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Por Federico Osorio Altúzar


2014: AÑO DE LA REVOLUCIÓN CONSTITUCIONAL EN MÉXICO


Varios son los argumentos a fin de elevar este año de 2014 a la categoría de paradigma en la historia constitucional de nuestro País. En primer lugar, fue un proceso formal y material ante los ojos de los ciudadanos, no visto antes, por la concurrencia y participación de las fracciones partidistas en el Congreso.
Quedó en claro, asimismo, que la denominada Carta Magna no es un documento inerte, sellado para siempre, de una vez por todas. El símil de las Tablas de Ley ha quedado en eso: en referencia por analogía al carácter de un conjunto de disposiciones que preservan su esencia fundamental, aunque bien pueden ser modificaciones mediante prescripciones especiales.
Se puso de manifiesto, por otra parte, que en la medida de que se trata de un proceso lógico-jurídico, implica la consiguiente reglamentación con el fin de su ulterior aplicación o individualización en la experiencia social.
Si 2013 fue un año en el que se fraguaron las reformas sustanciales sin las cuales México hubiese seguido siendo el cabús del desarrollo dentro del mapa socioeconómico contemporáneo, este año de 2014 es el de la consolidación y el de la puesta en marcha de un País estacionada en aras de la demagogia y el tumulto.
Quiérase o no, las organizaciones partidistas contribuyeron en las innovaciones mediante sus propuestas y contrapropuestas, sus tesis y antítesis, sus pros y sus contras, todo lo cual se tradujo en consensos y disensos. Al final, ha dado al proceso innovador enseñanzas que traducen el carácter de lucidez, cobertura social, que lo eleva a garante de la sociedad sin distingos de clase: pobreza, marginación y precariedad económica.
PAN y PRI llevaron la batuta en este inédito cónclave revolucionario. Con mayor firmeza y resolución, el Revolucionario Institucional.
El PRD escogió la vereda de la protesta multitudinaria, las manifestaciones turbulentas en el Centro Histórico, el discurso populachero sin sustento político y mucho menos de orden jurídico. Volvieron a sus orígenes en la voz de su dirigencia desgastada. Cárdenas, proponiendo la intocabilidad de la Constitución y la imposibilidad de tocar una sola letra de la Ley; López Obrador tratando de espantar con el tapete del muerto; es decir vaticinando toda clase de penas y desdichas a causa de la venta de lo que, ha dicho, es nuestro, de los mexicanos. En suma del petróleo, aunque los títulos de propiedad corren a favor del Estado mexicano.
En todo esto, el PRD terminó, sin proponérselo, por cavar con premeditación suicida su propio exterminio.
La promesa de revertir las reformas constitucionales para el 2015, es bandera que a pocos atrae. Es promesa sin sustento, y "modus vivendi" que, a nadie escapa, tiene financiamiento oscuro cuando no proveniente de las fuentes de provocación trasnacional.
Pero esto último es irrelevante, es la resaca acumulada de resentimientos y aspiraciones absurdas que no caben ya en el seno de una sociedad que, cada día, se alía con mayor vigor y determinación al Gobierno legítimamente establecido.
Por lo demás, el autor de las iniciativas de reforma, Enrique Peña Nieto, asume en los foros internacionales la promoción de un México comprometido con la competitividad. Para sorpresa de no pocos, se reúne con Fidel Castro, Cuba, en un clima extraordinario de cordialidad. Emerge en el escenario latinoamericano como el estadista mexicano con propuestas de bien entendida solidaridad.
El mexiquense nos hace recordar los buenos tiempos de su coterráneo, don Adolfo López Mateos quien hizo del Gobierno de la República una sede idónea para las alianzas progresistas, institucionales y duraderas.
Fue entonces cuando se hizo sentir el alcance de su afamada frase: "Mi Gobierno es de izquierda, pero dentro de la Constitución".
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