Narra Mamá Rosa su vida desde la niñez hasta el día en que cayó el operativo en el Albergue ‘La Gran Familia’


Por León Krauze

EL UNIVERSAL

CD. DE MÉXICO.- Rosa del Carmen Verduzco, conocida como Mamá Rosa, se sincera ante León Krauze, a quien confiesa que desde los ocho años gustaba de jugar con niños de la calle y a los 13 dio el paso y adoptó al primero.

El periodista entrevistó para la cadena Univisión -cuya reproducción fue autorizada a publicarse en El Universal- a esta controvertida mujer, quien el próximo 24 de agosto cumplirá 80 años. En la charla, Mamá Rosa explica su visión de la vida, de la educación, de la familia.



¿Cómo empezó usted esta misión?

Desde los 8 años me gustaba andar ya con chavos. Daba catecismo en la Catedral. Después, entré a una congregación que se llamaba la Elección de María. Yo era la presidenta. De ahí me dedique a andar con chavos de la calle y en cosas de los apostolados. Entonces me nació la idea de tener un hogar para ellos.



¿Qué edad tenía usted?

13 años. Lo que me decidió a recibir el primer chavo fue que un circo se fue de Zamora y dejó abandonado a un chavo. Ese chavito fue al seminario para ver si lo dejaban vivir y ahí lo remitieron conmigo que era la presidenta de la asociación. Hablé con mis papás para que me dejaran tenerlo.

Entonces en un hotel lo dejaron dormir. Vino otro chavo y también les dije a mis papás que lo quería tener y también le dieron de comer ahí y también se iba a dormir. Fue pasando el tiempo y vinieron otros. Entonces ya fui sintiendo la necesidad de que mis chavos tuvieran su propio espacio.



En este principio ¿eran niños abandonados, huérfanos, de la calle?

De la calle, niños ordinariamente muy buenos, pero de la calle.



¿A sus padres les sorprendía lo que usted estaba haciendo?

Creo que pensaban que yo estaba loca y yo no discuto ese pensamiento. Creo que acertaron. Nos prestaron una casa a una cuadra de la mía y ahí comenzamos a tener nuestro propio espacio.



¿Usted y cuántos otros niños?

Ya tenía como siete. Empezamos a tener nuestro propio espacio, a ser más independientes y a tener la necesidad de trabajar para comer.



¿Cómo se hicieron de dinero entonces?

En cuanto me fui de mi casa apareció un ángel guardián que se llamó Conchita Ramírez que me dijo: “no te preocupes: yo diario te voy a mandar un pan y un plato de caldo para todos”. Luego llegó otra persona y me dijo que era dueño del gas de Michoacán: “te vengo a traer una estufita y un cilindro”. Luego empezamos a hacer gelatinas y nos íbamos a venderlas. Eso fue en Hidalgo 37, junto a mi mamá. Crecimos y ya no cabíamos. Entonces mi mamá me prestó otra casa y ahí llegamos a ser como cien.



¿Entonces su madre le presta otra casa?

Sí. Otra casa y ahí empezamos a recibir niñas. Porque primero eran puros chavos...



¿Cuándo se mudan a la casa que tienen ahora?

Mi mamá y mis parientes ricos me dieron para comprar un terreno por ahí del ’61.



¿Usted siempre concibió la casa también como una escuela?

A partir del ’56 o ’57 ya teníamos a los chavos dando clases en la casa. Pero no teníamos sistematizada la educación. Ya en el ’63 logramos la incorporación a la SEP y empezamos a extender certificados. Son 51 años con una escuela dentro de La Gran Familia.



Con el paso del tiempo, ya con cientos de niños, ¿cómo se mantenía la casa?

La gente nos apoyaba.



¿Cuál ha sido su relación con el Gobierno?

Muy buena. La SEP nos pagaba los maestros. El Seguro Social nos da la salud. De lunes a viernes teníamos médico del seguro. Todas las mañanas, los doce meses del año, desde 1977. Antes íbamos al IMSS y luego el IMSS decidió mejor ir a nosotros. Después tuvimos nuestro propio consultorio dental y nos daban un pasante del Seguro.



Hablemos del operativo de la semana pasada. ¿Qué recuerda?

Nada más recuerdo que llegó una persona, se plantó frente a mí, me dijo que era de la policía de la República (sic) “Vengo a hacer una investigación, dígame con quién me puedo entender”. Entonces ya voltee y vi como 135 personas adentro de mi casa, muchos de ellos armados. Me preguntaron si me sentía bien. Les dije que sí. Me presentaron a un paramédico. Les dije que no necesitaba ningún cuidado. En ese momento quedé retenida.



¿En dónde? ¿En qué parte de la casa?

Me dijeron que fuera a mi pieza pero como me sentía bien me fui a un cuarto donde hay cosas de música y computadoras y ahí estuve sentada. Ya no me permitieron pararme.



¿Le sorprendió el despliegue de fuerza?

Nunca había visto un despliegue de tanta fuerza en mi vida; en la calle, en ningún lado. Ni en la tele.



¿Ha cambiado con el tiempo la composición de los niños de la Gran Familia?

