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Mauricio Meschoulam

Decir que Venezuela se encuentra profundamente polarizada parece ya lugar común. Cuando explota la calle como sucedió esta semana, de antemano se sabe que una parte de la población culpará de los sucesos al Gobierno, mientras que el Gobierno culpará de los hechos a una conspiración en la que actores externos se alían con actores locales para destruir al País y apropiarse de sus riquezas. A veces, esa polarización incluso rebasa las fronteras venezolanas y traslada la misma polémica hacia otros sitios. Sin embargo, si somos un poco más minuciosos en el análisis, podemos observar que a pesar de las fortalezas de su mandato, que no deben ser eliminadas de la discusión, Chávez estaba ya antes de morir, inmerso en una tendencia de pérdida de respaldo de la ciudadanía. Tras su fallecimiento, esa tendencia continúa, ahora con sus herederos, impacta las elecciones del 2013, y se sigue profundizando. El descontento en la calle es real, tanto por factores políticos y sociales, como por factores económicos.
Primero contrastemos estos datos, siempre asumiendo la confiabilidad de las instituciones electorales de Venezuela. En 2006 Chávez derrota a Manuel Rosales por una diferencia de 26 puntos. Seis años después, en 2012, Chávez derrota a Capriles por 10 puntos, aún un margen muy amplio, pero bastante inferior. Ya sin Chávez, Maduro derrota a Capriles, pero sólo por 1.6%. Se podría argumentar que la razón de este último resultado electoral tiene que ver con la ausencia del gran líder y su carisma. Posiblemente eso haya influido en parte, pero hay otras hipótesis que no sólo explicarían una tendencia electoral a la baja, lo que refleja un creciente desencanto del chavismo -tendencia que por ahora parece irreversible- sino que nos permiten abrir una ventana hacia la desesperanza que se ha generado entre una cada vez más amplia porción de la ciudadanía venezolana.
Es verdad que durante el mandato de Chávez hubo un notable decremento en los índices de pobreza y desigualdad. Pero todo parece indicar que los datos económicos actuales muestran los costos de las políticas adoptadas, o al menos de parte de ellas. Veamos: en 2008 la deuda del Gobierno sumaba 23% del PIB; en 2011, 43%; en 2013, 57%, y sigue creciendo (FMI, 2014). La inflación en 2006 era del 14%, en 2012, era del 21%, y en 2013 subió a 38%. Muchos analistas indican que hoy ya se encuentra arriba del 50%. El desempleo de 7.4% en 2008 se incrementa hasta 10.3% en 2013. En sentido inverso, el PIB crecía al 10% en 2006 y al 5.6% en 2012. En 2013 creció sólo al 1%. El índice de escasez, que mide la falta de bienes, llegó en enero de este año a 28%, su nivel más alto desde que es medido. Es decir, los productos escasean cada vez más y cuando se pueden conseguir, su precio es tan elevado que a veces terminan siendo impagables.
A estos factores hay que sumar la crisis cambiaria que procede de tiempo atrás y se sigue profundizando, además de una terrible crisis de seguridad, lo que ha terminado por golpear psicológicamente a una ciudadanía invadida por el miedo y la desconfianza. Sólo para mencionar un dato: En la medición del 2013 del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, A.C., Caracas resultó la segunda ciudad más alta del mundo en materia de homicidios (superando este año a nuestro Acapulco y a todas las ciudades de México). Por último, reportes como el de Amnistía Internacional del 2013, documentan los problemas de impunidad que persisten en ese País, así como las violaciones a los derechos humanos y la falta de independencia del poder judicial.
Con esos datos es comprensible que una importante porción del electorado paulatinamente se haya ido desencantando de Chávez, su discurso, y posteriormente de sus herederos, a pesar del respaldo que conservan, y por supuesto, a pesar de la retórica que sitúa las protestas actuales en fuentes y causales extranjeras.
La protesta y el descontento son reales, y no están compuestos exclusivamente de miembros de clases acomodadas o de medios de comunicación que buscan imponer su poder. La oposición al Gobierno existe más allá de los líderes políticos que hoy parecen estar mostrando sus divisiones. Entenderlo y asumirlo serían los primeros pasos para buscar soluciones. Designar y castigar a chivos expiatorios o hablar de “fiestas mexicanas” en donde se fraguan conspiraciones, es jugar al avestruz y no darse cuenta de que el País, a pasos agigantados, se sale de las manos de todos, exhibiendo con ello el riesgo de estallidos sociales y de peligrosos golpes de estado para apaciguarlos.