Disfrute de la historia de esta herencia española que prevalece en el País


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AGENCIA REFORMA
CD. DE MÉXICO.- Cuando el recién estrenado calendario apunta al seis de enero, una vieja tradición vuelve a ser motivo de festejo entre las familias mexicanas.

Las mesas encuadran grandes óvalos de masa dulce en forma de rosca, pan adornado con higos, membrillo, cerezas y acitrón que imprimen tonalidades verdes y rojas; sin que falten los humeantes acompañamientos a base de chocolate de tablilla, champurrados, ponches o atoles.

Como otras tradiciones, el festejo del Día de Reyes tiene su origen en la Conquista, cuando los españoles impusieron las fiestas cristianas que se instalaron en la idiosincrasia de los locales, dando como resultado un mestizaje ideológico en las costumbres y fiestas.

Éstas han adoptado diferentes matices en cada Estado o región, y en aquellas ciudades donde abundaron las familias españolas se conservan con mayor fuerza.

"El Día de Reyes es una de las primeras celebraciones autosacramentales; la leyenda se hizo popular gracias a las farsas o comedias realizadas durante la Navidad, donde se representaban escenas bíblicas como la de los sabios de Oriente que llegaron a adorar al niño Jesús.

"Cuando arribaron los jesuitas en 1572, estas pastorelas se empiezan a interpretar en lenguas indígenas, ocasionando una mayor comprensión y aceptación entre la gente; ya en el Virreinato se hacen populares las procesiones de los reyes, inspiradas en las cabalgatas españolas.

Para el siglo 18 se tiene registro de la rosca que, por su forma redonda, simboliza la corona de los reyes, mientras que las frutas son las joyas de la misma; por otro lado, los muñecos que se insertan hacen referencia a cuando Jesús tuvo que esconderse del Rey Herodes", explica el investigador Edmundo Escamilla, y agrega que en México es muy importante el muñequito porque quien lo saca será el padrino del Niño Jesús el Día de la Candelaria.

Otras versiones cuentan que la forma redonda hace referencia a los aros del planeta Saturno, un dios adorado durante las fiestas romanas, y en términos más prácticos, el círculo facilita que se coloque al centro de la mesa y que todos los comensales alcancen su porción.

Conforme la tradición se fue arraigando, las roscas tuvieron que aumentar su tamaño, pues el número de comensales iba creciendo, y fue así como tomó su actual forma ovalada.

En las primeras roscas el monito no era de plástico sino de porcelana, incluso, era representado con un confite de acitrón -carne de biznaga convertida en dulce-, pero por ser éstos comestibles resultaba fácil hacer trampa y tragarse el dulce para evitar la tamaliza del 2 de febrero, así que previendo dichas evasiones se sustituyó por un monito imposible de esconder.

Sacar el mono también auguraba la buena fortuna, es por esto que quien lo encontraba tenía que compartir su abundancia con los demás.

"En muchas ocasiones las tradiciones españolas y las del mundo prehispánico se empalmaban y adaptaban al gusto y entender de la gente, logrando un interesante sincretismo", agrega Escamilla.