MAURICIO MESCHOULAM

Mal citando al gran escritor que nos acaba de dejar, pareciera que vivimos la crónica de una guerra anunciada. Pero ¿de qué clase de guerra estaríamos hablando? Algunas publicaciones globales ya hacen comparaciones entre las fuerzas de Moscú y las de la OTAN, y hablan de las posibilidades del Ejército estadounidense frente al ruso, asumiendo, al menos narrativamente, que podríamos estar ante escenarios de una tercera guerra mundial o algo similar.
Efectivamente, el riesgo de una guerra en Ucrania sigue en aumento, pero las probabilidades de un enfrentamiento directo entre Rusia y la OTAN son muy bajas. Washington y Europa podrán estar interesados en contener a Moscú, pero no al grado de involucrarse militarmente en un conflicto cuyos costos serían muy difíciles de prever. Esto no es ningún secreto, y es precisamente lo que facilita las acciones de Putin en territorio ucraniano.
Lo que parece estarse produciendo es, en cambio, un conflicto interno, con altas probabilidades de una intervención militar rusa. Los activistas prorusos del este ucraniano, mediante sus tomas de edificios públicos, estaciones de policía y puestos de control carretero, han sido eficaces en proyectar la incapacidad del Gobierno interino de Ucrania para mantener el control del País. Kiev tenía entonces dos alternativas: (a) No hacer nada y evadir de ese modo una colisión con Rusia, pero esto enviaba un mensaje de descontrol hacia zonas cada vez más amplias de Ucrania, o (b) Encarar a los activistas prorusos, aún ante el riesgo de enfrentar una invasión rusa. La lógica de esta segunda alternativa, que es la que parece estar decidiendo Kiev, claramente no es militar. Se sabe que Ucrania no tiene oportunidad alguna frente a Moscú en caso de una invasión.
Por tanto, la racionalidad de Kiev, cuyas acciones muy probablemente han pasado por consultas con Washington y Bruselas, seguramente tiene que ver con la apuesta de intentar elevar cada vez más el costo político y económico para Putin por las acciones que está tomando. La estrategia que Occidente parece preferir es llevar a Putin al extremo, a pesar de las victorias que éste pueda conseguir en el corto plazo, tanto en lo militar como en cuanto a su popularidad. Orillarlo a que si sigue su curso, lleve sus relaciones con Occidente al mínimo posible, y que entonces pague todos los costos de hacerlo, no en el terreno militar, sino en el diplomático y en el económico, en un mediano y largo plazos.
Es verdad que hasta hoy, las sanciones aplicadas a Moscú han sido esencialmente simbólicas y que muchos países se han mostrado reticentes a incrementarlas. Sin embargo, el castigo por ahora, está proviniendo de los mercados y los inversionistas. La economía rusa se encuentra prácticamente estancada. El ministro de Economía ruso ha dicho que su crecimiento incluso podría aproximarse a cero este año. Encima de ese panorama, la crisis actual ha ocasionado depreciaciones al rublo, así como una caída de la bolsa de un 13.5% en este 2014. Es de esperarse que ante una invasión rusa de Ucrania, estos números empeoren. Sobre todo, estos sucesos pudieran causar que importantes compañías e inversionistas reconsideren los negocios que han establecido con Rusia durante años.
Con todo, Putin parece haber valorado lo anterior, y se muestra dispuesto a pagar esos costos. Al final, se trata de quién tira más de la cuerda para ver si alguien cede en el camino. El gran riesgo es que cuando todas las partes se empujan al extremo, las cosas se pueden salir de las manos.