Miles de jornaleros trabajan en la cosecha de fresa en BCS, con bajos salarios

Por Laura Sánchez

EL UNIVERSAL

EL VIZCAÍNO.- Son las cinco de la mañana y el sol apenas quiere asomarse, pero las calles pedregosas y los caminos polvorientos de la colonia Nueva Oaxaca ya están llenas de cuerpos breves. Transfigurados, vampirescos, se vuelven visibles hasta que los camiones amarillos de luces fluorescentes perforan lo que queda de la noche.

Y se vuelven visibles hasta que suben las escaleras del autobús y se acomodan en los asientos remendados con cinta adhesiva gris, cuando asoman sus rostros discretamente por la ventana, y acarician la humedad de la mañana. Es ahí cuando una luz artificial los ilumina.

Entonces se echan para atrás, se apoyan en el respaldo, y de pronto esas siluetas que se movían en la oscuridad vuelven a ser invisibles, sin rostro. Lo único que dejan ver son sus ojos chiquitos negros, sin brillo, y un poco de piel cobriza que se asoma contrastante entre paliacates coloridos que cubren nariz, boca y mentón; llevan otro en la frente, y uno más en la cabeza.

Las llantas se hunden en los baches de tierra seca, y el bus que hace unas cuatro décadas recogió niños en los suburbios de Estados Unidos batalla para arrancar. El ruido feroz de la vieja transmisión hace reaccionar a algunos, que comenzaban a quedarse dormidos.

Cuando el chofer logra acelerar a golpes, justo en ese instante las llantas se destraban, los pequeños cuerpos que abordaron el camión, saben que no hay regreso. “Que no les queda de otra”.

La tierra del valle de Vizcaíno, en Baja California Sur, succiona la vida de miles de jornaleros, que cada sábado llegan enganchados de Guerrero, Oaxaca y Veracruz, entre otros estados, hasta la zona desértica mexicana a trabajar en las grandes compañías agrícolas nacionales y extranjeras, que se asientan en el desierto desde hace años.

Por eso prefieren cerrar los ojos, soñar o esperar resignados el destino que se ganaron por salir de la montaña, el monte o la sierra.

Vizcaíno está muy lejos

El desierto de Vizcaíno arde como las brasas. Cuentan que cuando hace mucho calor la temperatura se dispara hasta los 50 grados centígrados. Cuando el aire se enrarece, la boca se te agrieta y las comisuras de los labios se te seca.

Es difícil llegar hasta ahí. Vizcaíno aparece en medio de la nada: entre cactus gigantes y grandes extensiones de arenales. La carretera transpeninsular -que conecta la península de Baja California- la parte en dos, y pareciesen dos pueblos fantasmales. Se asoman casas de adobe y lámina a medio terminar. Un pueblo que se le aparece como alma en pena a turistas que se dirigen a los lujosos complejos turísticos de las playas de Los Cabos, destino del jet set internacional.

A siete, 10 ó 40 kilómetros de la carretera se erigen grandes campos agrícolas. Los jornaleros los bautizaron “campos de concentración”. Dicen que la referencia es exacta: “no se permite la entrada a nadie ajeno, no se te permite salir nunca, nunca”, dice Baltazar. No es su nombre real, lo sabemos.

No es grande. Apenas cinco por cinco metros. Tres mesas, un ventilador. El cuarto es discreto, y cuelgan de sus ventanas cortinas negras. Nuestro primer encuentro con Baltazar fue a las 10:00 de la noche de un día de mayo.

Baltazar pertenece a una organización que se teje en secreto, y discretamente ayuda a los jornaleros: son la resistencia, en un pueblo donde el único sistema que presuntamente impera es el feudalismo.

“Cuando llegan a Vizcaíno los indígenas se convierten en peones, viven en ‘campos de concentración’ propiedad del patrón, sólo les permite comprar en sus tiendas de raya y todos los días en el campo los aterrorizan otros indígenas, igual que ellos, los mayordomos”, cuenta el hombre que hace muchos años llegó al pueblo como jornalero.



“Se entra pero

no se sale”

“Sólo existe una forma de entrar al rancho, entrarle pizcando. Así, llegar a los camiones a las cinco y media de la mañana y pedir trabajo”, nos advierte una oaxaqueña chaparrita de cabellos negros y mejillas redondas, compañera en la causa de Baltazar.

