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Estamos dispuestos a vivir según lo que Él nos envía: alegrías, penas, sufrimiento, etc.


Por Any Cárdenas Rojas
Colaborador / TRIBUNA
Con seguridad, alguna o varias veces le hemos dicho a alguien: "Lo que se te ofrezca". Esto para quedar bien, por compromiso ó porque de verdad queremos ayudarle. Ése: "lo que se te ofrezca" si lo aplicamos de verdad, es algo que debemos hacer por el bien del que nos lo pide, y al decir por "el bien" es realmente por su bien, y por el nuestro también. Es decir, en ocasiones "lo que se nos ofrezca" no es apegado a lo que Dios manda. Porque si estamos hablando de que se nos ofrece quitar "de en medio" a alguien para que no moleste, de la manera que sea pues no sería algo que Dios aprueba. Para ejemplos muchos, y esos "amigos" que hacen lo que se nos ofrece, pues en realidad no son amigos, ya que un amigo no haría nada que nos perjudicaría emocional, física o espiritualmente ahora o después. Debemos tener cuidado en los "favores" que hacemos o que pedimos, en aquello que "se nos ofrezca".

Ahora bien, si a alguien debemos decirle "Lo que se te ofrezca" es a Dios. Porque cada verdadero seguidor de Cristo decimos que queremos y aceptamos la voluntad de Dios. Que estamos dispuestos a vivir según lo que Él nos envía: alegrías, penas, sufrimiento, etc.

La voluntad de Dios es un asunto importante para todos aquellos que decimos amar al Señor. Y existe mucha diferencia entre someterse a la voluntad de Dios y aceptar su voluntad. A declararle: "Señor, lo que se te ofrezca".

Sin embargo, el triste hecho es que muy pocos cristianos hacemos lo que Dios quiere. Quizá pensamos que lo que hacemos esta bien y Dios se hace "de la vista gorda", quizá pensemos que aunque hacemos lo contrario de lo que la Iglesia aconseja o pide, ésta debería "actualizarse". Es bien sabido que aún haciendo lo contrario a las enseñanzas establecidas por Dios, buscamos justificarnos.

Ahora, por otra parte, quizás sea también que pensemos que lo que Dios quiere nos ha pasado por alto. Que conociendo poco o nada de espiritualidad, pues no sabemos a ciencia cierta que es lo que el Señor nos pide, quizá pensemos que nuestra vida es una casualidad, sin forma ni orden, que tendríamos que hacer lo que en el momento nos hace feliz, nos haga sentir satisfechos, sin pensar en que después de todo... un cielo o un infierno nos estén esperando.

Si de algo podemos estar seguros es que el Creador tiene un plan absoluto y perfecto para cada uno de sus hijos. Él no deja ninguna vida a la casualidad. De hecho, desea ordenar cada uno de nuestros pasos los días que estemos aquí en la tierra.

Él quiere que entremos a ese plan desde hoy.

Mientras nos esforzamos por ver a Dios a través de un telescopio, Dios nos ve en todo detalle microscópico desde el principio hasta el fin, desde la concepción hasta la tumba. Dios es quien lleva el timón de su creación... No el destino, no la suerte, no la ciencia, no alguna fuerza de la naturaleza, sino solamente el Señor está en total control del curso de nuestra vida.

Ahora si es a Él, que le decimos "Señor, lo que se te ofrezca" (en todo lo que implica); esto, también, es un misterio, pues habrían cosas que no fueran lo que nosotros quisiéramos: ¿Cómo podrían las manos de un Dios amoroso trazar un camino que incluye dolor y sufrimiento? ¡Es incomprensible!. Pero, si no fuera así, Dios no sería Dios. Sería simplemente un monarca benévolo, temeroso de que una tragedia pudiera echar a perder su plan para nuestro placer y comodidad. Pero no es así, Dios es verdadero Dios, Soberano y abarca todo lo que acontece.

Nosotros los seres humanos nos realizamos de verdad cuando somos obedientes, cuando nos mantenemos "a raya" del Plan de Dios. Cuando decimos y aceptamos lo que a Dios se le ofrezca de cada uno. Y es en la vida cotidiana, ya sea en las actividades sencillas o en las más extraordinarias, donde debemos estar dispuestos a hacer lo que Dios necesite de nosotros. La voluntad de Dios no es solamente para santos sino para todos sus hijos. Podemos testificar años tras años: "¡Estoy aquí para hacer la voluntad de Dios, para obedecer, para estar dispuesto a lo que a Él se le ofrezca de mi!" Pero al primer encontronazo que tengamos, nos doblegamos.

Al final tenemos tres opciones: Podemos correr, podemos no hacer nada y seguir el camino de la voluntad propia o podemos hacerlo a la manera de Dios. ¡La decisión es nuestra!.

No estamos obligados a hacer lo que Dios quiere de nosotros, es más, no estamos obligados a creer en Dios, ya que Él nos ha dado el poder de decisión de aceptarlo o rechazarlo. Lo importante es que si aceptamos al Señor soberano, al Padre bueno, logremos asimilar bien el grado de compromiso que estamos adquiriendo y tenerlo presente en tiempos de abundancia y felicidad y más aun en tiempo de sufrimientos y desgracias.

Nosotros mismos somos responsables de los actos que hacemos, del sentido de nuestra existencia y cumplir con los compromisos día a día. Como guía tenemos Los mandamientos, las enseñanzas del Sermón de la montaña, las enseñanzas de la iglesia, con los cuales podemos medir lo que hacemos y dejamos. Cristo, nuestro Redentor, nuestro consejero y ayudante interno está siempre presente. Él siempre está dispuesto.

No nos dejemos deslumbrar por las cosas del mundo, por lo que pasa, no nos aferremos a cosas temporales, sin importar lo llamativas que se nos presenten.

Hay que afianzarnos a lo que Dios quiera de nosotros, buscarlo siempre. Él nos dará las herramientas para cumplir y en el proceso llenará nuestros deseos más profundos.

Dios es el alfarero y nosotros somos el barro. Él es el Creador y definitivamente nosotros somos "los creados".

¡Pero hemos sido creados con un gran propósito! Hemos sido creados para glorificarlo. Sería bueno quedarnos junto a Él, dándole honor y gloria y sin temor digámosle de corazón: "Señor... yo hago... lo que a ti se te ofrezca".



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