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Danilo Arbilla

Aunque los estudiantes desfallezcan, ni el presidente venezolano Nicolás Maduro, la Unasur, el Mercosur o la OEA podrán tapar la realidad.
Es difícil manejar datos respecto a Venezuela. Al escribir esta columna iban más de treinta muertos, decenas de casos de torturas, más de 400 detenidos y los heridos se acercaban a los dos mil y es seguro que en unas horas estas cifras quedarán desactualizadas.
El heredero de Chávez —un poco más rústico que aquél, pero no tanto más— anuncia que aumentará la represión, apelará a las Fuerzas Armadas (¿Y cómo, no cogobiernan con él?), y suspenderá las garantías individuales (¿Es que en la Venezuela chavista existe alguna garantía de ese tipo ?) y que hasta irá por Internet. No quiere que se sepa nada de lo que pasa en su país, salvo aquello que el gobierno diga.
Pero es difícil que Maduro consiga otra cosa que más muertos, más torturados y más presos. La falta de libertades y garantías, la escasez, la corrupción galopante, la inseguridad y la inflación seguirán, y los venezolanos no necesitan que eso se lo cuenten ni los diarios, las radios o la tv ni enterarse por Internet. Y seguirá entonces la protesta, aunque por momentos decaiga. Tampoco disimularán esa realidad la triste actuación de la desmonetizada OEA y los esfuerzos de la militante Unasur. Esta última también ha perdido todo crédito y difícilmente la flamante presidente chilena pueda insuflarle algo de credibilidad con su anunciada política de inserción regional. Es más, Bachelet debería ser muy cuidadosa pues está generando mucho nerviosismo en ese campo en su propio país. Como advirtió el diario chileno La Tercera , “resulta inconveniente que las nuevas autoridades chilenas entiendan que el proceso de reinserción regional que han anunciado como uno de los propósitos de su diplomacia, deba darse a costa de renunciar a la defensa de valores clave de la política exterior del Estado de Chile, como la promoción de la democracia y el respeto a los derechos humanos” y “es una contradictoria señal que la primera actuación pública del gobierno entrante en materia de política exterior haya sido tomar parte en un acuerdo como el adoptado por Unasur”.
Aunque los estudiantes desfallezcan, ni Maduro, la Unasur, el Mercosur o la OEA podrán tapar la realidad.
Hace unos días el izquierdista diario Le Monde de París, desde su editorial afirmó que el régimen chavista “ha logrado una triple corona: despilfarro, corrupción y autoritarismo político” y que “15 años de chavismo le han dejado fuera de combate en lo económico y social” a Venezuela. Dijo el diario parisino que el sistema creado por Chávez “arrasó con el país”, y que en ese sentido Maduro ha “superado con creces” a su mentor. Añadió que bajo ese régimen y con el “modelo cubano” como guía, “se ha creado una economía paralela, un mercado de tráfico interno y externo que beneficia a una pequeña nomenclatura sin escrúpulos”.
“Se necesita toda la atracción del ‘exotismo latino’ para que ciertos intelectuales franceses le encuentren algún encanto al ‘chavismo’. Sobre todo porque éste, ya sea bajo Maduro o bajo Chávez, cercena las libertades públicas, silencia a una parte de la prensa y maltrata a toda la oposición. En la realidad, el chavismo se ha convertido en una pesadilla”, concluyó Le Monde.
También El País de Madrid editorializó sobre Venezuela coincidiendo que en “apenas 15 años” el régimen chavista “ha convertido una potencia petrolera” en una especie de baldío. Dijo que el gobierno de Maduro “desmantela los resortes democráticos, persigue a la oposición y asfixia a los medios de comunicación” y que “frente a las legítimas protestas ciudadanas… ha recurrido a un brutalidad desmedida...” que retrotrae “a los tiempos más negros de América Latina”. “Maduro propone diálogo —dice El País— a la vez que insulta y alienta la polarización”. También resalta el diario español: “el silencio de los países vecinos (que) resulta ominoso” y “la absoluta inoperancia de la OEA”. Maduro y sus adláteres, ya no lo pueden evitar: todos lo ven y todo el mundo la sabe.