Arnoldo Kraus

La semana pasada los medios de comunicación informaron sobre dos hechos médicos trascendentales. Ambos atañen a la opinión pública e invitan a replantear algunas cuestiones médicas. Los éxitos de la tecnología médica, así como los dilemas, preguntas y errores provocados por su mal uso y por sus excesos deben sopesarse.
Las bonanzas derivadas por la sabiduría son bienvenidas; halagos y admiración merecen los investigadores dedicados a ese quehacer. De las bonanzas económicas, los beneficiarios no requieren opiniones, bastan los estados bancarios. El uso inadecuado y pertinaz de la tecnología médica requiere juicios públicos y médicos. Confío más en la opinión pública. Ariel Sharon, sus familiares y algunos médicos israelíes son los protagonistas del primer suceso. Marlise Muñoz, sus familiares y algunos médicos tejanos son los actores del segundo.
Ariel Sharon, alabado y denostado, permaneció en coma durante ocho años, aproximadamente 3 mil días. Tres mil días, con números, o con letras, son muchos días. Permanecer en estado vegetativo, no por voluntad propia, como supongo debió ser el caso de un hombre tenaz como Sharon, es absurdo y grosero.
El ex primer ministro de Israel fue uno de los responsables de la segunda Intifada pero no del larguísimo y absurdo periplo que lo mantuvo en coma durante ocho años. Cuando no hay un testamento vital donde se defina si el afectado desea proseguir perviviendo en estado de coma, la decisión de apoyar o no a un cuerpo sin vida cerebral, y de proseguir atendiendo a una persona que ha dejado de serlo, por su incapacidad para relacionarse, corresponde a médicos y familiares.
Hasta donde sé, no existen, en ningún País, reglas que determinen cuanto tiempo puede mantenerse “conectado” a un paciente en coma, del cual se sabe, muchas veces con certeza absoluta, que no se recuperará y que fallecerá independientemente del esfuerzo terapéutico. Debido al avance tecnológico, cuerpos en estado vegetativo, pueden, como fue el caso de Sharon, pervivir tres mil o más días.
Afloran muchas inquietudes vinculadas con la ética médica. La primera es el sentido o sinsentido de mantener indefinidamente viva a una persona. Los gastos, inimaginables, se decantan por el sinsentido de ese quehacer médico y se tornan más absurdos cuando deficiencias económicas enferman y matan a decenas de miles de infantes por carecer de insumos. La segunda es la conciencia de los médicos implicados: ¿deben o no proseguir el tratamiento de una persona en coma por tiempo indefinido? La tercera atañe a los comités de ética hospitalarios: es necesario definir, a pesar de las dificultades implícitas, cuánto es el tiempo máximo que se debe apoyar a una persona en estado vegetativo. La cuarta corresponde a la familia; sus conceptos sobre dignidad, autonomía y persona son fundamentales. Las ideas previas son universales. No deberían, aunque la realidad es otra, ligarse al apellido de la persona en estado de coma.
El caso de Marlise Muñoz, enfermera estadounidense de 33 años, radicada en Texas, expone otros absurdos del ejercicio médico. A Muñoz se le diagnosticó muerte cerebral en noviembre del 2013. Ella y su marido habían acordado, que en caso de ser víctima de enfermedades mortales, se les permitiese fallecer. Los médicos del hospital se han negado a retirarle el apoyo debido a que Muñoz ésta embarazada. Cuando se diagnóstico muerte cerebral el feto tenía, aproximadamente, 14 semanas.
Al igual que en el caso Sharon, son muchas las cuestiones éticas. Primera. Se ha violado la autonomía de la enferma, sustentada por ella cuando sana, y confirmada por esposo y familia; en Estados Unidos, en 1991, se aprobó la Ley de Autodeterminación del Paciente, la cual permite contar con un testamento vital. En Texas, el testamento vital se invalida si la madre está embarazada. Segunda. No se sabe si el feto sufrió algún daño, sobre todo cerebral, durante la probable embolia pulmonar causante de la muerte cerebral de la progenitora. Tercera. El embarazo no es razón suficiente para mantener “con vida” a la afectada. Cuarta. En la mayoría de las legislaciones, muerte cerebral equivale a muerte legal. Quinta. A pesar de no conocerse el estado de salud del feto, se le ha dado prioridad sobre la madre; “se usa un cuerpo sin vida para incubar un feto”, comentó el doctor Thomas Mayo, experto en bioética.
Los casos Sharon y Muñoz ejemplifican problemas humanos. La medicina contemporánea, maravilla y arredra. Prolonga y mejora la calidad de vida; atenaza y subsume cuando el poder autoritario médico es sordo. Situaciones como las expuestas deben modificarse. La opinión pública debe orillar a médicos y a abogados a cambiar sus conductas.