ANALISTA POLÍTICOSONORA Y LOS PRESIDENTES DE MÉXICO

Desde que en 1943 el general Abelardo Rodríguez inaugurara los períodos de seis años de Gobierno en Sonora -por elección popular-, a los ejecutivos estatales de la Entidad les ha tocado gobernar tres años con un Presidente de la República y tres con otro. ¿Bueno o malo? Los hechos hablan.

A Rodríguez le tocaron tres años del Presidente Ávila Camacho y tres de Miguel Alemán. A su sucesor Ignacio Soto, los últimos tres de Alemán y los primeros de Adolfo Ruiz Cortines. A Álvaro Obregón Tapia, los últimos años de Ruiz Cortines y los primeros de Adolfo López Mateos; y así sucesivamente hasta llegar a los tiempos modernos de la alternancia, donde a Armando López Nogales como gobernador le tocaran los últimos tres años de un Presidente del PRI y los primeros tres de uno del PAN. A Eduardo Bours tres con Vicente Fox y tres con Felipe Calderón y a Guillermo Padrés los últimos tres de Calderón y los primeros del Presidente Enrique Peña Nieto, y el regreso del PRI al poder.

La relación cordial y amistosa entre un Presidente y un gobernador tiene mucho que ver con los apoyos para una Entidad. En el siglo XIX y principios del XX, la historia registra una gran relación personal entre Benito Juárez e Ignacio Pesqueira, y por más de 30 años, la de Porfirio Díaz con el triunvirato formado por Corral, Torres e Izábal, a grado tal de invitar a Ramón Corral Verdugo como jefe de Gobierno del Distrito Federal, secretario de Gobernación y vicepresidente de la República.

Madero nunca se olvidó de los grandes servicios prestados a la causa revolucionaria por el gobernador José María Maytorena Tapia. Lo ayudó como Presidente a resolver algunos graves problemas de Sonora. Lástima que el Presidente mártir sólo haya durado menos de dos años en el poder, pero por eso, y en parte, en Sonora ya estaba sembrada la semilla de la rebelión y el desconocimiento de un Presidente de facto como Victoriano Huerta, que de inmediato fue repudiado por los sonorenses actores políticos de la época que al final triunfaron en su causa.

Carranza, como jefe del movimiento revolucionario y Presidente de la República, tuvo en Obregón y Calles a sus mejores aliados en Sonora hasta que las pugnas por el poder los enfrentaron en 1920, con el saldo trágico de la muerte del Barón de Cuatro Ciénegas.

Las relaciones de los gobernadores de Sonora con el Ejecutivo federal entraron en grave crisis en la Presidencia de Huerta; en la rebelión de Sonora contra el Gobierno Federal en la Presidencia de Emilio Portes Gil, que tuvo como consecuencia la desaparición de poderes; otra vez la crisis con Lázaro Cárdenas por su pugna con Plutarco Elías Calles y la caída del gobernador Ramón Ramos; tensiones entre Román Yocupicio y Lázaro Cárdenas por las políticas sociales, obreras y campesinas del Presidente aplicadas en la Entidad; y una nueva crisis en 1975 con la caída del gobernador Biébrich, que por alguna razón perdió la confianza de un Presidente como Luis Echeverría, quien lo había impulsado en las etapas medulares de su carrera política.

Aún y con todo Miguel Alemán estuvo de visita en Sonora en tres ocasiones; López Mateos dos; Díaz Ordaz nunca; Luis Echeverría en 14; José López Portillo 10; Miguel de la Madrid nueve; Carlos Salinas de Gortari ocho; y Ernesto Zedillo seis. En la alternancia, Vicente Fox visitó Sonora en cinco ocasiones y Felipe Calderón en cuatro.

En esas visitas contaron el estilo personal de gobernar, las agendas, las políticas prioritarias, la química con el gobernador en turno y las amistades reales del Presidente en la Entidad. Ni más, ni menos.

En los tiempos de Presidentes y gobernadores del mismo partido -el PRI-, contaba mucho la eficacia política de éstos para no endosarle a la Federación la solución de problemas que les correspondían. No siempre lo entendieron.

También el deber de garantizar la estabilidad política de los estados para no atiborrar a la Federación de problemas, y mucho menos estar a cada rato argumentando que los problemas “federales” no los dejaban gobernar. Con eso eludían su responsabilidad y no asumían a cabalidad su papel, dejándole a la Federación el peso de los problemas y los costos políticos.

Así funcionó por muchos años el manejo de la política fiscal, educativa, agraria, de salud y de seguridad pública. Así fue también, y con excesos de la autoridad presidencial, el que muchos gobernadores dejaran el poder por decisiones centralistas.

