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Por Federico Osorio Altúzar


Ariel Sharon, "El Rey de Israel": Shalom

Volvió Ariel Sharon a la heredad en donde reposan, rodeados de eterna paz y silencio, los líderes milenarios que al igual que Moisés y Josué, David y Salomón, condujeron, defendieron y gobernaron al Israel ancestral, al pueblo de la Biblia. Reconocido con el sobrenombre de EriK (en hebreo "el Rey de Israel"), su verdadero nombre vibra y resplandece en el corazón de los descendientes de Abraham junto con el de los de Beguin, Golda Meier, Shimon Peres y tantos más que hicieron posible el intrépido sueño de Theodoro Herzel.
Fue denodado combatiente en la Guerra de Independencia frente a los ejércitos británicos y árabes, en la campaña del Sinaí, en la Guerra de los Seis Días; asimismo encabezó la defensa de su Patria en el asalto sorpresivo de la Guerra de Yom Kippur y tuvo polémica actuación en la confrontación con el Líbano, siendo Ministro de Defensa, y a causa de la masacre de Sabra y de Chatila.
Era visto, aclamado y ponderado como el pulso firme, la voluntad indoblegable de Israel frente a los embates del terrorismo abanderado por los grupos radicales nacionalistas liderados por Yasser Arafat. Así como los seguidores de éste lo estimaban como el estandarte de su causa y veían en Sharon la representación misma de las fuerzas del mal, Sharon fue el nuevo David y el símbolo de la salvación de su pueblo, el estratega moderno que hacía triunfar a Israel de todas las atrocidades de quienes querían, literalmente, "echarlos al mar".
Tuvo enemigos dentro y fuera de Israel, habrá que reconocerlo. Políticamente era considerado propulsor de ideas conservadoras, de una derecha que en el parlamento lo hacía argumentar con premisas tendentes a la defensa activa de Israel frente a sus agresores.
Provenía de una lucha sin cuartel en donde el pacifismo tenía connotaciones muy opuestas a las esgrimidas por quienes no habían tenido participación directa en el nacimiento de Israel como Estado. A él le correspondió desempeñar un papel estratégico en las batallas del Canal de Suez, sufrir las penurias de la tregua a la sombra de las resoluciones de la ONU, las conocidas como acuerdos 242. Tuvo que ver con el alto al fuego en los umbrales del cese de hostilidades al final de la guerra de Yom Kippur.
Ariel Sharon era ministro de Agricultura cuando el presidente Muhammed Anwar Sadat llegó a Jerusalén en noviembre de 1977, después de más de tres décadas de tensiones.
En su inigualada biografía "Beguin. Perfil Humano y Política", el desaparecido periodista, amigo nuestro muy querido, Ariel Roffe, escribió con aquel histórico motivo: "Los ojos del mundo se dirigieron a la puerta del Boeing cuando se abrió y la escalera de la Compañía área israelí El Al fue acercada a ella. El jefe de protocolo israelí entró al avión, pero nadie salía. Al cabo de unos instantes que parecieron horas, empezaron a asomar del avión decenas de agentes de seguridad, fotógrafos y reporteros que al tocar tierra rodearon el acceso a la escalerilla, casi bloqueando su paso".
Atrás quedaba toda una larga e intensa pesadilla y ante Judíos y árabes, vislumbraba la tierra promisoria de la paz y el entendimiento. Pero la Canaán anhelada distaba mucho de estar al alcance de unos y otros. Los Acuerdos de Camp David serían letra vulnerada por las inconsecuencias y agresiones del terrorismo liderado por Arafat, dejando nuevas huellas sangrantes aún abiertas.
A Sharon no le tocó enterarse de las últimas peripecias adversas a la paz anhelada. Como un moderno Moisés le fue concedido sólo mirar a la distancia las brisas del Jordán y las estribaciones de las colinas de Belén y Jerusalén envueltas en paz y armonía, entre árabes e israelitas.
Descansaba en paz y quietud desde hace casi una década, en estado de coma. Hoy vuelve al polvo de la quietud eterna.
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