Banner

Guadalupe Loaeza

Anteayer me despedí de dos amigos. Dos amigos que conocía hace muchos años y dos amigos que me enseñaron una virtud muy difícil, hoy en día, la modestia.
El domingo fue un domingo triste. Tanto que ya ni quisiera acordarme de ese día, el cual curiosamente amaneció muy soleado, no obstante, para mí, estaba nublado. Tuve, como decía, que despedirme de dos hombres honestos, éticos, pero sobre todo entrañables. Los dos eran muy amantes de los libros y de la música clásica.
El domingo, en cada uno de los respectivos velorios de mis amigos, vi a mucha gente triste. En los dos casos decían, entre murmullos, que su muerto se había ido muy rápido. En ambos pésames, abracé al hijo de cada uno de mis amigos. Los dos estaban muy orgullosos de su padre. Por ejemplo, Adrián dijo unas palabras bellísimas el día del entierro de su papá. “Seguramente muchos le recuerdan particularmente por su inmensa capacidad de escuchar a los demás. Cuando yo era chiquito mi papá me hablaba de un libro que se llama Momo, en el que una niña pequeña lograba apoyar a los demás a encontrar soluciones a sus problemas a través de escucharles intensamente. Me parece que en gran medida esa era su misión también”. Es cierto, en una época de nuestra amistad, su padre se convirtió en mi confidente. Siempre escuchaba mis sinsabores con mucho respeto y solidaridad. Nunca emitía un juicio, ni criticaba a nadie. El último párrafo del discurso de su hijo lo dice todo: “Yo los invito a que recordemos la memoria de mi papá en todo momento al respeto por todos los demás, y la aceptación de los otros... tal vez así encontremos también el camino para encontrarnos a nosotros mismos.”.
De todos los miembros de la familia de mis amigos ya idos y de quienes me despidiera para siempre el domingo, la que más me conmovió, hasta la médula de los huesos, fue Carmen Gaitán, viuda del que fuera un gran escritor; no en balde lo llamaban “el maestro de los jóvenes”. Estaba deshecha, devastada, a pesar de ello, recibía las condolencias con una sonrisa y un enorme brillo en los ojos. Pero en el momento en que Juan Villoro le dio un fuerte abrazo, ella lloró con mucho desconsuelo sobre su hombro. Lloraba desde el fondo de su corazón, el cual se lo había entregado enterito a “Fede”, como llamaba a su marido, hacía casi 30 años. Al abrazarla, clarito sentí que tenía su corazón hecho pedazos. Sin duda, Carmen y Federico fueron una pareja de enamorados como de novela. Estaban como bendecidos por la Providencia. Iban por el mundo tomados de la mano y se morían de la risa de las mismas cosas. Uno de los últimos libros que leyeron juntos, tal vez, fue el de cuentos de Alice Munro, Premio Nobel de Literatura. En una de las últimas entrevistas que le hicieron a Federico, le preguntaron qué esperaba, como autor de más de 16 obras, de sus lectores del 2014 y él contestó: “Cuando uno ya no está en este mundo, quedan los libros; los libros son su memoria; son lo que uno era. Es como una grabación de la propia memoria, la que se traslada al futuro a través de la escritura. Eso es la literatura, la trasmisión de la memoria y la sobrevivencia de la voz”. A pesar de tener tantos seguidores y de haber obtenido tantos premios de literatura, Federico era excesivamente modesto, por eso afirmaba que esperaba de sus lectores: “tolerancia, paciencia, pero especialmente, afecto”. Decía que cuando estaba escribiendo pensaba que eso que escribía nadie lo leería, ni le interesaría. Federico escribía nada más de las cosas que le dolían. Algo me dice que mi amigo, desde que vivíamos los dos en la colonia Cuauhtémoc, era melancólico. Siempre vestía de oscuro, le encantaba el jazz, la música italiana, la clásica y era un gran estudioso del cerebro y la conciencia. Era, además, fanático de los Yankees de Nueva York (hacia colección de gorras de su equipo) y se enorgullecía de su amistad con Julio Scherer, Juan Villoro, Rafael Alcérreca y su coterráneo, Pedro Ochoa.
Me pregunto si mis dos amigos se encontraron alguna vez por allí. Es cierto que se movían en mundos diferentes, pero a ambos les gustaba el teatro. A lo mejor se toparon en un entreacto y se vieron de lejitos, como queriéndose reconocer. “¿Dónde lo he visto?”, se ha de haber preguntado alguno de los dos. Ahora que recuerdo, ambos también eran amigos de Margarita González Gamio, quizá ella los presentó en alguna ocasión: “Jaime, te presento a Federico Campbell. Federico, déjame presentarte a Jaime Katzew”.

nguadalupe loaeza
Periodista y escritora mexicana. Fue conductora del programa de
entrevistas para el Canal 40 CNI, ‘A Través del Espejo’. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla