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Narra migrante su vía crucis en México para llegar a Estados Unidos

Por Mariana León

EL UNIVERSAL

CD. DE MÉXICO.- Armando Medina tenía 10 años cuando migró por primera vez a Estados Unidos. Salió por la violencia que había en su País, Honduras, y porque dos veces grupos del crimen organizado intentaron reclutarlo.

Llegó hasta Arizona, pero ahí agentes estadounidenses lo regresaron a su lugar de origen. Tiene 23 años. En 2012 volvió a intentar cruzar la frontera, pero el aumento del crimen en el mismo camino de hace casi diez años hizo que se quedara en México.

“Yo aquí he vivido abusos del Instituto Nacional de Migración (INM) y también de los delincuentes, de la misma gente que vive en este País, no toda, pero algunos sí lo han hecho. El sufrimiento para los niños es más grande, porque vienen sin protección, sin su familia, reciben abusos físicos, verbales, sexuales, también los golpean y algunas veces los matan. Es más fuerte para ellos, les deja marcas psicológicas”, cuenta Armando.

Junto con otros migrantes y organizaciones de la sociedad civil concluyeron el viernes pasado su ayuno de siete días frente a las oficinas del INM, ubicadas en la avenida Ejército Nacional, en la Ciudad de México.

Lo hicieron para pedir por mejores condiciones en los centros de detención de los gobiernos y para que exista un mejor trato para los niños que intentan llegar a Estados Unidos. El ayuno se hizo a la par de más personas en territorio estadounidense, que también piden que se atienda la crisis humanitaria de menores no acompañados.

Con un Padre Nuestro rogaron por la seguridad de los niños que aún intentan cruzar la frontera Norte.

En un comunicado expresaron que “el éxodo de la niñez es por la violencia, marginación y corrupción que viven en sus comunidades, pero los migrantes dicen: no más silencio. Los gobiernos de origen, tránsito y destino deben tratar a los niños con respeto. Las autoridades no pueden quedar satisfechas sólo con poner caras de preocupación, hacemos un llamado a la sociedad civil para que hagamos un esfuerzo y que se corresponsabilicen fuera y dentro de su territorio”, explicaron.

Armando cree que a su Gobierno, a los de México y Estados Unidos no les importa la suerte de los niños.

Elvis Ariel Garay fue detenido el año pasado en la estación migratoria de Iztapalapa. Proveniente de Nicaragua llegó hace cinco años a México. Tenía sus documentos en orden, pero cuando venció uno de sus permisos los agentes llegaron por él.

En el centro del INM sufrió violaciones sexuales y amenazas. Acudió a la Secretaría de Gobernación (SEGOB) y ahí le dijeron que se enfrentaba a un monstruo y que dejara de intentarlo.

“En el centro yo vi mujeres que las sacaban a las 12 de la noche y las reingresaban antes de las seis de la mañana, antes del cambio de horario, las obligaban a prostituirse. Los mismos agentes cometen actos de violación sexual, también trabajan con la ‘mara’, por eso yo decidí denunciarlo y me amenazaron de muerte”, refiere.

Relata que “dijeron que yo estaba contra un monstruo, que era un insignificante migrante. Después me torturaron, me violaron sexualmente, pero no me callé. Me deportaron y regresé con Paloma Guillén, de la Secretaría de Gobernación, y ella me rectificó lo mismo: que estaba solo contra un Gobierno completo. Desde ahí empezó mi historia, por eso me uní al albergue del padre Solalinde”.

Explica que los niños son más vulnerables en las estaciones, “si como adultos se sufre esto y apenas se soporta... ¿cómo puede sobrevivir un menor?”, se pregunta.

Hamilton Hernández es de Guatemala, dice que se quedó a ayudar a otros centroamericanos en el País porque conoce los problemas que se sufren.

“Yo no pienso seguir mi camino cuando sé que muchos niños pasan injusticias, ¿con qué corazón voy a llegar a Estados Unidos? Los migrantes no están solos y queremos cambiar las leyes, las cacerías que hacen en el Sur, pueden poner un chin... de retenes, pero así no se frena la migración, la única forma es que los gobiernos inviertan en educación, que haya mejores empleos y más oportunidades en cada País”, dice.

Paola Quiñones es hondureña, tiene 21 años. El mes pasado fue secuestrada en México cuando intentaba cruzar a Estados Unidos, por eso ahora tiene una visa humanitaria para trabajar en el País, aunque todavía no encuentra una oportunidad. Dice que se unió al ayuno porque no quiere que su hija pase por lo mismo que ella pasó. “Lucho por ofrecerle a mi hija el castillo que ella quiere, que es un mejor futuro”.