Gabriel Guerra Castellanos

La participación del Presidente Enrique Peña en la Cumbre latinoamericana y caribeña celebrada en La Habana, Cuba, y su posterior visita oficial, de unas cuantas horas, a ese país, ha generado reacciones airadas en muchos comentaristas, opinadores y políticos conservadores mexicanos. Muchos usuarios de redes sociales han encontrado suficientes motivos como para indignarse (y desahogarse) en esos foros.
Las críticas giran en torno a las supuesta convalidación o legitimación que la presencia del presidente mexicano aportaría al régimen cubano; a la falta de democracia y libertades y la represión a los disidentes en la isla; al saludo al ex presidente Fidel Castro, hecho que al parecer es el que más ha alterado a muchos.
Una vez pasadas tanto la Cumbre como la visita oficial de EPN, sigo pensando que la decisión del gobierno mexicano de buscar una buena relación con su vecino (marítimo) al oriente hace mucho sentido.
Sin embargo, no hay análisis de la cosa cubana que pueda olvidarse de las profundas emociones que la situación de la isla provoca. Desde la admiración eterna que muchos sienten por una revolución que hace mucho dejó de serlo, el respeto o envidia que a muchos provoca la manera en que el régimen cubano ha resistido y enfrentado las presiones estadounidenses, o el odio y desprecio por las violaciones a los derechos humanos, pasando por la comprensible tristeza y amargura de los cubanos en el exilio, es difícil encontrar términos medios en las opiniones acerca de los hermanos Castro y su régimen.
Entiendo las reacciones de quienes se sienten indignados por la falta de libertades o las carencias materiales de los cubanos. Respeto y admiro a activistas que, como Yoani Sánchez, hallan siempre la manera de que el resto del mundo se entere de lo que el gobierno cubano no quiere dejar que se sepa. Comprendo, aunque no comparto, las criticas que surgen de la postura partidista de algunos que, siendo oposición en México, hacen de la política exterior una oportunidad para anotarse puntos o restárselos al gobierno. Y respeto también a quienes tienen una postura y creencias que les llevan a descalificar cualquier cosa que tenga que ver con el régimen cubano.
Hay otros, los menos, pero hacen ruido, que tienen intereses específicos y muy prácticos para oponerse a que México se trate de llevar bien con Cuba. Me desagrada que disfracen sus verdaderas razones para envolverse en la bandera de la democracia universal como si promoverla debiera ser la misión del gobierno mexicano. Pero en fin, cada quien su agenda.
Después de la Cumbre del CELAC queda claro que el gobierno cubano no necesita la convalidación mexicana. La capacidad de convocatoria y habilidades diplomáticas de La Habana ponen en evidencia que prácticamente todos en el hemisferio, de México para abajo, quieren jugar con los Castro. Quedó también claro el malestar estadounidense y el mínimo eco que encontró en la región. Esta Cumbre, en Cuba, fue un clavo más en el ataúd de la desacreditada y artrítica OEA.
¿Qué razón podría haber tenido nuestro país para auto excluirse de esta reunión en la que —salvo Panamá— todos estuvieron presentes? ¿A quién podría convenir que el presidente mexicano no se reuniera con Fidel o no llevara a cabo una visita de Estado? ¿Cuántos disidentes cubanos hubieran sido puestos en libertad con una actitud caprichosa de México? Y, por el contrario, ¿cuántos empresarios mexicanos no ven con interés y envidia cómo los canadienses, los españoles, los brasileños, cierran negocios e invierten en la isla?
Quienes entienden de estas cosas saben que un gobierno como el que hoy tiene Cuba reacciona mucho mejor ante el diálogo y la conciliación que ante el bloqueo y la cerrazón. Es mucho más lo que México puede aportar al proceso de cambios y apertura en la isla teniendo una relación sólida con La Habana. Y quien no lo crea, vea lo que ha logrado el bloqueo estadounidense: afianzar y justificar las políticas represivas y regresivas del pasado.
Qué inocencia, o qué mala fe, la de quienes quisieran ver a México emulando políticas fallidas y vergonzosas que solo han lastimado al pueblo cubano.