Completamente. Ahora los niños ya no son huerfanitos, ni venden periódico o gelatina. Ahora los niños vienen por problemas más que familiares por problemas de conducta. Mató a alguien, le cortó un brazo a su padrastro, que anda en la prostitución...



La Gran Familia era para los desposeídos y ahora es más para los severamente conflictivos. ¿Cómo se dio ese cambio?

Es más difícil a los que presentan alta peligrosidad que tener a los que nada tienen.



¿Y por qué aceptó usted ese cambio, que derivó en otros retos?

Fue paulatino.



¿Quién se los llevaba?

¿Quién te puede llevar a ese tipo de niños?

El DIF, sus padres, el Gobierno, los gobiernos... ¿estoy en lo correcto?

Totalmente.



Rosa, se ha dicho que su disciplina era muy severa.

Yo soy dura en la vida.



¿Por qué?

Pues me hice dura. Y yo sé que sin disciplina no hay nada. ¿Quieres ir a la escuela? ¿No? Pues te me vas a la escuela a la voz de ya. Si trabajas o no trabajas en el salón ese es problema del maestro de la SEP, pero mi problema es meterte y sentarte en el banco. Si te duermes, no es mi problema. Pero como tu madre yo te meto a la escuela.

¿Ese tipo de disciplina incluía golpear a los niños?

Uy, yo era muy buena para el soplamocos (se da una leve cachetada), para el sopapo.



¿Por qué cree usted que eso es parte importante de la disciplina con los niños que usted tenía?

Pues porque también es parte importante de una línea afectiva.



Explíqueme...

¿Tú has oído el dicho “si no pegas no quieres”? No porque los corrigiera los iba a dañar.



¿Y los niños cómo respondían?

Me movía por toda la casa rodeada de una pléyade de chiquillos junto a mí, los adolescentes rebeldones, los grandes inquietos.

Se dice que la Gran Familia metía a los niños en un cuarto llamado el Pinocho, los encerraba y no les daba de comer.

Pinocho es la enfermería. Tiene tres literas. Y metíamos a los que tienen hepatitis, a los que no pueden caminar o están lastimados. ¡Porqué si no se iban a jugar futbol! Sus alimentos estaban a cargo de la cocina las tres veces al día.



¿No se usaba ese lugar para recluir niños?

No. Es la enfermería. Cuando llegó el operativo había dos. Uno estaba por una herida en un brazo y otro por una patada en una espinilla.



¿Cómo era un castigo, entonces, en la Gran Familia?

Si tú te portabas mal en la escuela, te reportan y te sacan a hacer sentones (sentadillas) en el patio principal delante de toda la gente.



Como militar... Entonces, ¿la manera de mantener el orden es la mano dura?

Sí. Mira, si yo voy al comedor y un chiquillo me dice “fulano se agandalló mi pan”. Yo lo diviso, lo saco del comedor. Y me puede decir “ya le voy a regresar el pan”, yo le contesto: gracias, pero te sales y ahora yo me agandallo tu lugar.



¿Usted les daba comida caduca?

Vivimos en dos mundos diferentes. El mundo que come en Sanborn’s o en los restaurantes muy famosos y el mundo que come las tortillas frías, los frijoles, en un piso de tierra. La gente que tiene un nivel de vida muy alto piensa que tomar un refresco vencido es muy malo. Yo apenas llevo comiendo así 80 años y me encuentro sana.



¿Algunas cosas estaban caducas pero no las básicas, entonces?

Luego nos llevan muchas cosas que ni nos sirven y las tenemos ahí. Nuestro error fue no tirarlas.



Y eso daba un aspecto de caos, Rosa.

Así es. Nos faltó gente para estarlas sacando en cuanto las llevaban.



¿Quién hacía la limpieza en la casa?

Los niños. Había encargados por secciones.



¿Entonces toda la limpieza de la casa la hacían los propios habitantes de la casa?

Sí.



¿Eso fue un error, piensa usted?

No. Pienso que hay que enseñarse a servir a los demás desde el principio.

La casa estaba muy sucia: había chinches, ratas...



¿No has visto tú una rata en tu casa? No era diferente a la vida de la ciudad. Lo que pasa es que una persona que luce una bolsa Cartier le va a parecer que mi falda es corriente.



La ropa. Había bodegas con ropa nueva...

En septiembre les damos la ropa para el curso. Los zapatos los cambiamos cada semana, los sábados. Pero si tú lo rompes con un cutter o si los pierdes es tu problema. No te van a dar zapatos nuevos para que te vayas otra vez y le metas el cutter y lo despegues. Te vas a esperar a que a otro se les acabe.



¿Usted les hacía pedir limosna?

Nosotros hacemos una colecta anual para recabar alrededor de un millón en feria. Los niños van por las banquetas y van llevando lo que la gente nos da. Eso sí hacíamos con diez niños que casi siempre eran los mismos.



Se dice que tenían una tienda de raya...

Los niños podían comprar cosas con vales y podían comprar lo que quisieran. Paletones, malvaviscos o hasta jabón.



¿Qué podían hacer ellos para ganarse esos vale?

Pues tocaron muy bien en el estudio del maestro, tenían muy limpia su área...



