico elaboró la decisión asesina de los infantes primeros mártires cristianos que la comunidad eclesial hoy recordamos. Narra la historia que el tirano herodes tuvo el fin que correspondía a su vida sembrada de muertes injustas y vio su cuerpo corrompido y saturado de ulceras de insportable hedor, hasta que la muerte lo abrazó. Esta fecha, no es para hacer bromas, sino para hacer una seria reflexión y no convertirnos en Herodes, que de alguna u otra forma hagamos daño a los demás. Hagamos del amor caridad nuestra vida y trabajemos porque haya justicia y paz en la sociedad. ¡Arriba y adelante!