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Héctor Froylán Campos

UNISON: en la ruta crítica

La huelga en la Universidad de Sonora ingresó prácticamente a lo que podríamos llamar la “ruta crítica” rumbo al inminente desenlace apenas culmine la Pascua de Semana Santa.
A lo largo de estos 45 días que lleva el paro laboral en la Máxima Casa de Estudios, una legión de voces variopintas que caracteriza al prisma social del Estado, ha emitido cualquier cantidad de juicios a favor y en contra del movimiento, vía discursos, críticas, manifestaciones, ponencias, declaraciones, protestas, etcétera.
Sin exagerar la nota es posible afirmar que no existe algún medio de comunicación escrito y electrónico que haya regateado espacios a los mensajes que cotidianamente expresan los diversos actores de la sociedad en general, particularmente aquellos a quienes atañe directa e indirectamente el conflicto universitario.
Permítaseme una precisión: el problema que afecta y mantiene inactiva a la Alma Mater, importa, preocupa y afecta -en mayor o menor medida- a toda la comunidad y a todos los sectores del aparato productivo.
Pero la verdad sea dicha, son los protagonistas estelares de la disputa -sindicatos, autoridad y estudiantes- quienes han evidenciado un denodado activismo mediático que por un lado busca paliar la ofensiva patronal invariablemente ocupada en tratar de deslegitimar las causas que motivaron la huelga; y por el otro, documentan un afanoso empeño por litigar las simpatías ciudadanas.
Vamos: creo que asistimos de nueva cuenta a una batalla campal en la que tirios y troyanos discuten, manotean, brincan y saltan para caer en lo mismo: en nada.
Pareciera que a ninguna de las partes en pugna le mortifica, ni le causa el menor síntoma de desvelo el hecho de prolongar el patético estado de postración en que han sumido a la UNISON.
En la obcecada actitud que han mostrado las autoridades que dirigen a la institución desde las primeras horas de estallada la huelga y durante el accidentado proceso de negociación con el Sindicato de Trabajadores y Empleados (STEUS), aparentemente subyace un propósito toral y estratégico: el desgaste.
Naturalmente que hablamos no sólo del deterioro físico y económico de los trabajadores luego de pasar días y noches custodiando las instalaciones, perdiendo salarios y alterando el curso normal de sus habituales actividades domésticas; sino también menguando la capacidad y márgenes de maniobra de los directivos sindicales en la etapa de las negociaciones.
Basta recordar el sonado fracaso de aquel movimiento huelguístico en la gestión del dirigente del sindicato académico Jorge Rountree que duró poco menos de 30 días con un resultado que a nadie satisfizo y finalmente castigó las aspiraciones reeleccionistas del entonces secretario general del STAUS.
Una versión no confirmada aún en torno al conflicto de la UNISON, refiere que al cumplirse los 60 días de paro, la autoridad laboral emitirá un fallo sobre la existencia o inexistencia de la huelga.
A pocos les cabe el menor asomo de duda de que llegado el término -o sea, al concluir el período vacacional de Semana Mayor- el tribunal laboral habrá de conceder la razón a los directivos universitarios encabezados por el rector Heriberto Grijalva Monteverde.
No existe hasta el momento algún elemento o motivo de peso que permita desterrar la sospecha de que esa estrategia de desgaste está diseñada y operada desde un cómodo escritorio de la sede estatal de Gobierno.
Bajo este previsible escenario o sea cual sea el epílogo del conflicto, es urgente que los integrantes de la comunidad universitaria tracen la ruta de los necesarios cambios que requiere el entramado institucional y legal al amparo de los cuales se desarrollan las actividades en el campus, tanto en el campo de la docencia, las relaciones laborales entre los sindicatos y rectoría, así como el ámbito de atribuciones de los órganos de Gobierno.
Permanecer pasivos e indiferentes al imperativo de actualizar el régimen reglamentario de la UNISON, sólo ensanchará el amplio y discrecional poder que poseen los funcionarios que gobiernan a la institución para premiar y privilegiar a sus afectos y amigos cercanos con jugosas prebendas económicas, pero que sobre todo los hace insensibles e indiferentes a los reclamos de la clase trabajadora.
Es cuanto.