GERARDO ARMENTA
BALDERRAMA

Un hombre debe estar viajando en estos momentos con destino a la Ciudad de México. La notificación de este hecho no reviste mayor importancia. Todos los días muchos individuos hacen el mismo recorrido desde distintos puntos del País.
Sin embargo, el hombre de esta historia hace notar una pequeña o grandísima diferencia. Ésta es posible resumirla en unas cuantas palabras y con unos obvios signos de admiración: viaja a la Ciudad de México ¡pero en burro! Ciertamente se estará de acuerdo en que no resulta muy común protagonizar una travesía a la capital del País en tan curioso medio de transporte.
Por sobre esa certeza, Rubén Ruiz Vega (31 años de edad) asumió transitar desde Baja California hasta el Distrito Federal. Concretamente, el 8 de septiembre del año pasado salió de un lugar conocido como Playas de Tijuana. Se puso una meta geográfica de largo alcance: el Zócalo de la Ciudad de México.
Díaz Vega conoce seguramente todo el significado cultural o sociológico que encierra la igualmente llamada Plaza de la Constitución. No sólo es el Centro Histórico del Distrito Federal sino incluso el propio de todo el País. Quien se apersona en la capital por primera vez en su vida y no acude al Zócalo, dicen que bien puede hacer de cuenta que nunca anduvo realmente por aquellos rumbos.
Pero es preciso entender que el viaje de Ruiz Vega no tiene ningún fin turístico o histórico. Busca más bien hacer constar una reivindicación de primerísimo orden: que la ciudadanía disfrute de un mejor trato por parte de las autoridades de Policía y de quienes se encargan de impartir justicia. En otras palabras, quiere que se le escuche.
Una finalidad como la anterior ya la sacó a relucir en Playas de Tijuana, donde protestó, según dijo, “por las injusticias que se cometen en contra de la población”. Aunque con un agravante descrito por él mismo: “las autoridades no me resolvieron nada, pues he sido víctima de las injusticias de las autoridades policíacas en varias ocasiones”.
El burro que le acompaña en el trayecto no es el mismo con que lo inició. El primero, llamado “Tocayo”, fue atropellado por un tráiler en Caborca. Allá mismo, vecinos piadosos le hicieron obsequio de otro jumento. En recuerdo de su primer acompañante, al segundo le puso por nombre “Tocayo 2”, con el que pasó por Navojoa, donde por cierto resolvió tomar un pequeño descanso con familiares de la colonia Constitución y vecinos de San Ignacio Cohuirimpo.
Ruiz Vega ha sentido en carne propia la actitud rigurosa de las autoridades que aspira a modificar. Al estar descansando en Mexicali, fue arrestado el 23 de septiembre anterior bajo el cargo de portar un arma blanca. Se trató realmente de un cuchillo con el que se ayudaba para preparar sus alimentos y cortar forrajes para el burro.
Salió de la cárcel cinco meses después. Puesto en libertad, en ningún momento flaqueó en su original propósito de llegar a la capital del País con el objetivo expuesto renglones arriba. Uno pensaría que no resulta claro hasta dónde podrá llegar Ruiz Vega con su particular caminata en compañía de un burro. El trayecto que escogió y la forma elegida para cubrirlo se antojan en verdad rebosantes de complicaciones.
Bien se dice, sin embargo, que no hay peor lucha que la que no se emprende. Además, debe recordarse que Ruiz Vega no es el primer mexicano que decide protagonizar una áspera marcha hacia lejano lugar para protestar contra la injusticia que lastima a la ciudadanía. El problema es que surta efecto el sentido de la demanda que definió, habida cuenta de la reconocida insensibilidad oficial para atender esta clase de planteamientos.
Aun así, llama mucho la atención que un hombre acompañado únicamente de un burro regalado haya resuelto tomar por su cuenta una reivindicación de carácter justiciero e impedir que las corporaciones policíacas hagan de las suyas en perjuicio de inocentes ciudadanos. Llegado el momento, valdrá la pena saber la suerte corrida finalmente por Ruiz Vega y “Tocayo 2”. No sorprendería que ni siquiera les dejen entrar a la Ciudad de México.