¿Dónde vivía usted?

Vivía en la casa con ellos y tan modestamente como ellos. Un librero, una televisión, un mueble con cajones. Ahí adentro dormíamos cuatro. Tenía baño. Pero no jacuzzi, como dijo alguien por ahí.



¿Por qué los dormitorios tenían barrotes?

Teníamos hombres y mujeres. Mis chavos no son santos. No me voy a correr el riesgo de que las embaracen a todas. Los salones de clases también tienen barrotes para que no se metan a robarse los materiales.



¿Pero se ve como una cárcel?

Puede ser. No los dejábamos andar mucho en la calle pero adentro estaban libres.



¿Y por qué no los dejaban salir con toda libertad?

Porque son muy proclives a la droga y a todas esas cosas.



Se ha dicho que usted establecía contratos notariales, ilegales en los que les vendían a los niños...

No. Dejaban la tutela en la casa. Nunca me los vendieron nunca di ni un centavo. De hecho la inscripción valía. Antes diez pesos, últimamente más. Y había cuotas de recuperación: fluctuaban entre tres y 100 pesos mensuales.



¿Cómo eran esos procesos con los padres? Mire, aquí quiero dejarle a este niño...

... Porque no lo aguanto, porque se droga, no me regresa a dormir, roba, me vendió la televisión, le dio un balazo a tal persona. Yo apuntaba en una tarjeta lo que el señor me decía. “¡No me lo vaya a dejar escapar!” “¡Le tengo miedo!”



¿Qué hacía usted?

Nada. Déjemelo. Vaya a firmar el convenio. Traiga su credencial de elector, los papeles del niño, cartilla de vacunación. Porque todos los niños estaban vacunados y con atención médica.



¿Cómo funcionaba ese contrato a detalle?

Ahí decía qué días de visita tenía, cuánto iba a pagar. Pero luego la gente ya no venía.

¿Por qué quería usted que le cedieran la tutela en un contrato notariado?

En primer lugar porque este no es un internado ni una guardería de que te llevo en la mañana y voy por ti en la tarde. Somos una familia. No vamos a estar rompiendo diario la vinculación con la familia. Ya vinieron por fulano, ya vinieron por mengano. A quien se los quería llevar les decíamos que hiciera una petición por escrito que se iba a considerar y le decíamos que tenía que pagar los gastos del niño dentro de la institución, que nunca excedieron de 20 o 30 pesos al día. Y ese dinero era ingresado a la institución.



Pero a ver, si usted aceptó un niño de 7 años y una madre llega nueve años después y dice “bueno ya quiero a mi hijo”

No se lo doy.



¿Por qué?

Porque también es mi hijo y además porque debemos esperar a cumplir el convenio. Y luego muchas veces el chiquillo dice que no se quiere ir.



¿Y si el niño hubiera dicho que sí se quería ir?

Tampoco lo hubiera dejado porque tenemos un convenio. Si no, que fueran al juzgado e iniciaran un juicio.



Pero Rosa, esa mujer era la madre biológica...

Pero es más madre la que cría que la que engendra.



¿Y cuántos hijos tiene, Rosa?

No sé. No es cosa que me quite el sueño. Sé más o menos cuántos chavos han pasado por la casa: unos 4 mil. Pero siempre pensé que todos tenían que ser iguales. Los que eran y los que no eran. Nunca tuve un hijo propio y ganas no me faltaron. ¡Y tenía yo gallo! Pero qué hubieran hecho los otros de sentirse desplazados por un hijo propio de su mamá y ellos no.



¿Cuál es el futuro de los niños?

No sé.



¿Y de la Gran Familia?

Ellos me dijeron que se acabó.



¿Usted está conforme con eso?

¿Qué puedo hacer? Cuando viene la carta marcada, no hay nada que hacer.



¿Qué piensa usted cuando imagina a sus 6 hijos detenidos hoy?

Pues pienso que algunos están sufriendo por algo que no hicieron. Sólo por serme leales y fieles.



Y si en alguno de esos casos la ley descubre que existió un crimen, ¿usted respetaría ese veredicto?

La ley tiene que averiguar y cumplir con lo que tiene que hacer. Yo podría ser madre del asesino del Papa. Y lo pondría como al perico... pero soy su madre. Tengo que ir a verlo, decirle que lo quiero. La ley es la que tiene que castigar.



¿Se arrepiente de algo?

Todos nos arrepentimos de algo. Por ejemplo si yo les fallé con omisión de cuidados a los niños no sólo me arrepiento sino que me duele. Y les digo: perdónenme.



¿La edad terminó por pesarle a usted?

Alguien me dijo hace poco: “tu pecado, Rosa, ha sido envejecer”. Mis fuerzas menguaron y hubo cosas que no pude vigilar.



¿Qué es lo que la gente desconoce de lo que usted ha hecho? ¿Se ha malentendido ese mundo de donde usted viene?

Yo creo que hay diferentes parámetros de medirlo. Cada quien habla en la feria como le va en ella. El mundo de los desposeídos es muy duro. Naciste sin derecho a la salud, a la educación. Y te vas a morir sin él.