Por Gerardo Armenta Balderrama


+País de Escándalos
+Turno del Bullying



País de escándalos que parecen obedecer a un orden calendarizado por la forma en que ocurren y se repiten, México vive hoy (en versión cada más intensa) el propio de lo que en elegancia de concepto y pronunciación se conoce como bullying. Los viejos de la comarca dirán que no existe nada nuevo bajo el sol en esta materia.
Y tendrán razón si producen esa afirmación. El bullying debe ser precisamente una actitud más añeja que la misma noche de los tiempos. La agresión que representa focalizada esencialmente en el ambiente escolar donde se ataca a estudiantes, tiene ciertamente una fecha de registro inmemorial.
Hoy, sin embargo, en un País como el nuestro se ha desatado un perverso revuelo mediático por los casos en que niños y adolescentes resultan agredidos por amigos o compañeros en escuelas y hogares donde tales hechos suelen transcurrir en completa impunidad al momento de suceder. Hechos de esa condenable naturaleza son rápidamente registrados en las llamadas redes sociales y en breve tiempo ciertamente todo el País (y el mundo) está enterado de lo que ocurrió, con la causa de asombro y reprobación que es menester salga a relucir.
El problema es que poco o nada se ha querido hacer (por lo visto no se hizo nada en el remoto tiempo en que surgió todo) para neutralizar la práctica y los efectos del bullying, quizá por el temor social y oficial que resulta de enfrentar la causa esencial de su expresión. Tal causa de origen no puede ser otra más que la falta de vigilancia en las escuelas, vigilancia que de existir tendría que inhibir las brutales agresiones contra niños y jóvenes producidas en su ámbito.
En el personal docente y directivo de los planteles educativos está una de las claves para frenar lo que ya debe ser allí una forma de pandillerismo infantil o juvenil muy habilitado. ¿De quién es la culpa? Debe serla de quien se guste y mande, pero menos de quienes a menudo sufren la inconsecuencia (a veces mortal, como ha sucedido recientemente) de verse en el predicamento de ser agredidos o agredidas en sus propias escuelas y por sus propios compañeros.
Como quedó dicho renglones arriba, el tema de ninguna manera es nuevo. Quizá sólo se haya modernizado en el impacto que causa por la facilidad con que es actualmente es posible enterarse de lo que ocurre en los más recónditos o cercanos lugares del País. Puestos en ese asombro que cada vez que es propio sale a relucir ante la repetición de un caso como los que se comenta, quizá tenga sentido tomar nota de los datos que siguen:
México ocupa el primer lugar internacional en casos de bullying, los que afectan a 18 millones 875 mil alumnos de escuelas primarias y secundarias tanto públicas como privadas. Este revelador dato no es fruto de ninguna de las encuestas que es común practicar en un País como el nuestro. La información citada procede de un estudio realizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. Es decir, la OCDE.
El asunto es demoledor porque también quedó en claro que 40.24% de estudiantes dijo haber sido víctima de acoso, mientras que 25.35% admitió haber recibido insultos y amenazas, en tanto que el 17% señaló que ha sido golpeado. El 44.47% reconoció que ha experimentado algún episodio de violencia verbal, psicológica y física. ¿En un contexto con estos pormenores se imparte en México la educación básica y la de secundaria?
La OCDE prácticamente dijo que sí a la pregunta anterior. Y aunque no lo hubiera dicho, lo que se ve no se juzga. En efecto, la "cultura" del bullying ha pasado a formar parte de los haberes de quienes están en las aulas de los niveles citados, preparándose ciertamente para ser mejores mexicanos el día de mañana.
De nada sirve la revisión histórica o sociológica por la que se postula que el bullying existe en México desde que los tiempos son tiempos. Quizá en este enfoque haya de por medio alguna forma de exageración. Pero los tiempos de hoy son violentos por naturaleza. Y por ese camino debe acaso estar la verdadera explicación.
En el ínter, dígase que hoy por hoy nadie le puede decir nada a nadie, así sea en el tono que sea, sin que luego toma forma la acusación de bullying. Este es un ejercicio en el que la "carrilla" se utiliza como forma de ocultar (por no comprenderla del todo) una manifestación infantil y juvenil gravísima por el monto de violencia que trasluce. A veces es mejor reír que reprochar o lamentar.