“¡Ah, pero no digan que vienen del Sur están muy blancos, díganle al mayordomo que vienen de Sinaloa, del pueblo que quieran!”, recomienda.

Son las cuatro de la mañana y hay que estar de pie con exactitud. Te vistes con los ojos cerrados: un pantalón tan tieso que de tanto usarlo ya se ha amoldado a tu cuerpo; una camisa de manga larga oscura, que ha quedado por siempre manchada de rojo y una chamarra usada jaspeada de tierra.

Pero nada importa más en la pizca que los paliacates: desde que sales a la calle, el aire sopla y levanta una alfombra de polvo; el clima en las madrugadas en el desierto puede descender hasta cero grados.

Al llegar al campo, ese paliacate se convierte en el único “santo protector” que mantiene tu rostro alejado de los pesticidas.

Son las cinco y media de la mañana y en la colonia Nueva Oaxaca -un asentamiento de pequeñas casas de madera- decenas de camiones aceleran de un lado a otro. Pero el que va al rancho El Piloto, uno de los más grandes, ya se ha ido.

Se adelantó y pasó a las cinco de la mañana. Los jornaleros tendrán que correr más de ocho kilómetros para llegar al campo. Y de ahí otros tantos, hasta la puerta donde empezará la pizca de fresas.

Al llegar a la puerta que se erige imponente de concreto, un hombre chaparrito de sombrero de ala ancha y botas picudas nos intercepta. Las plumas amarillas, augurio del sol que pegará en un par de horas, te frenan abruptamente.

-¿Pa’dónde?, pregunta el cuidador, también un indígena.

-No’más a´i, a llevar a éstos a trabajar-, contesta uno de los reporteros al que confundieron con un “patrón”.

El cálculo no es exacto: casi todos lo desconocen, porque dicen, que cuando caminas bajo el sol o la inmensidad de la hosca noche, pierdes la noción del tiempo. Algunos jornaleros creen que podrían ser más de 10 kilómetros de desierto para llegar a la puerta de pizca.

Al ingresar nos unimos con un grupo, todos enfilados: descienden de los camiones cientos de indígenas; los recién llegados como nosotros, y los que viven en el campamento del rancho, nos lavamos las manos y entramos apresurados.

Son las seis de la mañana y los ranchos de sembradíos no sólo se avistan por el verdor de la tierra, sino porque están flanqueados por troncos con alambres de púas.

Mary y Elías son dos jóvenes jornaleros que viajaron desde Sinaloa, allá se acabó el trabajo. Durante años anduvieron en la pizca del pepino y los delatan sus manos magulladas. Pero en Vizcaíno no tienen idea de cómo se corta la fresa.

Se abrazan cariñosos, aunque sus ropas y rostros están envueltos en una capa de polvo -como la de todos los jornaleros- y se dan un beso antes de empezar la jornada.

Al llegar al campo la pregunta obligada: “¿han cortado fresas?”, espetan un par de señoras imponentes, no por su porte sino por la agresividad con la que se dirigen: son flaquitas, unos 45 kilos, de piel color chocolate y ojos rasgados, intercalan el español con un idioma que no entiendo; después nos explican que es mixteco alto, de Oaxaca.

-No nunca-, contestamos los tres extraños, de piel morena clara y manos lisas. Insiste en saber de dónde somos, por qué estamos ahí, por qué somos tan “güeros”.

-A ver destápate la cara-, me ordena y toca mis manos, delicadas, pálidas.

-Que somos de Sinaloa-tercio.



La pizca

“¡No, no, no, no, así no!”, nos recrimina Ramiro, mayordomo de uno de los ranchos en donde se han denunciado más irregularidades en Vizcaíno. Ramiro está desesperado porque no somos productivos.

El indígena originario de Guerrero se ve más viejo de lo que es. Apenas cumplió 48 años, y aunque aún sus cabellos conservan el color oscuro, parece de 60. Anda con su piel quemada y grietas en la cara. Procreó siete hijos, y trabaja desde hace casi 30 años en el rancho. Un día lo ascendieron a mayordomo: le entregaron un radio y el poder de gritarle a sus iguales.

