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Por Cristina Pérez-S.
EL UNIVERSAL
CD. DE MÉXICO.- Dejaron atrás la ira, el sentimiento de venganza por lo ocurrido, y optaron por la continuidad de Héctor Alejandro en el tiempo, para que siga jugando, para que siga riendo. Decidieron donar algunos de sus órganos.
Rebeca Ramírez Rojas --su mamá-- le decía: “no te duermas, necesito que me cuentes lo que pasó”. Alejandro, su hijo de 12 años, no lograba mantener sus ojos abiertos, pero alcanzó a explicar que casi antes de terminar la última clase, cuatro amigos del salón le habían hecho el “columpio” (tomar a alguien de piernas y brazos, para arrojarlo lo más fuerte y lejos posible contra el cemento o la pared).
Explicó que él le gritaba a la maestra para que lo ayudara; pero ella seguía calificando un cuaderno y no le hizo caso.
Era el miércoles 14 de mayo. Alejandro ingresaría a urgencias del Hospital Infantil de Ciudad Victoria, Tamaulipas.
Fue la última vez que Rebeca y su esposo Francisco Javier Méndez Vargas lograron hablar con su hijo. Sólo podían verlo tres veces al día y durante escasos cinco minutos: a las 12 del día, a las 4 de la tarde y a la medianoche... pero Alejandro no volvió a despertar.
El diagnóstico fue traumatismo craneoencefálico severo, hematoma epidural, con hemorragia cerebral, y edema cerebral severo, explican los médicos.
Fue el 19 de mayo cuando el doctor Martín Arturo Rodríguez Alcocer, director del Centro Nacional de Transplantes de Tamaulipas, y un equipo médico se acercaron a la familia para informarles que su hijo tenía muerte cerebral, pero que su corazón seguiría latiendo por unas cuantas horas más.
Fue entonces cuando Rebeca hizo una pregunta que jamás pensó haría, según explica a El Universal. “Doctor: ¿Cómo puedo hacer para que mi hijo trascienda, para que continúe jugando como lo hacía. Para que siga viviendo. Para que aquí no acabe su vida?

Las córneas no
Fueron los médicos ahí presentes quienes intentaron dar respuestas, y plantearon la posibilidad de la donación de órganos bajo todos los protocolos que establece la Ley General de Salud en su capítulo II referente a donación.
Los padres de Alejandro decidieron donar todos los órganos que fueran viables, salvo sus córneas.
“No me pregunte por qué sus córneas no... debe ser porque son los ojos de mi hijo, y esos no quiero que los toquen”, dice Rebeca Ramírez con entereza.
Era el último encuentro. Rebeca se acercó a su hijo para prometerle que estaría fuerte y de pie para él, para que se hiciera justicia, y que su muerte no quedaría impune.
Y en eso está: hasta el momento han sido separadas de su cargo Denisse Serna Muñiz, maestra de Español, además de la subdirectora del turno vespertino Sara Luz García Garza, por haber incumplido el protocolo en este tipo de casos.
Rebeca y su esposo continúan asistiendo al Ministerio Público a rendir declaración, “las veces que sean necesarias y contra lo que venga”, afirma la madre de Alejandro.

Ya ‘dieron vida’
Rebeca supo que los dos riñones de su hijo “viven”, “funcionan”, en los cuerpos de una niña de 12 años, (la misma edad que tenía su hijo), y un joven de 19 años.