Pbro. Domingo Arteaga Castañeda

Presentación: ¡Este es mi hijo amado! Y mandato divino desde la nube: ¡Escúchenlo!

Seis u ocho días, después de la profesión de fe hecha por Pedro, a nombre de sus compañeros y propio, en Cesárea de Filipo, Jesús, lleva consigo a sus tres predilectos hacia la cima de la montaña para orar. Mientras esto hacía, acaeció un hecho portentoso, lleno de belleza y majestad, del que ellos fueron los testigos, el rostro del verbo divino, humilde, oculto en aquél carpintero de Nazaret, sin alterarse, se revistió de una belleza desusada y de un resplandor deslumbrante. Sus facciones brillaron como el sol y sus vestidos se tornaron blancos como la luz. A sus lados conversando con Él, estaban dos héroes de Israel; el libertador y guía del pueblo fugitivo, y el primero de los grandes profetas: Moisés y Elías, símbolos de la ley y los profetas; que rendían homenaje al fundador de la Nueva Alianza, punto central de su actividad veterotestamentaria. Y mientras Pedro expresaba los deseos de permanecer en aquél espectáculo, apareció una nube resplandeciente, de larga historia que a manera de velo envolvió a Jesús y a sus misteriosos acompañantes. De esa nube, señal de singular presencia divina, brota la voz omnipotente e imperativa, no del Dios que dicta sus leyes, sino la voz del padre que habla diciendo: “Este es mi hijo amado escúchenlo”. Los apóstoles como el pueblo en torno al Sinaí, cayeron sobre su rostro, presas de un gran temor, Jesús llegándose a ellos les tocó suavemente y les dijo: “Levántense, no teman”. Levantándose tímidamente observaban para todos lados y no vieron ya, más que al maestro sólo. La transfiguración había terminado.
“Escúchenlo”. Fue lo que el padre dijo. Porque Jesús es el centro y plenitud de la revelación y jamás nadie ha hablado con tanta valentía y sin complejos. Poderoso en obras y en palabras es derrotador, de un humanismo comprometido, sin grandeza ni verdad. Su doctrina sublime, es antítesis exacta de la ley del talión porque hay que perdonar y amar al enemigo; y bendecir y orar por los que maldicen y persiguen. Bien definida, sin rutas zigzagueantes, a merced de las alternativas del humor o del egoísmo. Quien no está con Él, está contra Él. Porque no se puede servir a dos señores, sin despreciar a uno de ellos. Su doctrina, a diferencia de las humanas que muchas veces son perniciosas y desilusionantes, favorecedoras de la sublevación y amargura, es una exhortación a la vida de Dios y a la comunicación del más real y mayor de los bienes: El amor a Dios, sincero, sin engaños, sin autosugestiones, y el amor activo al prójimo cualquiera que se cruce en nuestro camino y reclame nuestra ayuda. Si queremos orientar nuestra vida y darle sentido, debemos escuchar a Jesús, porque es heraldo de liberación y única sendero luminoso que lleva el padre; ya que es: Camino verdad y vida.
“Escúchenlo”. Este imperativo, a más de veinte siglos de distancia está vigente, porque la palabra de Dios es viva. Vale tanto, para el hombre de ayer como para el de hoy, y el de mañana. Y el evangelio debe ser verdaderamente realizado aunque estemos cada vez más involucrados, en profundas transformaciones humanas, que modifican la existencia y hace del hombre, sujeto y objeto a la vez. El mecanismo indómito y tirano, creado por el hombre, y llevado a una admirable evolución, hace cada vez más difícil escuchar y vivir el mensaje que lleva a una trascendencia y transformación esperanzadoras. Y aunque el hombre adore, a la materia y sus transformaciones, no por eso dejará de sentir la necesidad de una salvación, que encontrará en el mensaje predicado por Cristo; que lejos de ser opio anestesiante contra las injusticias y miserias, es la religión de un valor a toda prueba que descansa en el amor y en el abandono a Dios, como firme desafío a la sola fuerza humana. Libertad y justicia no son suficientes: los que afirman lo contrario, están rotundamente equivocados, porque millones de hombres buscan una fuerza, que supere en mucho a cualquier otro anhelo humano. Esta fuerza es: El amor. Pero el predicado por Cristo con las palabras y con el ejemplo, que es más que una benevolencia filantrópica y humanitarista.
