Banner

Ramiro Antonio López
Volteando a ver a los que son invisibles



Cada tarde al volver de mis clases en el Colegio de Sonora y pasar por Catedral, veo como un nutrido grupo de personas se reúnen en los rincones y espacios que encuentran buscando un refugio para pasar la noche. La escena se repite en lotes baldíos y en los parques públicos ubicados en el centro histórico de la ciudad. Un gran número de personas, malolientes en su mayoría, vistiendo ropas desgastadas y sucias, con un aspecto que el común de nosotros consideraríamos desagradable deambulan por estos lugares buscando un sitio dónde dormir o apelando a la caridad de los peatones para poder alimentarse.
Para la mayoría sin embargo, estas personas pasan desapercibidas, como si su condición de indigentes los hiciera invisibles o en el mejor de los casos los vemos como drogadictos, delincuentes, o como un foco de inseguridad. También es posible que les demos algunos pesos y con ello nos sintamos generosos y con la satisfacción haberle hecho un favor a un desvalido.
Sin embargo, pocas veces nos tomamos el tiempo de reflexionar en las circunstancias que pueden llevar a una persona a convertirse en indigente, lo más fácil es estigmatizarlos como seres improductivos, indeseables y hasta peligrosos.
Hasta hace unos días aceptaba que las personas sin hogar eran un componente inevitable las ciudades. Sin embargo, recientemente conversé con Jonathan McLane quien durante los tres últimos años, y después de ser pequeño empresario, eligió vivir como indigente y se ha dedicado a luchar por los derechos de los homeless en Tucson, Az. y a hacer más visibles a estas personas. Durante casi tres años ha peleado legalmente para que los derechos de los marginados sean respetados y el Estado asuma su responsabilidad ante ellos. McLane me platicó de las diversas organizaciones que apoyan mediante alimentación, ropa, servicios de salud, así como albergues a las casi siete mil personas que viven en las calles en Tucson. Él incluso ha obtenido patrocinio para viajar a Portland y aprender cómo esta ciudad está manejando de manera exitosa el problema de los indigentes, para luego tratar de implementar ese mismo sistema en Tucson.
Esta conversación me hizo reflexionar acerca de la situación de los indigentes en México. Me hizo surgir algunas preguntas al respecto: ¿Cómo los vemos? ¿Qué hacemos por ellos como sociedad? ¿Cuáles son las formas en que el gobierno aborda esta problemática social? ¿Existen programas públicos o privados que les ofrezcan servicios?
El Artículo cuarto de la Constitución Mexicana en sus diferentes fracciones establece y garantiza el derecho de toda persona a la salud, la alimentación, a un medio ambiente sano para su desarrollo y bienestar, así como a la vivienda digna. Es decir, el Estado se obliga a establecer las bases y mecanismos suficientes para garantizar el ejercicio efectivo de los mexicanos a estas prerrogativas. Sin embargo, cuando uno observa el gran número de personas que viven en las calles sin ningún tipo de protección resulta evidente que el Estado no está cumpliendo con tales garantías.
Considero que tanto el gobierno como la sociedad a través de ONG´s o asociaciones civiles tenemos la responsabilidad de prestar atención a este problema y generar programas y condiciones que permitan que las personas que por diversas circunstancias se han convertido en indigentes puedan encontrar apoyo para atender sus necesidades primarias y a la vez reorientar el curso de sus vidas para que puedan incorporarse a la comunidad como ciudadanos productivos.
Así que la próxima vez que veamos a un indigente intentemos verlo como un vecino, como el ser humano que es y reflexionar en cuáles fueron las circunstancias que lo llevaron a la calle, cuál es su historia; pero sobre todo, reflexionemos en cuanto a qué estamos haciendo tanto a nivel individual como colectivo para lograr un cambio en su vida.