Entre 1989 y el 2000, los dos Presidentes de la República del PRI tuvieron relaciones normales y aceptables políticamente con los 12 gobernadores de oposición que triunfaron en esos años.

En los tiempos de la alternancia, Vicente Fox trató de llevarla bien con los gobernadores del PRI durante sus primeros años, hasta que el panismo le reclamara “el que no fuera más agresivo con los priístas”, a los que una facción del PAN quería desaparecerlos del mapa político a nombre de la alternancia. Para combatirlos, Fox sacó aquello de los “70 años perdidos” y terminó por agarrar pleito con el jefe de Gobierno del DF, lo que le ocasionó la crisis política de finales de sexenio.

Felipe Calderón, furibundo anti priísta, no sólo trató mal a los gobernadores del PRI y el PRD. También les armó campañas negativas, les nombraba delegados federales sin avisarles, les promovió tránsfugas de militantes hacia el PAN, los persiguió judicialmente, les congeló inversión pública federal y se enfrentó directamente con algunos de ellos utilizando como armas el gasto federal, los procesos electorales, la seguridad y la coordinación fiscal.

Fueron célebres las afirmaciones de Ernesto Cordero, su secretario de Hacienda cuando revelara la estrategia para debilitar a Humberto Moreira, ex gobernador de Coahuila y entonces presidente del CEN del PRI. También ocurrieron persecuciones contra los ex gobernadores de Veracruz y Tamaulipas. Le atizó a generar problemas en Sonora estrangulando la inversión pública dando lugar a que el gobernador Bours creara el “Plan Sonora Proyecta”, y dividió políticamente a Sinaloa, Puebla y Oaxaca.

En el Gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto, las relaciones con los gobernadores empezaron bien con su inclusión en las principales líneas de acción del Pacto por México. Los gobernadores han cabildeado directamente con el Ejecutivo o con sus bancadas en el Congreso de la Unión y no les ha ido mal en el reparto de recursos y tampoco en la atención política a cada una de sus demandas.

Tradicionalmente, las visitas de un Presidente de la República a los estados tienen como finalidad principal el garantizar -y supervisar- que los programas y las políticas federales realmente se estén aplicando en las entidades, con independencia del color partidista que representen los gobernadores. Así ha sido siempre y así seguirá mientras no cambie la naturaleza del pacto federal y las facultades constitucionales del Presidente y los gobernadores.

Entre 1994 y el 2012 parte de la fuerza de la Institución presidencial pasó a manos de los gobernadores. Muchos de ellos aprovecharon para establecer sus propios espacios de poder, pero al tratar de consolidar cacicazgos, sus estados retrocedieron políticamente en lugar de avanzar. Mucha de la inversión federal fue desviada para otros fines y algunos de ellos no manejaron bien las políticas de coordinación electoral, educativa, de salud, deuda pública y de seguridad. Los problemas de endeudamiento, y la crisis de sus sistemas de pensiones son dignos de análisis caso por caso.

Hasta ahora ha sido la intervención federal directa la que se ha utilizado para tratar de corregir entuertos. Cuatro ejemplos: Un coordinador de la política federal en Michoacán, el nombramiento de enlaces entre la presidencia y los gobernadores, la centralización de la nómina educativa ante los vicios y la falta de coordinación, y las controversias constitucionales contra quienes se han querido pasar de vivos con la reforma educativa.

Desde luego que los Presidentes tienen su propia opinión del desempeño de cada uno de los gobernadores de los estados. Con información privilegiada le llevan con precisión el pulso político a la nación en cada punto de su geografía. Saben de aquellos que son eficaces políticamente y de los que no atienden su propia problemática. Saben con precisión de los que se enriquecen al entrar a los gobiernos y de aquellos que a cada rato le están endosando a la Federación los problemas de su responsabilidad. También están enterados de quienes gobiernan con cerrazón ante cualquier exigencia de libertades ciudadanas, y de aquellos que bajita la mano atacan sus políticas -como la reforma fiscal- tratando de descalificar a la Federación con intención político electoral. Los Presidentes de la República gozan de información de primera mano y se torna difícil imaginar que vivan en un mundo político distinto al de los gobernadores. No es así.

Un Presidente de la República no puede acudir a una Entidad a tratar de alabar como comparsa el trabajo de los ejecutivos locales que sólo cumplen con su responsabilidad. Tampoco a resolverles problemas que a ellos -los gobernadores- les competen, y mucho menos, tratar de involucrarse y asumir los costos políticos en los litigios locales que por incapacidad o indolencia oficial se prolongan demasiado. La autoridad presidencial en los estados, seguirá siendo el referente de unidad, conciliación, colaboración y apoyo, mientras el Federalismo real y auténtico -al que todos aspiramos- siga siendo una estación a la que México todavía no llega del todo bien. Así es y así será... por el momento.

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