Como Ramiro, en los ranchos de Vizcaíno se ha implementado un sistema de seguridad y explotación laboral de corte feudal: cientos de mayordomos vigilando a los jornaleros que recolectan la fresa en el surco que esté de temporada.

Además, mujeres de cara achatada, con lista en mano, recriminar la falta de productividad; un grupo de adolescentes dan vueltas en bicicletas para reportar quién no está pizcando; un par de pick evitan a toda costa que escapen los jornaleros, y un ingeniero agrónomo, el más respetado por todos.

“Chínguenle, chínguenle pues, échenle ganas”, nos dice Ramiro. A veces, sólo por unos instantes, se vuelve el indígena tímido que llegó en busca de una vida mejor.

“Mira, la fresa se corta desde el tallo, pero delicadamente porque si no se magulla y ya no la quieren los gringos. Imagínate que es una mujer, a una mujer la vas a tocar con ternura”, explica a otro indígena que nunca había pizcado fresas.

Son las ocho de la mañana, y la piel comienza a ponerse áspera: entre los jornaleros se sabe que la pizca más “madreada” es la de la fresa, porque se siembra a ras de piso. Hay que agachar la mitad del cuerpo hasta la tierra, como un contorsionista; hasta que termines de recolectar el surco de 70 metros.

El ácido de las fresas agrieta las manos, las inflama. Pareciese que sangran, que arden en rojo. Los jornaleros tienen las rodillas humedecidas del jugo y moreteadas de tanto recargarlas.

La espalda y la cintura destrozadas: “es horrible, sientes que no puedes ni caminar, pero bueno no queda de otra y te acostumbras”, platica un compañero.

Hoy es uno de los días más caliente: la temperatura alcanzó 40 grados centígrados. Toda la vestimenta que te pusiste en la mañana para aguantar el frío del amanecer se convierten en penitencia.

Y cuando sale el sol, el cuerpo comienza a desvanecerse, sueñas con tirarte en medio de los surcos y dejarte desfallecer. Morir entre fresas hechas papilla por el peso de tu cuerpo, y tierra seca.

-¿Podemos irnos; nos sentimos muy mal?- pregunto.

-¿Qué? No, no, aquí en los campos no te vas, sólo al comedor a la hora de la comida y el camión te llevará al campamento donde viven todos, ahí puedes preguntar en dónde te van acomodar para que vivas aquí- contesta otro mayordomo que habla un poco de español.

Faltan cuatro horas para el almuerzo y la pizca debe continuar: en una caja verde se echan las fresas de segunda calidad; en la blanca, las de primera, de exportación.

La caja verde pesa unos ocho kilos y hay que correr con ella al hombro, hasta un trailer.

-Pero de verdad yo ya no puedo, no puedo dar un paso- me quejo.

-Sí puedes, aquí todos pueden y hasta de dos cajas, contesta el mayordomo con risa burlona. Es entonces cuando otro de los reporteros decide cargar mi caja, y la de él. Pero eso no es normal.

En el rancho, a la vista de todos, niños y jóvenes de entre 10 y 17 años las pizcan y cargan, a pesar de que la ley estipula que los menores de edad no pueden trabajar.

Hay una jovencita que carga su caja y la de su hermanito menor. Su pequeño cuerpo se desbarata cuando intenta cargar los ocho kilos. En el campo se vale “frentear” por los niños de la familia.

Al final de la jornada matutina, medio turno le llaman los mayordomos, que empieza a las seis de la mañana y termina al mediodía logramos recolectar apenas tres cajas de fresas; un jornalero con un poco de experiencia logró reportar 13. Ganamos 46 pesos.

Tal vez eso nos delató, por eso el par de camionetas nos perseguían. “Van para el lado de los baños, hay que cuidarlos por que no son de aquí, ten cuidado”, se escuchaba en la frecuencia de los mayordomos.

Había que salir, o nos llevarían a los campamentos y de ahí regresar a la pizca hasta el anochecer. Corrimos entre tierra verdosa y abandonamos el rancho en la misma camioneta en la que entramos.

Antes subimos a los traileres las cajas que se irían a Estados Unidos y a otras entidades del País. Al revisarlas, unos hombres refunfuñan: “están horribles , todas mal acomodadas, ándale ya vete súbete al camión”, al tiempo que gritaban a otro indígena: “deja la caja allá, a ver si eso sí lo puedes hacer bien”.