Hoy se cumplen 20 años del cruel asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio

Por Juan Arvizu
EL UNIVERSAL
CD. DE MÉXICO.- Caminan en un pasillo del hotel Executivo, en Culiacán, Sinaloa y los oyen reír, y ven cuando Luis Donaldo Colosio echa el brazo al hombro del general brigadier Domiro García Reyes, su jefe de seguridad. Las carcajadas de ambos coronan el día 22 de marzo y se enfilan, creen, a ganar la elección presidencial de 1994.
Bromean, se tutean, como en los viejos tiempos. Colosio ha conseguido que Manuel Camacho desista, después de 114 días de rebeldía a Carlos Salinas, de ser el candidato del PRI.
Consideran que la vida todavía está por delante, pero a Luis Donaldo le quedan sólo 18 horas antes de que un balazo rompa su cerebro y el País se infarte por la noticia de su muerte, la cual, sin embargo, se ha anunciado en rumores, en cualquier parte: “Van a matar al candidato”.
Es marzo enrarecido. Y vencedor de augurios, Colosio duerme su última noche, satisfecho de que su camino está libre.
Amanece el miércoles 23 de marzo de 1994. En La Paz, Baja California Sur, las mujeres piropean a Colosio. Rutina en la campaña. Se deja querer. Esa sí es novedad. Le cubren de bilé la cara.
Sigue Tijuana. La última comida en el avión es de amigos tragones. En enero, Colosio perdió el apetito. Hoy come con gusto, sopa de aleta de tiburón y mariscos. Vino blanco.
En el vuelo van Colosio y Domiro; el mayor Germán Castillo, su ayudante más cercano, y Ramiro Pineda, enlace de prensa. Recibe a Oscar Espinosa, secretario de Finanzas del PRI. Se relaja. Descansa.
Así van al teatro de la muerte. Lomas Taurinas transpira pobreza. Hay un arroyo, drenaje abierto, calles sin pavimento. Casas precarias en laderas empinadas, reforzadas con llantas.
En la entrada de Lomas Taurinas lo rodea una multitud de mujeres de enjundia, de rostros sudorosos, empolvados. Las señoras lo abrazan sin piedad, ni recato. Se lo arrebatan. Nada lo impide. Es el precio de dar un perfil diferente a la campaña: cerca de la gente, siempre.
El día de su destape, 28 de noviembre, Luis Donaldo Colosio recibió para su servicio una camioneta blindada. Al tercer día la devolvió. “¿Qué haces con ese escuadrón?”, solía reprochar a sus colaboradores con escoltas. Es refractario al lujo. Repudia la prepotencia. Y la seguridad es eso.
Cero medidas de seguridad. Conduce el vehículo cuando quiere. Vallas metálicas, nunca, ni filtros. Por eso nadie detecta pistola, cuchillo, navaja, picahielo, ni siquiera alfiler agresor. Ni un centavo en el presupuesto para ello. Se enoja cuando ve cuerdas, que la gente desborda. De eso no hay en Lomas Taurinas.
Liébano Sáenz en su libro “Colosio: un año ayer”, publicado en 1995, describe la aversión de Colosio al resguardo de escoltas: “¡No! ¡Más seguridad ya no! ¿Qué? ¿Tienes miedo Liébano? Me señaló en un tono irónico, sumamente norteño (...) además, hay que estar cerca del pueblo”.
Que manera de buscar la Presidencia de la República. Cruza el candidato el puente de tablas. Camina pendiente arriba en un piso de arena gruesa, resbaladizo. Va en una marea humana. Cientos aprietan a cientos de personas. Nadie controla nada. En el disimulo hay armas cortas y largas, agentes y policías, que saldrán en el caos que sigue.
Los Tucanes (“Todos Unidos contra Acción Nacional”), grupo de fuerza priísta, está sin identificar. Mario Luis Fuentes, Jorge Schiaffino y José Murat Casab han impuesto al coronel Federico Reynaldos del Pozo llevar el templete al fondo del sitio. La multitud acorrala al candidato. Vibrante el entusiasmo popular. Escondido, como en un pajar, está el dedo de la muerte que no tuvo filtros de seguridad que burlar. En retaguardia se agazapa el Grupo Táctico Especial, policía local.
Lo mismo en Chihuahua que en Sinaloa, el rumor: “Van a matar al candidato”. Al “war room” colosista le tiene sin cuidado. Son días en que se juega con la muerte, hasta en títulos de artículos políticos: “Hermano: Debo matarte”.
Todos le han dicho que se cuide. Las ancianas lo bendicen. Su padre, su esposa, escuchan ruegos de que vaya con sigilo. En la noche feliz del 22 de marzo, está de acuerdo en que va a protegerse.
Suena “La culebra”. Unas 3 mil personas ruidosas se apretujan muy duro. Son fans. Van por Colosio. “Aguanta, aguanta”, ha dicho muchas veces a quienes sugieren ir por lo seguro. Esta tarde, qué difícil es avanzar dentro de esa masa humana que aleja a Germán Castillo, desplaza a Domiro. Es una pesadilla en unos segundos. Ahí está en la cuerda floja de la vida y sin protección, el hombre que va a gobernar México. Pero qué lejos está la camioneta de salida del infierno, rodeada por unos 40 hombres fuertes y desconocidos.
A las 17:12 horas de ese 23 de marzo, una mano se alza con un revólver Taurus 38. Su cañón pega en la cabeza de Luis Donaldo Colosio y vomita la muerte.