Política: Moral y Responsabilidad

El mismo día que explotó el escándalo que involucró a Cuauhtémoc Gutiérrez De la Torre, el dirigente del PRI en el Distrito Federal, el CEN del PRI comunicó la separación del cargo del dirigente, en tanto las autoridades de justicia integraban la averiguación del caso para deslindar responsabilidades sobre la denuncia que lo involucraba en el tráfico de mujeres en una empresa presuntamente dedicada a la contratación de edecanes.

Con el tiempo, la dirigencia nacional del PRI se vio en la necesidad de elegir a un nuevo dirigente del partido en la Ciudad de México y a turnar el caso de Gutiérrez a la Comisión de Justicia Partidaria, para que en su momento determinara la sanción correspondiente.

El dirigente nacional del PRI César Camacho ha revelado que la investigación avanza y que pronto se tendrán noticias sobre el fallo de la instancia de justicia del partido, eso sin descartar que la autoridad judicial también proceda en torno a la evolución del caso.

En cuanto se dio a conocer el video que mostraba a varios diputados federales del PAN, encabezados por su coordinador en San Lázaro Luis Alberto Villarreal, involucrados en una animada fiesta en Puerto Vallarta, el dirigente nacional del PAN Gustavo Madero Muñoz se vio obligado a declarar que dicho comportamiento tendría “consecuencias”, porque todo lo que “afecte” la imagen del partido debe corregirse.

Dos días después, tanto el coordinador Luis Villarreal (“nos tendieron una trampa hecha por profesionales” ¿Los moches también?) como el vice coordinador parlamentario Jorge Villalobos fueron destituidos por el dirigente nacional del PAN. El ex Presidente Felipe Calderón afirmaría: “Me da tristeza y pena, yo lo que veo, un proceso de degradación y descomposición moral y de corrupción que no sé que límite pueda tener. Pena y vergüenza, no hay nada más que decir”.

No le falta razón a Calderón,pero es el mismísimo PAN con el que él llegó a la presidencia y al que intentó controlar sin éxito al final de su sexenio.

En su momento, al PRD lo golpearon los escándalos a base de videos; por ejemplo, cuando el affaire ligas, que involucró al ex dirigente partidista René Bejarano llenando sus bolsas con pacas de dólares proporcionados por el empresario Carlos Ahumada.

También el caso del entonces secretario de Finanzas del Gobierno de la Ciudad de México con López Obrador, Gustavo Ponce Meléndez, filmado al estar apostando en Las Vegas durante tres noches seguidas.

Al Partido Verde Ecologista lo afectó la demanda contra su dirigente nacional por presuntos cobros de comisiones por licencias de construcción en zonas de reserva ecológicas en Cancún, también.

En la alternancia, Néstor Moreno Díaz quien fuera subdirector de la CFE recibió entre otras, el yate Dream Seeker y un Ferrari “Spider” de regalo a cambio de favores en 19 licitaciones de una empresa norteamericana.

El yate, exhibido por los medios atracado en el puerto de Acapulco, fue durante meses una prueba visible de que la corrupción y los escándalos políticos no eran exclusivos de Gobierno o partido alguno. Por lo visto,a todos les ha tocado su parte y nadie puede presumir excepciones.

Grave también para la crisis de credibilidad han sido los casos de los gobernadores de los principales partidos políticos envueltos en escándalos de enriquecimiento personal y familiar con recursos públicos. Ahí están los casos más sonados en la atención permanente de la opinión pública, de los ex mandatarios incluyendo en varios casos, a algunos todavía en ejercicio.

El ejercicio del poder expone a todos los actores sin excepción, a los vaivenes y riesgos, a conflictos de intereses y a la competencia aderezada con guerra sucia que nunca ha reparado en manejar información comprometedora para eliminar o perjudicar adversarios.

Eso no ha sido raro en México. Se trata de una práctica cotidiana donde la libran aquellos acusados sin sustento, y caen sin remedio quienes no pueden negar ni la evidencia de los hechos denunciados, ni los bienes recibidos, o las pruebas de escándalos filmados y documentados.

Algunos enfoques tratan de demostrar que se trata más de “un escándalo moral que político”; que el ejercicio de las libertades individuales no riñe con la libertad de quienes pueden optar al momento que deseen por divertirse donde quieran y con quien quieran.