“Escúchenlo” y aunque la persona humana de Jesús, haya desaparecido de entre los hombres, su voz sigue sonando, a través del tiempo, por la boca de Pedro y sus sucesores. Porque. “El que a ustedes escucha, a mí me escucha; y el que a ustedes desprecia, a mí me desprecia”. Y Jesús habla por boca de Pedro, para declarar que los gentiles conversos, quedaban libres de las leyes ceremoniales judaicas. Por Silvestre en el concilio de Nicea; o por Francisco, el Pedro de nuestros tiempos. En todos ellos está la voz de Jesús que debemos escuchar. Se oye la voz de “Rerum Novarum” que grita en defensa de los miserables. La de la “Mater et Magistra” que habla sobre el desarrollo social, a la luz de la doctrina cristiana. La “Humana Vitae” cuando habla sobre el problema de la natalidad, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, natural y sobrenatural. Y afirma que: “cualquier acto matrimonial, debe quedar abierto a la transmisión de la vida”. Hay que oír cuando suena la voz y dice: que se equivocan los cristianos que descuidan sus tareas principales, porque no somos de este mundo; pero que no es menos grave el error de quienes se entregan totalmente a ellos, reduciendo su vida religiosa a ciertos actos del culto, vgr: ir a misa el doce o veinticinco de diciembre; tomar ceniza o apadrinar un sacramento; o bien a determinadas obligaciones morales, vgr: “dar cierta ayuditas”, y hacen así un divorcio entre la fe y la vida diaria. Esto es: uno de los graves errores de nuestra época. O también, cuando dice: Es necesario que los contrayentes, se acerquen al matrimonio, no como un capricho de los sentidos, o a una aventura, o a una experiencia sin importancia, con deplorable superficialidad; sino conscientes del paso que dan, que se consagran para la misión sublime de colaboradores de Dios, para dar la vida a nuevas criaturas y educar su desarrollo con juiciosa delicadeza y conciencia de su responsabilidad.
Juan Pablo –II—que afirmó que un trabajo que degrade al hombre, aunque perfeccione o transforme la naturaleza siempre será criticable, ya que antes y sobre la naturaleza está el hombre. Estos son pequeños sonidos de la voz que hay que escuchar, a pesar de nuestro egoísmo y mediocridad.
Pero no se le olvide que escuchar a Jesucristo, significa: a) Creer en sus enseñanzas; b) Observar sus mandamientos; c) Imitar sus ejemplos. Debemos transfigurar nuestra vida, en la de Jesucristo. Transfiguración que implica: Pasar del pecado a la gracia; de la iniquidad a la justificación; de las miserias de esta vida, a las riquezas de la eterna. Pero para esto, debemos padecer con Jesucristo, tomar nuestra cruz de cada día, y subir al calvario del dolor, para ascender al Tabor de la glorificación eterna. No debemos ser refractarios a la cruz del sufrimiento y al calvario, sino firmes y constantes con el Divino Maestro, que con su transfiguración, nos enseña la imagen de nuestra transfiguración espiritual, por la oración, por la gracia y por la justificación. Para que nuestra vida espiritual, no sea: estéril y absurda. El tiempo de Cuaresma es un tiempo especial de oración que también produce transformación espiritual cada día mejor y nos hace parecernos a Él. Con un rostro más amable y comprensivo y vestidos blancos, limpios, adornados de buenas obras, blancos como la nieve. Pero para triunfar y ganar, hay que luchar no por una corona corruptible, sino por una incorruptible que es la vida eterna. No equivoquemos la puerta de entrada a esta corona que tenemos prometida, por nuestra transfiguración espiritual. Que se realiza viviendo el evangelio con todo el afecto de nuestro corazón, porque este acontecimiento que sucedió el Señor Jesús es presentado como miembro de la Santísima Trinidad y como el nuevo Moisés, el legislador de la Nueva Alianza y como profeta por excelencia. Y si lo escuchamos y obedecemos, estamos con Él. En este tiempo especial se nos urge, conocer y comprender mejor, la palabra de Dios y la persona de Cristo y darlo a conocer a los demás, con la palabra y con el ejemplo. Pongamos en nuestra vida cristiana mucho: convencimiento, ilusión y testimonio. ¡Arriba y adelante!