Rosaura Ruiz

En 1970 el bioquímico estadounidense V.R. Potter retomó y popularizó el término de Bioética en su artículo “Bioethics, the science of survival” publicado en la revista “Biology and Medicine”. Dicho texto se volvió un referente obligado desde su aparición y su lectura es indispensable para quien esté interesado en las reflexiones y debates surgidos en el seno de esta nueva disciplina.
El planteamiento de Potter es, a grosso modo, que la humanidad tiene la necesidad urgente de una nueva sabiduría que le provea “el conocimiento de cómo usar el conocimiento” y que le permita construir los medios para asegurar su supervivencia, así como para mejorar sustantivamente la calidad de vida de todos los individuos. Resulta sumamente interesante y pertinente este concepto de la sabiduría como una guía para la acción –el conocimiento de cómo usar nuestros conocimientos para un bien social- y es precisamente desde aquí que Potter intuye y propone su idea de construir “una ciencia para la supervivencia”, basada en los conocimientos de la biología, pero que rebase las fronteras tradicionales de la misma incluyendo los elementos más esenciales de las ciencias sociales y humanidades. Esto es, una ciencia interdisciplinaria que, al tiempo que pone énfasis en la filosofía en su sentido más estricto, el del “amor por la sabiduría”, se constituya por dos componentes fundamentales: el conocimiento biológico y los valores humanos. De ahí que Potter nombre a esta ciencia de la supervivencia como Bioética (que etimológicamente se compone de los vocablos griegos bios –vida- y ethos –costumbre, carácter, conducta-).
En la actualidad, la reflexión bioética sigue avanzando por los cauces que Potter vislumbró, aunque evidentemente ha encontrado otras vetas de investigación y aplicación de sus conocimientos. La bioética se dedica, principalmente a examinar la naturaleza del conocimiento humano y sus limitaciones, a desarrollar un conocimiento realista de la naturaleza biológica del hombre y del mundo, así como a equilibrar los apetitos culturales contra las necesidades biológicas en términos de política pública (ya Potter denunciaba que el sector científio-tecnológico mundial estuviera dominado por la política militar y por una visión mercantil con énfasis exagerado en la producción irracional de bienes materiales, muchas veces innecesarios y costosísimos en términos ecológicos). Esto con el fin principal de generar la sabiduría que nos permita encontrar el modo de asegurar la supervivencia de la humanidad y de la vida toda en la Tierra.
Para lo anterior es forzoso superar la especialización fragmentaria del conocimiento, lo que el filósofo español Jesús Mosterín llama “el espejo roto del conocimiento” y lograr que ciencia y filosofía se conjuguen generando una nueva cosmovisión que nos permita construir mejores condiciones de vida, coexistir armónicamente con todas las especies y que nos dirija a la sustentabilidad. Una de las tareas fundamentales de la bioética es ayudarnos a superar el antropocentrismo que, frecuentemente, degenera en falta de sensibilidad moral hacia las criaturas no humanas y a una concepción de la naturaleza como mero objeto de explotación.
Actualmente la humanidad encara retos inéditos, por ello Mosterín plantea que se ha de recomponer el “espejo roto de la investigación especializada” para encontrar las soluciones que requerimos de manera global, empleando todos los conocimientos que la ciencia proporciona y encarando sin prejuicios las problemáticas de nuestro siglo. La bioética, puente entre ciencias y humanidades, es el mejor catalizador para esta tarea y sus postulados bien pueden funcionar como el nuevo norte que guíe nuestra conducta.