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En un segundo habitantes de comunidades de Tabasco quedaron sin nada, al llevarse el agua todo su patrimonio

Por Alberto Morales y Roberto Barboza

EL UNIVERSAL

CENTLA.- La comunidad de Villa Ignacio Allende es la primera en irse al agua y --dicen sus pobladores-- los últimos en recibir ayuda humanitaria.

Yesenia de la Cruz asegura que a ellos, el 23 y el 24 de diciembre pasado les pegó un tornado con fuertes vientos y granizo. La fuerza del viento arrancó de raíz un árbol de mango que cayó sobre su casa, destruyó la pared y se llevó el techo de lámina.

“Primero empezó el agua normal, luego el viento; ahí fue cuando el mango se cayó encima de la casa. Cayeron los granizos. No dio tiempo de levantar nada. Gracias a Dios no nos pasó nada”, dice la señora acariciando su vientre; está embarazada.

En lo que fue la sala de su casa puso una mesa de madera donde hay arroz y frijol. Limpió su licuadora. Comenta que con ayuda de sus vecinos sacó su ropa para que le diera el sol, una lavadora. Perdió los colchones y su estéreo. “Es triste perderlo todo en un ratito. Nosotros (ella y su esposo) apenas vamos empezando: tenemos dos años de casados, una hija y otro que viene en camino”, narra.

Conforme se adentra en esta comunidad, la tragedia cobra un nuevo rostro. La desesperación y la impotencia de ver cómo su patrimonio quedaba bajo el agua hizo que los vecinos cortaran la carretera, con ayuda de picos, para que saliera el agua. Pero fue insuficiente, ahora no sólo están anegados sino también con los caminos destruidos. El panteón también quedó cubierto por agua.

En Centla, el agua tarda más tiempo en bajar porque ahí desembocan los tres ríos más importantes de Tabasco: Carrizal, Grijalva y Usumacinta.

Además, esta comunidad se ubica a 15 kilómetros del mar, por lo que en temporada de lluvias la marea sube más y provoca que el agua de los ríos no salga.

“Eso fue un tornado que dejó en desgracia a toda la comunidad. ¡Fue tremendo! No lo esperábamos”, asegura Ángel Rodríguez, coordinador de las delegaciones de Villas de Allende.

El hombre afirma que en 2007 la gran inundación que afectó al Estado no la resintió tanto como la semana pasada, cuando por tres días hubo lluvias intensas con vientos que arrancaron los techos de las casas e incluso enchuecaron postes de luz.

“Por eso estamos solicitando la ayuda de la Federación, del Presidente Peña Nieto, del gobernador de Tabasco. Necesitamos agua potable, leche, cobertores, comida para la gente de los albergues y colchonetas”.

En el camino, don Ángel es encargado por varios vecinos que, molestos por la falta de apoyo, le exigen una despensa y reclaman la ausencia de las autoridades.

“Ya ve, la gente no se quiere salir por el pillaje y el temor que les quiten las pocas cosas que les quedan”, asegura.

En la ranchería Miguel Hidalgo, que forma parte de la comunidad de Villa Allende, hay un retén improvisado. Un par de jóvenes sostienen un lazo y piden cooperación, porque no tiene trabajo debido a que los campos están llenos de lodo.

Ahí, a unos metros, la señora Nicolasa May y sus vecinas armaron con palos y hules una choca al pie de la carretera, donde tienen su cocina y duermen sobre el asfalto, pues su casa se les fue al agua.

“Ahí, sobre la carretera, tendemos una sábana y ya”, dice la señora May, quien sabe del peligro que por las noches salga una culebra o tarántula. “Qué más hay que hacer. Esto es lo que hay”.

Desde Navidad, Carmen Castellanos, su esposo y tres hijos duermen en el piso de la Escuela General Emiliano Zapata. Sólo tienden un cartón como cama. Con las lluvias perdieron todo.