Mauricio Meschoulam

BOSNIA.- Jasan, sobreviviente del genocidio de Srebrenica en 1995, nos dice sin ninguna duda en su semblante: “Esta masacre no hubiese ocurrido sin la indiferencia del mundo. Miles de personas se hubiesen salvado con una intervención oportuna. No podemos permitir que eso ocurra nunca más.” Mientras Jasan habla, sin embargo, en Sudán del Sur, en pleno 2014, miles de personas mueren en masacres masivas a causa de la “limpieza étnica”. En Siria, miles de sunitas son asesinados por el régimen alawita de Assad mientras que miles de alawitas han muerto en crímenes masivos a manos de sunitas en el mismo conflicto. ¿Dónde estábamos mientras ocurría la tragedia de Srebrenica en 1995? ¿O en Auschwitz unas décadas atrás? ¿Dónde estamos en los Srebrenicas de hoy?
A lo largo de la historia, filósofos y autores han buscado explicar las causas de la violencia. Hemos producido reflexiones en múltiples direcciones. Desde la naturaleza humana hasta los sistemas sociales, desde la desconexión moral hasta la reconexión moral, desde la psicología hasta la economía, la sociología, la antropología o la Ciencia Política, todas nuestras formas de conocimiento parecen tener “respuestas” que explican los por qués. Pero la realidad es que a pesar de todo ese maravilloso cuerpo de reflexiones, no hemos sido capaces de detener las tragedias.
Ervin Staub nos ayuda con algunas claves. Su visión parece coincidir con la de Jasan, el sobreviviente de Srebrenica: no hay genocidio, limpieza étnica o religiosa posible, sin la existencia de espectadores pasivos (bystanders). El autor nos habla de la necesidad de activar a estos espectadores tanto a nivel internacional como a nivel interno. Desde su punto de vista, la comunidad internacional debería estar alerta a las “advertencias tempranas” y activarse para intentar fomentar condiciones de diálogo y resolución, mucho antes de que la violencia explote.
Sin embargo, siendo realistas, cuando ocurre un conflicto tan complejo como el sirio, se producen circunstancias que desincentivan cualquier activismo de los “espectadores” internacionales: (a) A veces, el conflicto se complejiza, se multiplican los actores enfrentados y los crímenes cometidos a manos de todas las partes, (b) A veces, los actores internacionales no sólo no ayudan a desactivar la espiral de violencia, sino que alimentan de manera directa o indirecta el conflicto, lo que obedece a una cantidad de intereses muy difíciles de detener, (c) Ello paraliza la eficacia de los cuerpos internacionales como la ONU, (d) La gente culpa a estos organismos como inservibles y deja de creer en ellos, (e) Al mismo tiempo, los medios y las audiencias se cansan de la prolongada cobertura de conflictos que parecen no tener final, se pierde el interés y ello favorece la comisión de más crímenes a manos de distintos perpetradores.
En suma, el ciclo de la generación de espectadores pasivos a nivel global parece alimentarse de la eternización de los conflictos, la falta de eficacia de los cuerpos internacionales, y la indisposición de los actores y las potencias para resolver cualquier cosa que rebase a sus estrictos intereses.
Pero si esto es correcto, no hay alternativa sino empezar al revés. Las potencias sólo se sentirán incentivadas para desatorar la ineficacia de los organismos internacionales si tuviesen algún interés en ello. Ese interés, quizás, al menos en parte, podría originarse en el centro de nuestras sociedades y en una activa opinión pública generando presión. En palabras más simples, si algún día queremos detener los Srebrenicas del mundo, las respuestas están mucho más cerca de nosotros de lo que creemos y pasan por la concientización de nuestro propio entorno, del País, de la región, del continente y del planeta en que vivimos.