Desde luego, que no le falta razón a quienes así piensan, si se tratara de gente común y corriente desvinculada de asuntos públicos y de Gobierno que costeara con sus propios recursos las fiestas y las diversiones.

El problema es diferente y se ve con otra óptica cuando los señalados son servidores públicos de los distintos órdenes de Gobierno que se manejan con recursos públicos, que están a cada momento en los reflectores y que con sus acciones públicas y privadas enlodan a sus partidos de origen, por el hartazgo ciudadano que existe en relación con la larga cadena de impunidad que -se percibe- siempre se ha registrado en el terreno político.

Quien desempeña un cargo público está obligado a cumplir con lo establecido en las leyes que protesta acatar y hacer cumplir a la hora de tomar posesión del cargo, de eso no hay duda, que lo hagan, es otra cosa. Existe un arraigado sentimiento popular de que hagan lo que hagan los políticos, “nunca les pasa nada”, por más que se les señale y se les pruebe, nunca se les toca ni se les somete a proceso, en comparación con la enorme cantidad de ciudadanos sin poder que a cada rato se enfrentan a procesos judiciales por los detalles más mínimos. Todo eso a pesar de las distintas reformas al Título Cuarto Constitucional, a la ley de responsabilidades de los servidores públicos y las más recientes a las legislación de amparo.

A escasos meses de las elecciones del 2015, las dirigencias nacionales del PRI y el PAN han actuado con prontitud y eficacia antes los recientes escándalos que realmente los lesionaron a los ojos de la opinión pública.

No han sido problemas morales o-por más que así parezcan- de ingenuidad política los que han enfrentado. Son situaciones prácticas, de riesgo político, que de no actuar con rapidez podrían rebasarlos y hacerlos perder todavía más la confianza ciudadana a menos de 10 meses de la elección del 2015.

Al relevar de sus cargos a los actores de los escándalos, han cortado de tajo una parte importante de los efectos perniciosos que le servirían de pretexto a sus adversarios e incidirían negativamente en la actitud de los votantes.

Tanto Gutiérrez como Villarreal, Bejarano y los ex gobernadores sujetos a proceso han dañado con sus desplantes y excesos seriamente a sus partidos, en tiempos donde la competencia política se torna más intensa,competitiva y con un nuevo tipo de votante más exigente y participativo.

Los candidatos de los partidos inmersos en esos escándalos, el próximo año no tendrían por qué cargar con culpas de algunos de sus militantes traducidas en animadversión contra los partidos. Tampoco deberían estar sujetos al señalamiento constante de impunidad e indolencia política.

No se trata de un problema de índole moral. Se trata de decisiones que conllevan eficacia política. De mensajes a los ciudadanos que esperan se actúe contra quienes violentan y ensucian los procesos en los partidos.

Decía un viejo filósofo que “aquellos a los que no les guste el agua salada, que no se metan al mar.” Tenía razón. Quien se mete a la política, si no sabe a que atenerse o ignora lo que puede sucederle, está perdido. Lo mismo si ignora que en México una parte de la política se hace a navajazos. Que no se quejen de conspiraciones o de tramas urdidas o de que una fiesta no riñe con el ejercicio de las libertades. El problema no es ese. Se trata de algo más allá; El hartazgo ciudadano y la crisis de confianza y credibilidad que la sociedad experimenta contra la clase política.

Ante problemas nuevos,nuevas soluciones, si no quieren que el votante les recuerde en las urnas sus errores y omisiones. Ahí está el detalle.

En elecciones anteriores,tanto el PRI como el PAN y el PRD han pagado caro algunos excesos de militantes controvertidos que se sintieron intocables. Ahí está el verdadero fondo de la cuestión. Más allá del relativismo moral aplicado en el debate público a los casos recientes, está la búsqueda de eficacia política y la legitimidad de los partidos que buscan su fortalecimiento libre de obstáculos de cara a las próximas elecciones, y en eso, por lo que se ve, los líderes de los partidos no van a reparar en gastos.

Mucho trabajo tienen por delante los partidos en la organización del proceso electoral: La selección de sus candidatos y las campañas políticas, sumados al reclutamiento y la preparación de sus cuadros para actuar ante los organismos electorales, como para detenerse demasiado tiempo en batallas de opinión donde casi siempre llevan las de perder. Ya veremos.