Francisco Valdés Ugalde

A simple vista la realidad nacional ofrece un panorama caótico. Crimen organizado y violencia que no cede, al menos no lo suficiente, fallas profundas en el sistema educativo (reconocidas), poderes fácticos en beligerancia y rebelión ante los intentos por domesticarlos, pobreza y desigualdad, bajo crecimiento económico, legitimidad de la política a la baja, cambios sostenidos en las preferencias religiosas y en las identidades de la población, dispersión de los poderes de la República e intentos por reordenarlos jerárquicamente, balcanización de los partidos a la izquierda y derecha del espectro político, poca rendición de cuentas de las autoridades, violaciones graves a los derechos humanos. Por citar solamente unos cuantos síntomas del caos. Pero donde están los males y quo fenómenos son, simplemente, normales y ordinarios.
En los tres lustros que van de 1997 a 2012 el País experimentó fuertes transformaciones. Se acrecentó el ritmo de la globalización y consecuentemente el contraste de los rezagos del País respecto de los “estándares” de la OECD. Mientras el Cono Sur de América Latina adoptó políticas económicas diferentes de las de México, los resultados para el segundo parecen menos fructíferos que los del Sur. No obstante, como lo han observado los estudios más confiables, las grandes economías del Sur se reprimarizaron y México avanzó hacia una mayor composición de valor agregado nacional en la manufactura.
Por otra parte, los cambios en la conformación del poder político han sido drásticos y cruciales en la reorientación del País en el mundo. Si bien con altos y bajos, con déficit de legitimidad, con estructuras tambaleantes y fuerzas contradictorias en muchos casos, el País se ha situado en el conjunto de países que pueden ser calificados como democráticos pero con calificaciones medianas. Como lo señala el reporte Polity IV (“www.systemicpeace.org”), México ha sustituido la hegemonía del PRI por un sistema competitivo que, empero, no alcanza a ser un sistema bien regulado de competencia política, y los eventos electorales siguen mostrando un alto componente faccioso en la política nacional.
Otro indicador que puede verse con la metáfora del vaso medio lleno o medio vacío es el desarrollo del sistema constitucional. Mientras que se ha consolidado la división de poderes, muchos describen el rostro que la Constitución como una pedacería que resulta del jaloneo por preservar o cambiar un régimen presidencial vetusto y disfuncional. Pero a esta imagen hay que anteponer que la evolución constitucional ha seguido la pauta de un nuevo equilibrio político que exige consensos entre fuerzas que no participaban previamente en su formación. Antes los demócratas se veían obligados a aceptar los dictados (constitucionales) de élites no democráticas, mientras que hoy la “pedacería” responde a que el poder constituyente se hizo plural.
Si bien este panorama no debe ser confundido con una pretendida normalidad democrática, sí puede leerse como uno en el que tienen lugar varias transiciones que son clave. Una transición política que aún espera su concreción en un Estado democrático de derecho en la que todavía está pendiente el establecimiento de reglas estables, niveles altos de representatividad y gobernanza democrática con eje en la sociedad. Una transición económica que encuentre los motores de un crecimiento competitivo, estable y abierto. Y una transición cívica que recupere la capacidad de la sociedad para presionar efectivamente sobre el poder político, tanto legítimo como fáctico. Más que caos, debiéramos ver en los signos del presente esa combinación de transiciones y construir consensos sobre las metas a alcanzar que permitan recuperar el horizonte por encima de los signos del caos.