GERARDO ARMENTA
BALDERRAMA

Lorenzo Córdova Vianello. He aquí un nombre propio que muy posiblemente en una primera instancia no dice mucho a la lectoría. Podría asumirse que apenas empieza su proyección periodística. Se trata del presidente del nuevo Instituto Nacional Electoral (INE).
Asumió el cargo precisamente el día de ayer. El jueves anterior la Cámara de Diputados aprobó la designación de los 11 integrantes del Consejo General del naciente organismo. Los nuevos consejeros electorales fueron avalados en la Cámara por 417 votos a favor, 41 en contra y cuatro abstenciones. Como queda a la vista, resultaron nombrados al tenor de un abrumador apoyo legislativo, como para dar a entender que se les brinda una sólida confianza en que sabrán desarrollar sus tareas.
El INE (fruto de la reforma política más reciente) llega para sustituir al Instituto Federal, el mítico IFE que sale del escenario ahora sí que sin pena ni gloria. Echado a perder por el imperio de la avasallante partidocracia que domina todo el quehacer en la materia, el IFE terminó por desdibujarse notoriamente en los últimos años. No fue útil, en resumidas cuentas, a la gran labor democratizadora que se creyó llevaría a cabo con sobrada solvencia.
Hoy mismo los ejercicios electorales del País no son mejores ni peores que cuando el IFE empezó a funcionar. Por ello es correcto sostener que, como se apuntó renglones arriba, su epílogo queda escrito sin mayor pena ni gloria. Esta conclusión tendría que ser frustrante en más de un sentido por todo lo que significa como lesión para la cultura electoral del País.
Aparte, no debe perderse de vista el cuantioso dineral que el IFE le costó a los contribuyentes. En lo dicho: hoy por hoy no somos en México un País con brillos electorales que causen admiración, a pesar de todo lo que realmente o en apariencia el IFE emprendió con la mira de civilizar los procedimientos de que se encargó. De hoy en adelante la organización de las cosas que tienen que ver con el voto ciudadano será una tarea del Instituto Nacional Electoral.
Dependerá de la aptitud de sus integrantes llevarla a cabo con seriedad y ganancia para la causa democrática del País. Sin embargo, quizá no proceda esperar mucho de la plantilla del INE. Sus integrantes no son reconocidos popular o masivamente como personajes sobresalientes en la materia de trabajo que abordarán. Después de la decepción causada por el IFE, no debe ser fácil entusiasmarse con un organismo que viene precisamente a hacer lo mismo que hizo el antecesor.
El IFE tuvo una existencia de 23 años. Según datos oficiales, hereda al INE un aparato laboral formado por 16 mil trabajadores en todo el País, aparte de 10 mil 392 millones de pesos de activos y patrimonio, donde hay que incluir un pasivo por el orden de 176.8 millones de pesos. Hasta hoy no se conoce una razón acreditada por sí sola que explique la tronante desaparición del IFE.
Veinte años de vida no son nada realmente en un contexto de instituciones dedicadas al servicio ciudadano que en otras latitudes suelen ser mucho más longevas, precisamente por la naturaleza del servicio que prestan. En esta perspectiva acaso deba ser preciso subrayar que el IFE fue algo así como flor de un día. En su caso, la creación del INE se advierte un tanto forzada.
Pronto se tomará nota de las tareas que forman parte de su cometido. El consejero presidente de esta renovada instancia electoral dispone teóricamente de la formación necesaria para hacer el trabajo. De una u otra forma, Lorenzo Córdova Vianello ha tenido que ver con el esquema de las elecciones que se hacen en México.
Convendrá que ese saber ilumine el sentido de la responsabilidad que recién ha adquirido como responsable del entramado que se ocupa de organizar las elecciones de carácter federal. No parecería que su quehacer tendría por qué despojar del sueño a nadie. Sin embargo, en los hechos no hay duda de que la cultura electoral que nos distingue tiene todavía una buena cantidad de años luz para semejarse a la existente en otros lugares donde no la festinan tanto por sus logros.